La promesa de la luna

Capítulo 8 "La luna, una estrella y un pastel"

Hoy cumplo 16 años.

Desde que llegué aquí, a esta casa, han pasado poco más de dos meses. En ese tiempo, no he vuelto a saber nada de Frank. Llamé al orfanato un par de veces, pero siempre me respondían lo mismo: “No hay noticias.”
¿Dónde estás? ¿Por qué te fuiste así?

No pude dormir. Tal vez porque este es mi primer cumpleaños lejos de él. Antes, mis cumpleaños eran nuestros. Nada extraordinario: un avión de papel, una nota escondida bajo mi almohada, una tarde entera con él en el jardín. Y ese pequeño pastel improvisado que Gloria, la señora de la cocina, dejaba hacerle solo ese día. Todo con Frank tenía sentido, incluso en medio de la nada.

Ahora… estoy en una familia. Una familia de verdad. Tengo un hermano, tengo padres, tengo incluso amigos. Y aunque suena increíble, todo eso también duele un poco.

Laura y Paúl están en la puerta de mi habitación, sonriéndome. Me levanto, aún medio dormida.

—¡Feliz cumpleaños, querida! —grita Laura, abrazándome con fuerza.
—¡Feliz cumpleaños! —añade Paúl, mientras me entrega una pequeña caja envuelta en papel brillante.

¿Un regalo?

—¿Para mí? —pregunto, sorprendida.
—Claro —responde Paúl—. Ábrelo.

Rasgo el papel y, al abrir la caja, me quedo muda. Una laptop. Nunca la pedí. Nunca pedí nada. Si necesitaba algo, Martín me prestaba la suya. Pero esto…

—Gracias —digo, bajando la voz. Estoy genuinamente agradecida—. Es… wow. Gracias de verdad.

—Sabíamos que la necesitabas —dice Laura, acariciando la espalda de su esposo. Ambos me miran con una calidez que a veces no sé cómo sostener. Como si yo estuviera aquí para llenar un espacio que alguna vez ocupó alguien más.

—Disculpen, ¿puedo formar parte de la escena familiar? —interrumpe Martín, entrando entre ellos. Se acerca y me abraza—. Feliz cumpleaños.

—Gracias —le sonrío.

—¿Te gustó? —dice, señalando la laptop—. La elegí yo. Mamá y papá querían una más aburrida.

—Me encantó —le respondo, sincera.
Martín sonríe, satisfecho.

En el colegio me va mejor de lo que pensaba. No soy de las mejores, pero en lengua me defiendo bien. Enzo y Martín siempre están dispuestos a ayudarme. Van a la universidad, pero a veces siento que les emociona enseñarme cosas como si les recordara sus años en clase. Y tengo una amiga. Se llama Genoveva. Es graciosa, inquieta y muy buena escuchando. En poco tiempo le conté casi todo. O casi. De Frank solo que era un amigo del orfanato. No sé, aún me cuesta hablar de él como si ya no existiera.

Después del desayuno, Laura me dijo que almorzaríamos todos fuera. Que había reservado en un restaurante y que tenía permiso para invitar a alguien. Pensé en Genoveva, pero Martín se me adelantó:

—Enzo ya dijo que viene. Te quiere ver.
Me sonrojé un poco.

Él ha estado muy cerca últimamente. Siempre está. Enzo es diferente. No presiona, no pregunta demasiado, pero está. A veces me hace reír de formas en las que pensé que no volvería a reír.

El restaurante era bonito, con ventanas enormes y mesas con manteles blancos. Martín me pidió que me sentara junto a él y Enzo se sentó al frente. Hablamos de muchas cosas. Reí. Me sentí cómoda. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que mi risa sonaba como la de una chica de dieciseis años.

Al final, Enzo me dio una pequeña libreta con la tapa pintada a mano.
—Para que anotes todo lo que no quieras olvidar —me dijo.

La abrí. En la primera hoja había un dibujo de un avión de papel.
No supo cuánto significó eso para mí.

—Gracias —le dije, bajito.

Esa noche, me acosté en mi cama con la laptop sobre el escritorio y la libreta en las manos. Me puse una de las pijamas que Laura me había comprado y me senté un rato en la ventana. Afuera, la luna brillaba. A su lado, una estrella.

No lloré.

Pero en silencio, recordé cada cumpleaños que había pasado en Orick, cada nota de Frank, cada pastel torcido de Gloria, cada abrazo suyo.

Y luego, miré mi habitación, mis regalos, mi reflejo en el vidrio.

Este es mi primer cumpleaños en una familia como la que soñé.
Y también es el primero que celebro como una versión distinta de mí.
La que fue y la que está naciendo, todo al mismo tiempo.




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