La promesa que alimenta al monstruo [bl]

Capitulo 8: Un recuerdo profundo

Todo estaba nublado.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí. El cuerpo se sentía pesado, ajeno, como si no le perteneciera. La cama bajo su espalda era lo único firme en medio de esa neblina espesa que no lo dejaba pensar, que lo mantenía suspendido entre estar despierto y no estarlo.

Había voces. No eran claras. Llegaban deformadas, como ecos atravesando agua.

—… Haz algo —dijo una, alterada—. No puedes quedarte ahí parado.

Esa voz… Doriam.

Mithar intentó girar la cabeza, abrir los ojos, cualquier cosa. Nada respondió. Solo un leve cosquilleo en los dedos, como si el cuerpo recordara cómo moverse, pero se negara a obedecer.

—No —respondió otra voz—. Ya te dije que no puedo curarlo así.

Riven.

Doriam—¡Entonces qué sentido tiene que esté aquí! —Doriam sonó desesperado, muy lejos de su calma habitual.

El aire pareció tensarse.

Riven—Si uso magia directa en él —continuó Riven—, su cuerpo no va a reaccionar normal. No funciona como el de un humano normal.

Mithar sintió una presión extraña en el pecho, como si algo dentro de él se contrajera lentamente.

Doriam—¿Y si reacciona bien? —insistió Doriam—. No podemos saberlo si no lo intentas.

—Sí podemos —respondió Riven con firmeza—. Y lo sabes. Su sistema se defiende solo: si detecta magia que no reconoce, la usará a su favor. Además, aún quedan fragmentos de la magia negra de Nyxara; no podemos arriesgarnos a provocar más daño del que ya hay.

Doriam respiró hondo, pero no se calmó.

Doriam—Está empeorando.

El sonido de su voz le atravesó la cabeza. Mithar quiso pedirle que se callara, que dejara de gritar. Intentó mover la mano. Apenas lo logró; un gesto mínimo, casi inexistente.

Riven —Si lo curo, su maná puede descontrolarse. Y cuando eso pasa… su aroma se intensifica.

Una sensación incómoda recorrió la mente de Mithar. Miradas. Hambre. Algo acechando.

Riven—Eso lo pondría en riesgo —continuó Riven—. No solo aquí. Su propio cuerpo podría colapsar.

El silencio que siguió fue pesado.

Doriam—Entonces explícame —murmuró Doriam, con la voz quebrada—, por qué la poción que le di antes sí funcionó.

Se escuchó el sonido metálico al moverse.

Riven—¿Cuál poción? —preguntó sin preocupación .

Doriam—Esta —respondió Doriam—. La usé cuando su pulso se volvió irregular. Sus heridas empezaron a cerrarse. No reaccionó mal.

Riven tardó unos segundos en responder.

Riven—Porque lo curó —dijo al fin—. Pero no sin consecuencias.

Algo frío recorrió la garganta de Mithar.

Riven—Esa poción no era limpia —continuó —. La mayor parte era orgánica, por eso su cuerpo la aceptó. Pero tenía magia. Poca. Un residuo… alrededor de un diez por ciento.

Doriam apretó el frasco.

Doriam—¿Eso es malo? —preguntó en voz baja.

Riven—No lo suficiente como para matarlo —respondió Riven—. Pero sí para tocar el núcleo. Sanó su cuerpo… y forzó lo que no debía forzarse.

Mithar sintió un calor extraño en el pecho, como un eco tardío de aquella sensación pasada.

—No colapsó —dijo Riven—. Pero lo estimuló. Su cuerpo respondió como siempre: generando más energía. Si intento curarlo con magia directa… podría colapsar.

—La única opción sana —continuó Riven— es tratarlo como se haría en un hospital. Sin magia. Nada que toque el núcleo.

Doriam guardó silencio.

—Pociones limpias —dijo Riven—. Compósitos orgánicos. Estabilizantes físicos. Tiempo.

El calor en el pecho de Mithar no desapareció, pero dejó de crecer.

Riven—Va a ser lento —añadió—. No va a cerrarse de un día para otro. Pero no va a provocar una reacción.

Doriam respiró hondo. Mithar intentó hablar. Solo logró mover la mano unos centímetros.

—Eso es lo mejor que puedo hacer —sentenció Riven—. Mantenerlo con vida… sin convertirlo en un problema mayor.

Algo cálido envolvió la mano de Mithar.

Doriam —Está bien —susurró Doriam, muy cerca—. Si es lento, lo haremos lento.

La neblina no se disipó, pero el peso en el pecho se volvió tolerable. Y aunque Mithar no podía responder, supo que no estaba solo. El calor de la mano de Doriam era su único anclaje, pero ese mismo contacto le quemaba el orgullo. Se sentía como una grieta que Doriam intentaba sostener con las manos desnudas.

Las voces comenzaron a alejarse. No de golpe. Primero se volvieron más bajas, luego irreconocibles, hasta que solo quedó un murmullo confuso. Mithar intentó aferrarse a ellas, a la voz que reconocía, pero todo empezó a disolverse.

El mundo se volvió borroso. Después… abrió los ojos.

Estaba de pie. El cambio fue tan brusco que dio un paso atrás por reflejo. Ya no sentía la cama bajo su cuerpo ni el peso que lo había inmovilizado. El aire era frío y seco, con un olor a polvo viejo que le llenó los pulmones.

Miró alrededor. El lugar era amplio, silencioso. Altas paredes se alzaban a ambos lados, cubiertas de vitrinas antiguas; algunas intactas, otras agrietadas por el tiempo. Dentro había objetos que no comprendía del todo: fragmentos de metal ennegrecido, telas deshilachadas, símbolos tallados en piedra que parecían observarlo.

Mithar—¿Dónde estoy…? —murmuró.

Su voz sonó apagada, como si el lugar la absorbiera. Recordó haber estado con Doriam. Su voz alterada. Su mano sujetándolo. Había estado acostado. Estaba seguro de eso.

Avanzó despacio. Sus pasos resonaron en el suelo de mármol desgastado. Cada vitrina parecía cargar con un peso invisible, como si guardaran algo más que simples objetos. Algunas estaban vacías. Otras… no. Sintió una incomodidad extraña y desvió la mirada. No sabía por qué, pero algo dentro de él le advirtió que no debía mirar demasiado.

Mithar siguió caminando. El silencio del lugar se rompió de pronto por un movimiento sutil, casi imperceptible. Algo se deslizó entre las vitrinas. Se detuvo.

Al fondo del pasillo, entre las sombras, vio a alguien. Era una mujer. Tenía el cabello negro, largo, cayendo como un velo oscuro sobre la espalda. Su piel era casi pálida, demasiado clara para el ambiente apagado del lugar. Vestía un atuendo extraño, antiguo, difícil de ubicar en el tiempo. Pero lo que más lo inquietó fueron sus ojos. Uno de ellos brillaba distinto. Como cristal.




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