La deuda de sentirse a salvo
FRANK
Han pasado cuatro meses. Nunca nos encontraron… o tal vez nunca nos buscaron. Raúl y yo seguimos aquí, atrapados en este bar de mierda. Bueno, hay que reconocerlo: las propinas son buenas. A veces, mujeres solteras que vienen por un trago y un poco de atención, o señores de traje con cara de tener una esposa infeliz en casa.
Raúl se ha vuelto más centrado. Está buscando otro empleo y sé que lo va a conseguir. Es inteligente, despierto. Por ahora, con lo que ganamos y gracias a Carrie, tenemos dónde dormir. Ella nos consiguió este mini departamento de dos cuartos y sala. Nosotros pagamos los servicios, pero el lugar es de su padre.
Y sí, se lo agradezco. Pero tampoco me sale gratis.
Desde que llegamos, Carrie comenzó a acercarse a mí. Al principio eran tragos después del turno, alguna risa, alguna invitación a su casa. Yo no la alejé. No podía. Nos había dado trabajo, casa… ¿qué iba a hacer? ¿cerrarle la puerta en la cara?
Cada noche, antes de quedarme dormido, salía al pequeño balcón a mirar el cielo. A buscar la luna, la estrella. A buscarla a ella.
A Alba.
Diez años con ella no fueron suficientes. La necesito. Intenté buscarla. Sé su apellido, el de la pareja que la adoptó, pero nadie aquí parece conocerlos. Algunos dicen que ese apellido no se escucha por esta zona, que debe vivir en un barrio “mejor”.
¿Dónde estás, Alba?
—Frank —me sacó de mis pensamientos la voz de Raúl, estábamos sentados en la barra, después del cierre—. Estás haciendo las cosas mal.
—¿Por qué? Estoy bien.
—Exacto. No te das cuenta. ¿Carrie? ¿Qué haces con ella?
—Nada. No estoy haciendo nada con ella.
Me encogí de hombros. No lo había pensado mucho. Carrie es divertida, bonita, intensa. Me despeja la mente cuando no puedo más. Pero cuando intenta ir más allá de un beso, yo me detengo. Porque sé que no está bien.
No porque ella no me guste. Porque no puedo.
No sé si siento algo por ella… pero sé que aún tengo que encontrar a Alba.
Ella cumplió dieciséis en junio. Siempre le dejaba una nota por su cumpleaños. Cualquier tontería que la hiciera reír. Un dibujo, un dato curioso, un avión de papel. Este año no pude.
¿Estará bien? ¿La estarán cuidando? Porque si alguien le hace daño… si alguien la hace llorar…
—Parece que están velando a alguien —la voz de Carrie apareció, rompiendo la tensión. Se paró frente a nosotros con esa sonrisa burlona suya. Pasó un brazo por mis hombros.
Raúl rió por lo bajo. Lo ignoré.
—Solo tomamos algo —dije, levantando mi cerveza.
Carrie se sentó entre mis piernas, de espaldas a mí. Yo no me moví.
—Raúl, tienes cara de que te han roto el corazón —bromeó, acariciándole el hombro.
—No es a mí a quien le han roto el corazón —soltó Raúl, se levantó y se fue hacia las mesas. Lo dijo sin más, como si soltara una verdad que nadie quiere decir en voz alta.
Carrie me miró con una ceja levantada.
—¿Qué quiso decir con eso?
—Nada. Cosas del pasado —le di un beso en la mano.
—No te creo. ¿Por eso siempre me frenas?
—Hoy no, por favor —me levanté. Pero sentí su mano deslizándose hacia mi entrepierna.
—Carrie, basta —dije, bajando la voz.
Mordió su labio. Era guapa pero no era ella.
Tomé su muñeca, la acerqué a mí, y la besé. Un beso rápido. Necesitaba calmarla. O calmarme.
—Raúl, te veo en casa —me despedí con un gesto.
Mientras salía, escuché a Carrie bufar de frustración. Raúl solo levantó la mano. Eran casi las cinco de la mañana. Yo solo quería dormir.
Apenas me había acostado cuando escuché la puerta abrirse. Raúl no estaba solo. Alguien más hablaba con él. Me reí. Este no ha perdido el tiempo.
Estaba por dormirme cuando la puerta de mi cuarto se abrió de golpe. Carrie.
—¿Qué haces aquí? Son las cinco de la mañana —me cubrí con la almohada—. Déjame dormir.
—Mañana es lunes. Podrás dormir todo el día si quieres —respondió mientras se metía en mi cama.
Se quitó los tacones, el jean ajustado, la blusa. Aunque no la miraba, podía imaginar cada movimiento. Lo había visto antes. Ella siempre terminaba con una de mis camisas puesta, como si fuera suya.
—Haz lo que quieras —me di vuelta, dándole la espalda.
Pero sus manos comenzaron a recorrer mis brazos.
—Carrie… basta.
—No te entiendo —su voz se quebró un poco—. Eres el único que me ha rechazado tantas veces.
Me senté. Quité la almohada de mi cara y la miré. Estaba dolida. Tomé su mano, la apoyé sobre mi pierna y acaricié sus dedos.
—Ven aquí —la atraje hacia mí, la abracé—. ¿No crees que deberíamos conocernos primero? ¿Quieres estar con alguien que no te ha contado nada sobre su vida?
—Entonces cuéntame. ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿De quién huyes?
Apoyó su mentón en mi pecho.
—El día que Raúl y yo entramos al bar a pedir trabajo, habíamos escapado de un orfanato. Viví ahí desde los ocho. Casi diez años en ese lugar.
Ella me miró distinto. Ya no era la chica que exigía. Era alguien que escuchaba.
—¿Había alguien ahí? —preguntó.
—¿Qué?
—¿Una chica?
Me tensé. No quería hablar de Alba. No quería que Carrie supiera nada. Si se enteraba que todo esto lo hacía por otra… tal vez nos echaría.
—Sí —dije simplemente—. Pero la adoptaron.
No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad.
—Está bien —suspiró—. Vamos a dormir.
Solté su mano y me acomodé en la cama. Ella volvió a abrazarme.
Yo cerré los ojos, deseando no soñar con esos ojos grises que me perseguían.
Los de ella. Los de Alba.
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Editado: 06.07.2026