La Profeta

26 - Vino, Fuego y Venganza

XXVI

Vino, Fuego y Venganza

Año 611 d. O., mes de junay

Zepharian

Learco se quedó los primeros dos días en el pueblo de Skorpia reuniendo provisiones necesarias, y luego viajó a la ciudad más cercana, Ciudad Gorgias. Se dejó fascinar por la enorme cantidad de gente desconocida que había andando por la calle. Los enormes edificios, conversaciones, sonidos fuertes distintos al relativo silencio que guardaba el convento… parecía un mundo totalmente aparte.

Comprobó cinco veces la dirección del primer nombre al que acudió de su lista. Allí encontró el hogar de la maestra de una pequeña escuela de filosofía oratoria racional llamada Arisandria, de treinta y seis años. Antes de llamar a su puerta, Learco se metió un caramelo afrodisíaco bajo la lengua y dejó que se derritiera.

Llamó cuatro veces con los nudillos.

Arisandria lo recibió con una agradable sonrisa, dándole la bienvenida y preguntándole con la voz más dulce que había oído nunca pronunciar a una mujer que qué quería. Learco, sin más, le enseñó la caja de cerillas que le habían dado para ser reconocido, y su expresión cambió levemente. Sin borrar del todo su sonrisa, asintió con la cabeza. Le indicó que entrara en su casa y, tras comprobar que nadie estuviese viendo en la calle, cerró la puerta.

Sin más, le ordenó a Learco, con severidad, que se desnudara.

Él obedeció sin rechistar ni dudar, acostumbrado a aquella misma orden. Se quitó la ropa con los mejores de los gestos que le enseñaron. Arisandria paseó su mirada sin ningún pudor por su entrepierna, calibrando su erección, y asintió de nuevo. Se acercó. Le levantó la cabeza y observó sus facciones de cerca. Le indicó, dándole una palmada en el trasero, que se relajara un poco.

—Soy tu primera prueba de campo, ¿verdad, jovencito?

Learco dudó y analizó rápidamente su situación y sus opciones, tal y como le habían enseñado. Supo que no tenía mucho sentido mentir. El lenguaje corporal de Arisandria tampoco invitaba a ello.

—Sí, señora —admitió.

—Bueno, me hacen un precio especial para curtiros un poco, así que tampoco me quejo. Aunque hacía tiempo que no me mandaban un bollito recién salido del horno.

—Me dieron varios nombres —explicó Learco con la mayor cortesía posible—. Pensé que podría labrarme mejor reputación si empezaba por la ciudad.

—Un chico valiente, para variar. Quieres empezar por todo lo alto, ¿eh? Muy bien, si algo valoro en vosotros es ese tipo de comportamientos osados. Algo que suelo decirles a mis alumnos en la escuela es que para usar bien la oratoria debes atreverte a decir cosas que no todo el mundo diría. La sorpresa, bien gestionada, a menudo juega a tu favor, y se puede volver tu mayor baza para conseguir tus objetivos. Dime, ¿qué es lo que esperas conseguir de alguien como yo?

Learco escuchó todo lo que necesitaba; era un modelo de personalidad muy arquetípica. Supo exactamente lo que tenía que hacer para complacerla. Se sentó en una silla cercana, sin preguntar, y se quedó en una postura seductora. Se colocó con el cabello cayendo en cascada sobre su brazo levantado, y observó con su mejor expresión a la filósofa.

—Ahora mismo lo que debería hacer usted, señorita Arisandria, es levantarse y cerrar las persianas y puertas de toda la casa, para que sus vecinos no oigan los gritos que le voy a arrebatar.

Arisandria se quedó muy quieta mirándolo a los ojos. Finalmente, se mordió el labio, sus ojos hundidos en placer anticipado.

—Veremos en la cama si rindes tan bien en práctica como en teoría, myrthus.

Learco le dio el mejor de sus masajes eróticos, el camino de los mil cruces. Se quedó genuinamente sorprendido de cuánto pareció gustarle. Jamás había escuchado a una sola de las maestras con las que había practicado gemir de aquella manera. Después prosiguió el acto sexual, donde hizo gala de, al menos, un tercio de todas las posturas que había aprendido y que parecieron encajar a la perfección con su perfil de clienta.

Al terminar, Learco se sentó en una silla cercana y esperó unos largos minutos con su mejor expresión cortés a que su clienta recobrara el aliento, momento en el que entendió por qué insistían tanto las maestras en el entrenamiento físico. Un myrthus jamás debe verse agotado, igual que una herramienta no se ve bien al oxidarse.

Pasados unos minutos, ella se sentó de manera formal enfrente de Learco, aún desnudos. Arisandria se puso a fumar de una elegante pipa con punta de plata mientras contaba monedas en su mano, y se las tendió.

Le dio ocho de oro con cincuenta de plata, más dinero del que esperaba.

—Prometedor, cuanto menos. Si sabes tocar la guitarra tradicional, o el dobaire, y bailar la mitad de bien que haces el amor, estaré encantada de volver a disfrutar de tus servicios. Vuelve dentro de tres o cuatro meses, cuando haya visto los demás myrthus que tienen que llegarme de esta tanda. Si eres el mejor de entre ellos, te escogeré como cliente habitual, y… puede que te invite a una de mis fiestas privadas.

Dicho eso, le permitió ducharse en el aseo y lo despidió con un beso en los labios. Learco se fue de la casa con una buena impresión, mejor de la que esperaba, de su trabajo. Sabía que no todas sus clientas y clientes serían tan fáciles de tratar, pero si la mitad lo eran, podría vivir bien y saldar su deuda en menos tiempo del que esperaba.

Durante sus viajes por pueblos y ciudades de Zepharian, Learco encontró mujeres de todo tipo, la mayoría severas, cautas y distantes, con puntos débiles y patrones en común que en el convento le enseñaron a atacar con gran efectividad. Una mujer en especial, muy joven, de unos veintipocos años, lo trató con mucha dulzura, y él la consiguió encandilar hasta el extremo de ruborizarla solo con rozar su mano durante la entrevista previa.




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