Aíra se encerró en su departamento, echando la llave con una mano temblorosa. El silencio que la recibió era distinto al de la mañana; ahora tenía una pesadez asfixiante, amplificada por el vacío que Bruno había dejado al llevarse los muebles. Cada rincón despojado era un recordatorio de que su esposo era un monstruo y su madre, algo mucho peor.
Observó a Elian, que seguía sumido en ese sueño artificial provocado por los fármacos. Se le partía el alma tener que recurrir a ellos, pero en ese momento de caos, era el único ancla que evitaba que el niño se hiciera daño a sí mismo. Lo acomodó en el colchón que aún quedaba en el suelo y se dirigió a la cocina.
Por suerte, la alacena seguía llena. Bruno no se había rebajado a llevarse la comida, pero Aíra sabía que ese resguardo era temporal. Si no encontraba un trabajo pronto, el hambre se sumaría a sus enemigos. Con movimientos mecánicos, puso agua a hervir para preparar espaguetis, la única comida que Elian toleraba sin protestar por la textura. Para ella, preparó un café cargado, tan oscuro como sus pensamientos. Necesitaba cafeína para mantener a raya el cansancio y empezar a trazar un plan.
Mientras la pasta se cocía, Aíra se sentó en la barra de la cocina —el único lugar que quedaba para comer— y sacó su celular. Sus dedos volaron sobre la pantalla, primero buscando empleos locales, pero su mente no dejaba de volver a la escena del pasillo. ¿Cómo era posible que la Agnes vital y sabia de ayer fuera la mujer postrada y ausente de hoy? ¿Había sido una alucinación? ¿O algo más?
Entonces, recordó la única pista física que le quedaba de su visita a la clínica. El nombre que el abogado había pronunciado con extrañeza.
Lys Skog.
Abrió el buscador y escribió las palabras con cuidado. Esperaba encontrar un pueblo, una empresa, una calle... cualquier cosa. Pero el resultado fue un muro de frustración. Google le devolvía correcciones gramaticales, artículos sobre bosques en Noruega o canciones desconocidas, pero ningún lugar geográfico real, ninguna dirección, ningún rastro del "Sujeto A".
—Vamos, tiene que estar aquí —susurró, sintiendo que el café se le enfriaba al lado.
Probó en mapas, en foros de genealogía, incluso en registros de clínicas internacionales. Nada. Era como si el Dr. Drazen hubiera inventado un código privado o un idioma que solo él conocía.
De repente, un pequeño ruido la hizo saltar. Elian se había despertado. No estaba gritando ni corriendo; estaba sentado en el umbral de la cocina, mirándola. Sus ojos, en la penumbra, parecían retener un brillo azulado que Aíra nunca había notado tan intenso. El niño señaló el teléfono de su madre y, por primera vez en mucho tiempo, emitió un sonido que no era un grito, sino un murmullo profundo, casi como un ronroneo vibrante que le erizó la piel.
Aíra dejó el teléfono sobre la barra. El agua de la pasta empezó a desbordarse, siseando contra la estufa, pero ella no podía apartar la vista de su hijo.
—Lys Skog —repitió ella en voz alta, casi como un rezo.
Al escuchar el nombre, Elian ladeó la cabeza y sonrió de una manera que Aíra no reconoció. No era la sonrisa distraída de un niño de cinco años; era algo antiguo, algo que parecía comprender perfectamente lo que ella estaba buscando.
Aíra corrió hacia la estufa justo antes de que el agua hirviente apagara la flama. El siseo del vapor llenó la cocina mientras Elian retomaba su carrera frenética de un lado a otro.
—Es el estrés... es solo el cansancio —se repetía Aíra en un susurro, tratando de convencerse de que sus sentidos la estaban traicionando. No había otra explicación lógica: primero el espejismo de Agnes y ahora esa extraña actitud de su hijo con un nombre que no aparecía en los mapas.
Se obligó a concentrarse en lo cotidiano. Preparó el espagueti rojo, con mucha crema y tomate, tal como a Elian le gustaba. El ritual de la comida era el único momento de tregua en su hogar; Elian tomó su plato y, con esa agilidad silenciosa que a veces asustaba, se refugió en su búnker improvisado. Aíra se quedó en la cocina, escuchando el suave tarareo de su hijo mientras él sorbía los hilos de pasta entre las luces titilantes que ella había logrado rescatar.
Las horas se estiraron en una vigilia amarga. El reloj marcaba las tres de la mañana y Aíra seguía frente a la pantalla de su celular, con una libreta llena de direcciones de florerías, oficinas y locales comerciales. Cada número anotado era un ruego al aire, una esperanza de supervivencia.
De pronto, un toque ligero, casi rítmico, sonó en la puerta.
Aíra se quedó petrificada. El vello de sus brazos se erizó. A esa hora, en un edificio que parecía haber muerto junto con su matrimonio, nadie llamaba a la puerta. Pensó en Bruno, pensó en la policía, pero el latido de su corazón le decía que era algo distinto.
Caminó con los pies descalzos sobre el suelo frío hasta llegar a la entrada. Contuvo el aliento y se asomó por la mirilla.
El aire se escapó de sus pulmones y sintió un frío glacial recorriéndole la columna. Al otro lado, bajo la luz amarillenta y parpadeante del pasillo, estaba ella. El cabello blanco abundante, la túnica de colores vibrantes y las joyas que tintineaban suavemente con cada movimiento. Era Agnes.
Pero no era la mujer vacía y postrada que la enfermera le había mostrado horas antes. Esta Agnes tenía los ojos brillantes, cargados de una urgencia ancestral, y sostenía algo pequeño entre sus manos.
—Abre, Aíra —susurró la voz de la anciana a través de la madera, clara y firme—. Le he traído un regalo a Elian...
Aíra retrocedió un paso, mirando hacia la habitación donde Elian, de repente, había dejado de tararear. El niño estaba de pie en la oscuridad del búnker, mirando fijamente hacia la puerta, con las pupilas dilatadas y una expectación que no era humana.