Seis meses después y las clases, por fin, habían terminado. El tiempo se me había pasado volando y, cuando me di cuenta, ya estaba celebrando el cierre del ciclo escolar. Conforme avanzaban los días, me sentía más tranquila, más feliz. En paz. Esta familia, Martín, Enzo... habían sido de las mejores cosas que me pasaron en este último tiempo. Era lo que siempre soñé. Y aunque perdí a alguien que fue muy importante para mí —a quien jamás podré olvidar ni dejar atrás—, le doy las gracias por haberse ido en el momento justo. Para bien.
Frank es en lo último que pienso últimamente. Aunque, en las noches, todavía lo busco en el cielo desde la ventana.
"Cuando te sientas sola, mírala. Ahora están separadas, pero pronto volverán a estar juntas. Como tú y yo."
Qué ingenua había sido. ¿De verdad pensaba que iba a aparecer un día, decir que vivía cerca y que me amaba? Vamos, Alba. Tienes dieciséis años, no estás en un cuento de hadas. Ya bastante tuviste con que una familia te adoptara. No pidas tanto.
Mi madre... Laura, ha sido una gran compañía. Desde que llegué, me hizo sentir en casa. Como parte de algo. Aunque a veces puede ser un poco sobreprotectora, suele repetirme que jamás dejará que nada ni nadie me aleje de su lado. Y eso... también me asusta un poco.
Mi mejor amiga en la escuela se llama Genoveva. La conocí por accidente, literalmente. Le tiré casi todo el chocolate caliente encima cuando nos cruzamos en la cafetería. Pensé que me gritaría. Pero soltó una carcajada tan fuerte que terminé riendo con ella. Me pasé el rato disculpándome, tratando de secarle su camisa rosa con servilletas, mientras ella solo me sonreía.
Gen es de esas personas que transmiten paz. Su cabello largo y rizado le da una especie de magia, y sus ojos… sus ojos sonríen todo el tiempo. Desde ese día, nos volvimos inseparables.
Le conté casi toda mi vida. Desde que me dejaron en aquella parroquia hasta mi llegada al Orfanato Orick. Y también le hablé de Frank. De nuestra amistad, de lo que éramos, de lo que fuimos casi sin darnos cuenta.
—¿Y nunca se dijeron lo que sentían? —me preguntó un día, encerradas en mi habitación.
—No… creo que no sabíamos cómo —le respondí encogiéndome de hombros—. Además, él tenía 17 y yo 15.
—¿Y? Como si eso importara —rió y se fue a mirar por la ventana. Seguro buscaba la luna.
"Tal vez no se fue por alejarse de ti, sino para buscarte."
Sus palabras me quedaron resonando días después. Pero si quería buscarme, ¿por qué se fue así? Frank no era tonto. Si hubiera querido, ya me habría encontrado.
Martín y yo habíamos llegado a casa agotados después del último día de clases. No me molesté en quitarme el uniforme. Ni siquiera en deshacer la mochila. Me dejé caer en el sofá, al lado de él.
—¿Qué haremos hoy? —le pregunté.
—Dormir —nos reímos los dos al mismo tiempo.
—No, en serio. Deberíamos salir. Comer algo tal vez.
—¿Vas a invitar a Gen?
—Obvio. Está de camino —me levanté a buscar a Laura para contarle.
Cuando la encontré, estaba en su habitación, con una caja entre las manos y decenas de fotografías sobre sus piernas. Al principio no quería molestarla, pero algo en su expresión me pidió quedarme.
—¿Todo bien? —pregunté, sentándome junto a ella.
—Solo recuerdos —me sonrió, sin terminar de convencerme—. Mira, este es Martín cuando
tenía unos 10 años.
—Guapo —reí.
Me tendió otra foto.
—Ella es Micaela.
Me quedé en silencio. Esa niña de sonrisa brillante, colitas en el cabello y ojos enormes irradiaba vida.
—Era... tu hija.
—Mi segunda hija. La hermana de Martín —asintió—. Llena de vida. Muy parecida a ti.
Su voz tembló al decirlo. Me miró, y esta vez ya no sonrió.
—No permitiré que nada ni nadie te lastime. ¿Lo sabes?
Asentí, tomándole la mano. Pero no pude ignorar lo que acababa de decir. Muy parecida a ti.
Dormía en el cuarto que fue suyo. Usaba el mismo escritorio, probablemente. Y ese abrazo con el que Laura me sostenía a veces no era solo por mí, sino por lo que perdió.
—Fue un accidente —susurró de pronto—. Jamás debí dejarla sola. Confié en alguien mayor… y no supe ver el peligro.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. No supe qué decir.
—Lo lamento —dije finalmente.
—Fue difícil. Pero llegaste tú.
No era reemplazo. O eso me quería decir. Pero las palabras flotaban con un eco extraño. Como si sí lo fuera, aunque nadie se atreviera a decirlo.
Después de un silencio largo, ella cambió de tema con una sonrisa temblorosa.
—¿Y tú qué venías a decirme?
—Ah, sí… si Gen podía venir esta noche.
—Por supuesto. Me cae muy bien esa chica.
Me despedí y salí al pasillo con una sensación extraña en el pecho. Me metí al baño. Me mojé la cara. Me miré al espejo. ¿Qué lugar ocupaba yo en esta historia? ¿La hija nueva? ¿La que llegó justo cuando faltaba una?
Al final nos fuimos a casa de Genoveva. Martín manejó hasta allá. Enzo llegó después, como siempre, con esa sonrisa despreocupada que tanto me estaba gustando.
La casa de Gen era enorme, impecable. Blanca, elegante, cálida. Nos enseñó la cocina, nos sentamos en los bancos altos, y preparamos galletas y pop corn. Cuando al fin nos decidimos por El Conjuro, Martín se sentó junto a Genoveva en uno de los sofás y Enzo se acomodó a mi lado. Yo trataba de concentrarme en la película, pero no dejaba de mirar los detalles de la sala, como si algo se estuviera gestando en el ambiente.
Y entonces pasó.
Una puerta se abrió al fondo, se escucharon unos pasos livianos, y una voz femenina dijo algo suave. Gen se levantó enseguida y salió a recibirlos. Nos quedamos en silencio, intentando distinguir lo que hablaban. Un segundo después, un par de sombras cruzaron el pasillo.
Ella —alta, guapa, con cabello rojizo y presencia segura— se detuvo un instante en la entrada del salón. Nos miró y sonrió. Él, detrás, más alto, con una postura que me resultaba peligrosamente familiar, no levantó la mirada. Solo pasó.
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Editado: 06.07.2026