Aíra caminaba por la acera de la Zona Rosa, pero no sentía el pavimento bajo sus pies. El ruido del tráfico, el murmullo de la gente y el brillo de los escaparates le llegaban como si estuviera bajo el agua.
Siete cifras.
Ese era el precio de su hijo. Bruno no solo había renunciado a su paternidad; había cobrado un cheque por el "error" y se había marchado dejando la casa vacía, no solo de muebles, sino de cualquier rastro de humanidad. La náusea volvió a subir por su garganta. Mientras ella se desvivía por entender las crisis de Elian, Bruno negociaba su salida en un despacho alfombrado.
Logró detener un taxi. Al subir, se apoyó contra la ventana fría y cerró los ojos.
¿Qué vamos a hacer ahora, Elian?, pensó con un nudo en el pecho.
La realidad económica la golpeó de frente. Sin Bruno, no había sustento. Su vida entera había sido un búnker diseñado para Elian: las cuatro horas de escuela especial —donde las maestras suspiraban con alivio cuando ella llegaba a recogerlo— eran su único respiro. Nadie quería a Elian. Para el mundo, su hijo era un problema, una fuerza de la naturaleza que no podían controlar. Recordó la vez que Elian, con solo cuatro años, había movido una cómoda de madera maciza él solo porque bloqueaba su camino hacia una luciérnaga.
Cuando llegó al edificio, el silencio del pasillo le pareció sepulcral. Se detuvo frente a la puerta de Agnes, temblando. ¿Y si Elian había tenido una crisis? ¿Y si Agnes, como todas las demás personas en su vida, se había rendido con él?
Llamó suavemente. La puerta se abrió casi de inmediato.
—Pasa, querida. El té todavía está tibio —dijo Agnes con una calma que desarmó a Aíra.
Al entrar, la escena la dejó estupefacta. Elian no estaba gritando, ni corriendo en círculos, ni arrancándose los botones de la camisa. Estaba sentado en la alfombra, frente a un ventanal lleno de plantas, observando una pequeña esfera de cristal que Agnes le había dado. El niño estaba en una paz absoluta, una que Aíra rara vez lograba conseguir sin medicación.
—No le di las gotas —susurró Agnes, adivinando el pensamiento de Aíra—. Solo necesitaba una frecuencia distinta. Hay mucha estática en tu casa, Aira. Demasiada rabia contenida en las paredes.
Aíra se desplomó en el sillón, cubriéndose la cara con las manos.
—Bruno se fue. Lo sabía todo... Me dejó sin nada, Agnes. No tengo trabajo, no tengo familia que me apoye, y Elian... Elian no encaja en ningún lugar que yo pueda pagar.
Agnes se acercó y puso una mano sorprendentemente firme sobre su hombro.
—A veces, para que el lobo encuentre su camino, la jaula debe ser destruida por completo.
Aíra levantó la vista, confundida por la analogía.
—No soy un lobo —murmuró con la voz quebrada—. Solo soy una madre que no sabe cómo va a comprar comida mañana.
—No —corrigió Agnes. Su mirada estaba fija en Elian, quien en ese momento giró la cabeza. Por un instante, sus ojos azul profundo parecieron encenderse con una chispa eléctrica, algo que no pertenecía a la luz de la habitación—. Eres la guardiana de algo que el mundo no entiende.
Aíra salió del departamento de Agnes sintiéndose aturdida. La sabiduría de su vecina, esa forma tan serena de mirar la vida, le generaba una extraña mezcla de alivio y desconcierto; Agnes parecía ser ahora su único lazo con la cordura en aquel edificio. Sin embargo, al cruzar el umbral de su propio hogar, la paz se evaporó de golpe.
El vacío la golpeó como una ola de aire frío. Eran años de construir una familia, desmantelados en una mañana. Elian se soltó de su mano con un movimiento brusco y corrió hacia la habitación, buscando el refugio de su búnker de luces y oscuridad. Pero los hombres de la mudanza no habían tenido piedad; el espacio estaba desnudo, despojado de las telas y las pequeñas luciérnagas que lo mantenían a salvo del mundo.
La crisis estalló en segundos.
Elian comenzó a moverse con una inquietud violenta, sus pies golpeando el suelo vacío con una fuerza rítmica y aterradora. Aíra sintió que el corazón se le salía del pecho cuando vio que el pequeño empezaba a golpear su cabeza contra la pared desnuda.
—¡Lo arreglaré! ¡Mira, Elian, lo voy a arreglar! —gritó ella desesperada, corriendo hacia la ventana para intentar colgar una tela vieja, cualquier cosa que devolviera la penumbra—. Solo movieron las cosas, cariño, ya casi está...
Pero era inútil. Elian nunca había disfrutado de este lugar; solo lo soportaba porque ella intentaba domar el entorno para él. La crisis escaló: gritos que rasgaban el aire, llanto inconsolable y espasmos que Aíra ya no podía contener con sus brazos. No tuvo otra opción. Con las manos temblorosas, buscó el medicamento; era el último recurso, el que siempre le dejaba un sabor amargo en el alma.
Se abrazó a él en una esquina de la habitación vacía, dejando que el peso de su cuerpo intentara anclarlo a la tierra mientras la medicina hacía efecto. Elian luchó. La golpeó con puños pequeños pero increíblemente fuertes, pataleó contra sus costados, gritando contra su pecho hasta que, poco a poco, la rigidez de su cuerpo fue cediendo ante el sedante.
Aíra contuvo las lágrimas, tragándose el dolor físico de los golpes. Solo cuando su hijo quedó completamente tranquilo, sumido en un sueño artificial, ella se rompió.
Allí, en el rincón de una casa que ya no era suya, se desmoronó en silencio. El llanto se le quedó atorado en la garganta, convertido en un nudo de angustia y un coraje ardiente que le abrasaba el corazón.
Bruno no solo había sido cruel; había sido un idiota insensible, un cobarde que puso precio a la vida de un niño que era su hijo. ¿Con qué clase de hombre había intentado construir un futuro? La traición de Bruno le dolía, pero la vulnerabilidad de Elian le dolía más.
Estaban solos...
Aíra acostó a su hijo con una delicadeza infinita y comenzó a reconstruir lo que los hombres de la mudanza habían destruido. Necesitaba devolverle la paz a Elian, aunque fuera con retazos de tela y sombras, para poder recuperar ella la capacidad de pensar. No importaba quién fuera el padre biológico; ella era su madre, y Elian era lo único que poseía en el mundo.