ALBA
Eran ya las 3 de la mañana exactamente y no podía dormir. Daba vueltas por toda la cama, me paraba y caminaba por la habitación, sin saber qué hacer conmigo misma. En un momento me senté en el asiento junto a la ventana y me quedé mirando la calle y el cielo. Mi mente se fue directo a él, a ese momento en el que nuestros labios se encontraron por primera vez. Mi primer beso, pero no con cualquiera. Con él. Frank. La persona que jamás imaginé que pudiera sentir algo por mí... y sin embargo, ahí estaba. Me había besado. Sentí su calor, su presencia. Me llevé los dedos a los labios, recordando su tacto, su mirada, su voz. Cerré los ojos un instante más, recosté la cabeza contra la pared y lentamente me fui quedando dormida.
—¿Alba? —sentí una mano sobre mi hombro, me removí un poco, queriendo evitarla— ¿Dormiste ahí? Vamos, te ayudo a ir a la cama —dijo alguien antes de sentir que unos brazos me levantaban con cuidado y medio dormida caminé hasta la cama—. Descansa, ya me voy a hacer unas compras. —Era Martín. Apenas logré susurrar un "sí" entre sueños.
Escuché la puerta al cerrarse. Abrí los ojos y estiré el cuerpo en la cama. Me dolía el cuello por haber dormido sentada tanto tiempo. Fui al baño, me lavé la cara y regresé a mi habitación. Bajé las escaleras en silencio. Nadie estaba en casa. Agarré una pera del frutero, la lavé, subí de nuevo y decidí darme un baño. Después... bueno, solo quedaba esperar.
Después del baño, me sentía más liviana. Aún triste, pero mejor. Pensé en ponerme la misma ropa de antes, pero recordé que Laura había dicho que me habían comprado algunas cosas "para empezar". Me sorprendió. Abrí cajones, había pantalones, polos, incluso shorts. Escogí algo cómodo y me lo puse. Entonces escuché la puerta abrirse. Bajé para ver quién era. Martín.
—Hola —saludó y dejó las llaves en la mesa.
—Hola. ¿Dónde están todos?
—Mamá fue a matricularte en el colegio, y papá trabaja hasta las 7. ¿Tienes hambre?
Asentí.
—Quedé con unos amigos para comer. ¿Vienes?
—¿Con tus amigos? —me detuve, dudando.
—Vamos. No son tan terribles. No muerden —sonrió.
Lo dudé un segundo más, pero asentí. No quería parecer pesada. Solo... no estaba acostumbrada a esto.
—O si prefieres, pedimos algo aquí.
—Mejor —dije con alivio—. No me siento lista para conocer a más gente.
—Está bien. —Caminó hacia la cocina—. Además, así hablamos tú y yo. Somos hermanos ahora, ¿no?
Lo miré. Sonaba extraño. Pero también... ¿bonito?
—¿Qué te provoca?
—No sé. Lo que tú quieras.
—Pizza entonces. Más fácil —sonrió mientras marcaba por teléfono.
Una vez que colgó, me miró con curiosidad.
—¿Puedo preguntarte algo?
Asentí.
—¿Estás feliz?
—¿De estar aquí?
—Sí. Tener una familia. Todo esto.
—Siempre fue mi sueño, pero... no sé. Me cuesta.
—¿Por qué? ¿Queda algo allá que aún te importa?
—Sí. Una persona.
Me miró en silencio. No dijo nada, solo esperó. Lo agradecí.
—Desde que llegué al orfanato, había un niño. Me cuidaba. Siempre estuvo ahí. Y creo que no me di cuenta hasta ahora... que él fue mi familia todo este tiempo.
—¿Quieres verlo?
Lo miré confundida.
—¿Cómo?
—Te llevo. Mañana si quieres. Solo dime.
Sonreí. No pude evitarlo. Me levanté, lo abracé. Él me devolvió el gesto, con fuerza. Fue un abrazo cálido. Sincero. Como si también él necesitara eso.
—Gracias —le dije. El timbre sonó y nos separamos.
—La pizza —sonrió, caminó hacia la puerta.
Comimos entre conversaciones. Martín era amable, tranquilo. Me di cuenta de que había tenido suerte. No intentaba reemplazar nada, solo estar. Sentí algo raro en el estómago, una mezcla entre nervios y emoción.
Mañana lo volvería a ver. A Frank. Aunque sea solo por un rato. Pero lo vería. Y eso, por ahora, era suficiente.
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Editado: 06.07.2026