La tarde pasó más rápido de lo que pensé. Laura había llegado con una bolsa llena de útiles: cuadernos, lapiceros y hasta un bolso nuevo. Me dijo que serían para la escuela. Escuela. Nunca pensé que eso volvería a sonar tan real en mi vida.
Estaba en mi habitación —sí, mi habitación, qué raro suena eso— acostada en la cama con un libro que Martín me había prestado. Guerra mundial Z, decía que era de sus favoritos. Me dijo que lo leyera, que me iba a entretener.
Escuché la puerta abrirse. Martín entró con otro chico. Era un poco más alto, delgado, de cabello casi negro y unos ojos verdes que, sin exagerar, parecían de otro mundo.
—¿Qué haces? —preguntó Martín. Le mostré el libro.
—Es interesante —respondí.
—Él es Enzo —me dijo, y el otro chico me dedicó una sonrisa.
—Hola.
—Hola —dije yo, un poco más bajito.
No sé si fue por sus ojos o por los hoyuelos en sus mejillas cuando sonrió, pero me incomodó sentirme tan... nerviosa.
—¿Quieres salir con nosotros? —preguntó Enzo.
—¿A dónde?
—Solo a caminar. Tal vez a comer un helado. Nada formal —agregó Martín con una sonrisa.
—No sé si debería —dije, bajando la mirada.
—Estás bien así —me aseguró Martín, como si entendiera lo que pensaba—. Vamos, te va a gustar.
Dudé un poco más, pero acepté. No quería parecer malagradecida ni aburrida. Solo que... era raro. La última vez que salí con alguien, fue con Frank. Y no fue exactamente una salida, sino una despedida.
Caminamos por calles nuevas, llenas de gente y lugares que nunca había visto. Enzo era divertido, de esos que siempre tienen algo ingenioso que decir. Me hacía reír, y eso me desconcertaba. No porque él hiciera algo malo, sino porque yo no estaba acostumbrada a reírme con alguien nuevo tan pronto.
Comimos un helado. Él me lo invitó. No quise aceptar al principio, pero insistió. Sonreí agradecida. Me hacía bien. Y a la vez, me hacía ruido.
Por momentos, me sorprendía pasándola bien. Y justo ahí, como un reflejo, aparecía él. Frank. Su voz. Su sonrisa. Su forma de mirarme. Y algo dentro de mí se encogía de nuevo.
Enzo me prestó su polera cuando empezó a lloviznar. Quise decirle que no, que él se iba a enfriar. Pero ya la había puesto sobre mis hombros. No sabía si me estaba gustando ese gesto… o si me asustaba que me gustara.
Cuando llegamos a casa, nos despedimos en la puerta. Martín y yo subimos a mi habitación y comenzamos a hablar sobre Enzo, los sabores de helado y la vida fuera de Orick. Me gustaba hablar con él. Era un chico bueno, y eso lo hacía aún más difícil. Porque no sabía si me estaba permitiendo confiar en él… o si solo me estaba distrayendo del dolor.
—¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó Martín, ya echado en mi cama.
—Dormir, supongo —reí un poco.
—Entonces me voy.
—No, quédate. Podemos seguir hablando un rato.
Y lo hicimos. Hablamos hasta tarde. Hasta que nuestras voces se apagaron con el sueño.
Me desperté con el cuello adolorido y la cabeza llena de preguntas. Martín seguía dormido a mi lado. Me levanté en silencio, fui al baño y me miré al espejo. Tenía puesta la polera de Enzo.
Me la quité con cuidado. Me había olvidado por un momento de Frank. Y esa conciencia me dolió.
Hoy iba a verlo. O eso creía.
Desayunamos con Laura y Paúl. Martín les dijo que me llevaría al orfanato. Ellos se sorprendieron. Laura me miró con más juicio que ternura esta vez.
—¿Para qué? —preguntó Paúl.
—Quiero ver a un amigo —respondí.
—Ese chico… ¿Frank? —preguntó Laura. Asentí.
—Tiene diecisiete. Tú, quince. ¿Para qué necesitas verlo?
No supe qué responder. Martín intervino.
—Lo verá. Y estará bien. Lo necesita.
Agradecí que estuviera ahí.
Cuando llegamos a Orick, algo se sentía mal. Había policías, y muchos chicos me saludaban con una amabilidad que no reconocía. Toqué la puerta de la directora.
Nos hizo pasar. Y con una mirada preocupada, lo dijo.
—Frank y Raúl se escaparon ayer. No sabemos nada de ellos.
Sentí que el piso se abría bajo mis pies.
La directora siguió hablando. Yo no escuchaba. No entendía. ¿Por qué se fue? ¿Por qué sin despedirse? ¿No pensaba volver a buscarme?
Salí de ahí sin decir mucho. Martín me siguió.
Subí a mi habitación apenas llegamos a casa. Cerré la puerta. No lloré. Ya no tenía lágrimas.
Me tiré a la cama con fuerza. Abracé una almohada, no porque buscara consuelo, sino porque no sabía qué más hacer con los brazos.
Frank se fue. Se escapó. Me fui, y él se fue también. Sin decir nada. Sin dejar nada.
¿Por qué?
¿Fue por mí?
¿Fue porque yo me fui primero?
¿O porque, ahora sin mí, ya no tenía motivos para quedarse?
Me mordí el labio con fuerza. Tenía la necesidad de correr. De gritar. Pero me quedé ahí. Silenciosa. Hasta que una idea apareció sin que la pensara mucho: Enzo.
No era por él. Era por mí. Por lo que sentí cuando salimos. Por ese momento donde, por un par de horas, no me dolía tanto la ausencia. Quería sentir algo así otra vez, aunque fuera por poco tiempo.
No quería pensar. No quería sentir culpa. Pero la sentía.
Me estaba traicionando. Y también, de alguna forma, me estaba salvando.
Fui al cuarto de Martín y me acerqué.
—¿Puedo usar tu teléfono?
—¿Para qué? —dijo levantando una ceja.
No respondí. Solo sonreí, medio culpable, medio decidida. Me lo dio, sabiendo que no iba a insistir más.
Llamé a Enzo. Le pedí que viniera. Necesitaba salir. Respirar. Fingir que todo estaba bien, aunque no lo estuviera. Así que lo esperé sentada en la sala, retorciéndome las manos una contra otra. Enzo llegó puntual, con su sonrisa tranquila y una bufanda mal envuelta que lo hacía ver más chico de lo que era. Martín le abrió la puerta, nos miró con cara de “ya te vi” y subió sin decir nada.
—¿Lista? —preguntó Enzo, con una sonrisa.
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Editado: 06.07.2026