—My baby, ángel, my baby, ángel… oh, my baby, ángel…
Había sido una tarde caótica; la noche cayó de golpe dejando atrás el ruido, los gritos, los golpes contra la pared… y el teléfono que sonaba incansablemente, el cual no había tenido tiempo de atender.
Aíra se mecía con el cuerpo de su pequeño Elian de cinco años mientras recitaba la única canción que le ayudaba en un momento de crisis, ahí en el cuarto especial, el pequeño búnker que había creado para su hijo, donde las luces frías no existían, y apenas unas luces pequeñitas tintineantes adornaban la oscuridad como luciérnagas.
Su pequeño Elian miraba el techo, pero nunca a ella…
Estaba cansada, pero no podía admitirlo, no, porque eso la haría ser mala madre. O por lo menos es lo que su suegra había externado en una cena mientras Elian corría por los pasillos y ella iba detrás; apenas tenía tres años y no paraba, Elian nunca paraba.
—Tú decidiste ser madre, no puedes cansarte… yo nunca me cansé de criar a mis hijos.
Pero sus hijos habían sido normales para la sociedad en la que vivían; sin embargo, su Elian parecía ajeno a ese mundo, era como si ese mundo no fuera para él. Todo lo alteraba, principalmente su padre.
Bruno Ashford, de quien se enamoró perdidamente, el hombre de negocios, el empresario, que le ofreció un matrimonio de alta sociedad, o por lo menos era así como opinaban todos, porque todos tenían sus opiniones de su propia vida.
—De nuevo estás aquí encerrada —la voz pesada de Bruno rompió la paz que había tardado en conseguir. Elian se puso de pie y salió corriendo de la habitación—. ¡Elian! —gritó tomándolo fuertemente del brazo.
—No lo agarres así, lo alteras —pronunció Aíra poniéndose de pie inmediatamente.
—No vas a decirme cómo tratarlo; él debe entender que no puede pasársela corriendo sin rumbo.
Fue tarde para Aíra darse cuenta de que Bruno había tomado; su traje impecable mostraba señas de haber perdido la postura, la corbata se arrugaba por debajo del saco. Pero apenas era lunes; no era común para él beber al inicio de la semana.
—Déjame dormirlo, ¿que tal si descansas, tomas un baño y después te alcanzo? —dijo Aíra tomando la mano de su pequeño, quien no paraba de intentar separarse de su padre.
—¿Crees que podrás dormirlo? Tienes años sin acompañarme en la cama, solo te la vives tras tu hijo… por eso es así —dijo, arrancándose la corbata de mal modo.
—Nuestro hijo —pronunció levemente Aíra.
—Es lo que he dicho…
—No, has dicho mi hijo… y es de los dos. Si no estoy en la cama a tu lado es porque él requiere atención, te lo he dicho, no puede quedarse solo; la última vez salió de la casa, si no me doy cuenta de que dejaste la puerta abierta…
—Me estás echando la culpa, me reclamas, acaso. Llegó cansado de trabajar; tú te la pasas aquí solamente cuidando de él. Es lo único que haces, Aíra.
—Soy su madre —dijo, soltando la mano de Elian, quien corrió de vuelta a la habitación oscura.
—Sí que lo eres, pagué un montón de dinero porque lo tuvieras —pronunció caminando hacia la cocina.
—No fue mi culpa que…
—Que no pudieras ser madre naturalmente —soltó como si fuera un reproche—. Mi familia es sana; no hay nadie como él.
—Elian tiene una condición distinta…
—Tiene cinco años, Aíra, cinco años y no habla, no te mira, no deja de correr, de gritar, nos deja en vergüenza cada vez que puede, no puede ir a ninguna reunión o fiesta sin sacarse la ropa en medio de la sala. Parece salvaje… como si no fuera de este mundo.
—El alcohol te está haciendo decir cosas hirientes, te arrepentirás mañana; mejor calla ahora —dijo Aíra, soportando el cúmulo de emociones que corrían por su cuerpo.
—No, ahora puedo decir la verdad, lo que he guardado por cinco años. Ha sido sometido a la atención de médicos, ha sido examinado por especialistas, pero desconocen la naturaleza de su condición... no pueden identificar la enfermedad.
—¡No está enfermo! Te lo he dicho, nos han dado un nombre a su condición: Trastorno desintegrativo infantil —soltó Aíra enfadada. Elian salió de la habitación oscura y se acercó hasta su madre para tomarla de la mano y jalarla con él.
—Ahí vamos de nuevo, él solo te quiere para él, pero no es capaz de mirarte a la cara. Estoy cansado, Aíra, tan cansado de este matrimonio y de esta familia, si es que puedo llamarlo así, porque no somos nada desde que él nació.
—Es tu hijo, Bruno, deja de llamarlo "él"... es tu hijo, ¡tu hijo! Su nombre es Elian.
—También lo creí, Aíra…
—¿Qué dices? —preguntó confundida.
—No es mi hijo —reveló con una sonrisa amarga.
—¿Bruno? Esto es algo que no te perdonaré. Retráctate, retráctate, hazlo… —Pronunció con el dolor más grande que había sentido en su vida clavarse en su pecho.
—Este papel dice lo contrario; en la clínica se equivocaron, me han notificado hoy, una disculpa, y un abogado de la clínica de inseminación me esperaba en el trabajo.
—¡Eso es mentira! Es una clínica prestigiosa, ellos no pudieron equivocarse —dijo tomando el papel.
Pero las palabras lo decían, con fecha y hora: había habido un error en las muestras, su hijo no era de Bruno, era de otro hombre, uno desconocido.
Aun así, eso no justificaba la ausencia de Bruno desde que su hijo nació; él había decidido no ser su padre desde el momento en que supieron que Elian no se desarrollaría como los otros niños de su edad.
—¿Esta es la salida que habías estado buscando? —inquirió Aíra dejando el papel en la mesa.
—No me taches de mal padre, te he dado todo para que puedas estar con él, aunque no sea mío…
—¡Pero eso no lo sabías hasta hoy!, desde hace años dejaste de ser su padre —soltó Aíra dolida.
—Tengo que pensar —dijo saliendo de la cocina hacia la sala de estar.
—¿A dónde vas? —preguntó incrédula de verlo partir.
—Necesito tiempo, ha sido un impacto. Tú sí, eres su madre, pero yo he sido engañado…