La Promesa del Alfa

3-Agnes

En otro momento, Aíra habría dejado que el orgullo dictara sus pasos. Habría dado media vuelta y caminado con la cabeza en alto, lejos de la humillación de aquella escuela. Pero la realidad de una cuenta bancaria vacía y un hijo que dependía enteramente de ella la obligó a tragarse la dignidad. Tenía que ir al único lugar donde, tal vez, quedara un rastro de humanidad. O al menos, un rastro de dinero.

Buscaría a Bruno en casa de su madre. Aíra albergaba la pequeña, casi ingenua esperanza de tocar el corazón de su suegra. Doña Eunice siempre se había jactado de ser una "madre abnegada"; seguramente entendería que lo ocurrido en la clínica los convertía a todos en víctimas. Al menos, eso era lo que Aíra necesitaba creer para no desmoronarse en el trayecto.

Tomó un taxi, agradeciendo en silencio que Elian aún estuviera bajo el efecto del sedante. El viaje fue extrañamente pacífico, un contraste cruel con la tormenta que arreciaba en su pecho. Cruzaron la ciudad hasta llegar a una de las zonas más exclusivas, donde las calles eran amplias y los jardines parecían sacados de una revista.

Al ver las enormes mansiones, Aíra sintió una punzada de envidia amarga. Qué suerte tenía Bruno: siempre contaba con el respaldo de sus padres, con el apellido, con la red de seguridad del linaje. Ella, en cambio, no tenía a nadie. Sus padres habían muerto cuando apenas estaba en la universidad, dejándola sola antes de tiempo. Sin hermanos, sin tíos, sin un refugio a donde huir, se había aferrado a Bruno como si él fuera su balsa en medio del océano.

Ahora se daba cuenta de que esa balsa estaba hecha de papel.

Se sentía una estúpida. Había entregado su autonomía y su estabilidad a un hombre que solo la amó mientras ella fue el accesorio perfecto para su vida perfecta. En cuanto Elian no cumplió con las expectativas de "hijo ideal", Bruno se volvió irreconocible. O quizás, simplemente mostró quién era en realidad.

El taxi se detuvo frente a la imponente verja de hierro forjado de los Ashford. Aíra bajó con Elian en brazos, sintiendo el peso de su hijo más real que nunca. Se acomodó el cabello, respiró hondo y presionó el intercomunicador.

—Soy Aíra —dijo, y su voz sonó pequeña contra el mármol de la entrada—. Necesito hablar con Bruno... o con su madre. Es urgente.

El silencio que siguió fue eterno. Aíra miró a Elian, que dormía ajeno a que estaban mendigando un poco de justicia. Cuando finalmente el pesado portón hizo un clic eléctrico para abrirse, no sintió alivio, sino un presentimiento oscuro. Estaba entrando en la boca del lobo, y esta vez, no había flores para suavizar el camino.

Aíra esperó durante varios minutos en el vestíbulo de la mansión. Cada rincón de aquel lugar le recordaba las peores reuniones de su vida; eventos de la alta sociedad donde tuvo que soportar que la examinaran de pies a cabeza, primero como la "novia trofeo" de Bruno y luego como la madre de un niño que no paraba de correr. Nunca se había sentido bienvenida, pero jamás imaginó que regresaría allí como la esposa rechazada. Cualquiera de los dos títulos —abandonada o suplantada— se sentía como un puñetazo en pleno rostro.

Su suegra apareció finalmente. Caminaba con ese aire de superioridad que la caracterizaba, con el ceño fruncido y una mirada que juzgaba antes de hablar. Aíra, sin embargo, intentó aferrarse a una última esperanza: que el corazón de madre de Eunice fuera capaz de sentir algo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó la mujer; su voz era un látigo de frialdad.

—Quiero hablar con Bruno... —logró decir Aíra, ajustando el peso de Elian en sus brazos.

—Él no está, y no lo verás en mucho tiempo. Ha salido de viaje por negocios.

—Es necesario que hable con él —insistió Aíra, sintiendo cómo el pánico empezaba a asomar—. Ayer se llevaron casi todo del departamento y hoy en la escuela me rechazaron a Elian. Lo dieron de baja sin avisarme... Es nuestro hijo, y Bruno es mi esposo.

La risa que soltó Eunice fue corta y seca, desprovista de cualquier rastro de gracia.

—Ese niño no es hijo de mi hijo. No lleva mi sangre ni la de él, así que ahorrémonos las lágrimas.

—Pero lo que pasó en la clínica nos compete a los dos —replicó Aíra, alzando la voz—. Yo también soy una víctima en esto, no solo él. Además, Bruno lleva tiempo rechazando a Elian, incluso antes de saber la verdad...

—¡Por supuesto que lo va a rechazar! —estalló la mujer, acercándose un paso—. ¿Crees que un hombre como mi hijo podría aceptar un hijo así? Mi sangre no está enferma. Él merece un hijo de verdad, no un salvaje, un engendro que no puede quedarse quieto ni un segundo.

—¡No le permito que hable así de Elian! —Aíra sintió un fuego abrasador recorrerle la columna—. ¿Qué clase de mujer es usted? También es madre...

—Sí, fui madre de niños normales, así que no te compares conmigo —la interrumpió con desprecio—. Bruno no quiere saber nada de ustedes. Lo de la escuela era necesario; no tenía sentido que siguiera gastando su dinero en una educación que no sirve de nada. Ese engendro jamás llegará a ser nadie.

Aíra retrocedió, mirando a la mujer como si la viera por primera vez.

—Siempre supe que era una persona difícil... pero esto supera cualquier maldad. Usted es una bruja.

—¡Fuera de mi casa ahora mismo o llamaré a la policía! —gritó Eunice, señalando la puerta con un dedo enjoyado—. Eres una estúpida oportunista. Sabía que solo buscabas el dinero de mi hijo, pero se acabó. Aunque Bruno dudara en dar fin a esto, yo sé que es lo mejor.

Aíra se quedó helada. Las piezas del rompecabezas empezaron a encajar con una crueldad insoportable.

—¿Qué quiere decir con eso? Quitarle la escuela a mi hijo... ¿Fue idea suya?

—Por supuesto que fue mi idea. Mi hijo no puede seguir manteniendo a una mujer como tú y a ese... engendro.

Aíra no esperó a que terminara la frase. Dio media vuelta, apretando a Elian contra su pecho tan fuerte que temió despertarlo. Salió de la mansión con los oídos zumbando y el corazón martilleando contra sus costillas




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