La promesa de las Rosas

Capítulo 21

Entrada de diario – 20 de agosto de 1883

El plan, la llave, la promesa

Marie me entregó una caja envuelta en lino blanco.

Dentro, una llave.

La reconocí al instante: la del invernadero antiguo, ese que nadie visita desde que las orquídeas murieron.

—Es por allí —me dijo—. Ezra esperará al otro lado, en el sendero del estanque. A medianoche.

—¿Y mi madre?

—Dormirá… o creerá que lo hace. Le he dado unas gotas en el té. Solo lo justo.

No me preguntes cómo lo sé —dijo, con una sonrisa que ocultaba más historia de la que me atreví a imaginar.

William dejó una carta para mi madre, sellada con cera roja.

No me dejó leerla, pero me aseguró que será suficiente para evitar que me busque demasiado pronto.

Ezra escribió otra para mí.

La escondió entre las páginas de un libro de poesía que solíamos leer juntos en la biblioteca:

"Si alguna vez dudás, recordá esto: vos no estás escapando de una casa. Estás yendo hacia una vida donde podés respirar sin pedir permiso.

Te espero, como siempre, entre la sombra y la flor."

Hoy empaqué solo una cosa:

el cuaderno donde escribo estas líneas.

No llevaré vestidos.

Ni retratos.

Ni joyas.

Pero dejaré algo:

Mañana, cuando me marche, pondré una rosa seca entre las sábanas de mi cama.

Una que él me dio la primera vez que me llamó por mi nombre.

La dejaré allí, como señal.

Como promesa.

No sé qué nos espera.

No sé si nos alcanzará el futuro.

Pero si alguna vez vuelvo,

quiero saber que no me fui por cobardía, sino por amor.

Por libertad.

Por mí.

E.




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