La Promesa Que Olvidó

Capítulo 5

Al día siguiente, Kristhel Randall se levantó con los ojos hinchados. Se observó en el espejo por un segundo, luego enjuagó su rostro para mejorar las ojeras que tenía. Tras darse un baño, se cambió de ropa y salió de su habitación.

—Pensé que no ibas a levantarte temprano hoy.

—Es mi primer día de clases; no puedo faltar.

—Estuviste llorando hasta muy tarde. ¿Puedo saber por qué llorabas?

—No tiene importancia —mordió un pedazo de pan, bebió café y se levantó.

Kristhel Randall había decidido continuar con su vida, al igual que él lo hizo. Su único objetivo era terminar el colegio, estudiar la universidad, ser una excelente doctora y salvar vidas; solo así haría feliz a su madre.

Los días pasaron y Marlín se sintió mejor. Salió de su habitación y se reunió con un amigo que le ayudaría a buscar a la hija de su mejor amiga. Al ver que su madre se encontraba mejor, Arvid Mehmet realizó el viaje con su futura esposa. Aún no habían elegido la fecha de la boda; lo único que quería era disfrutar de esos días juntos fuera de Tuntaqui.

Durante quince días disfrutó de la compañía de Camila; cada día se sentía más enamorado de ella, al menos eso era lo que creía sentir en su corazón. Estaba convencido de que ella era la mujer que siempre había esperado. La conoció hace un par de meses; ya la había visto en televisión, pero jamás había tenido el placer de cruzar palabra con ella. No había pasado nada con ella más que citas concurridas, pues Arvid la quería para algo serio, no solo un revolcón de una noche. Pero hubo una noche en que no resistió ante la seducción de Camila, y fue ahí cuando amaneció en su cama.

Después de haber pasado unas excelentes vacaciones junto a su amado Arvid, Camila llegó a su casa y se lanzó sobre el mueble.

—¿Qué tal tu viaje, cariño?

—De lo mejor, mamá. Arvid es… caballeroso, ardiente, fogoso. Como amante es lo que más me encanta.

—Me alegro que estés muy enamorada de él. Esa familia tiene mucho dinero, a diferencia de ya sabes quién.

—Ni lo digas, mamita; eso ya quedó enterrado —Camila suspiró—. Aparte del sexo, lo que más amo de Arvid es su billetera.

Ambas mujeres sonrieron.

—¿Ya pusieron fecha de boda?

—Aún no. Primero debo terminar mi contrato para luego casarme e irme de luna de miel.

—No dejes que se escape.

—No se escapará; está locamente enamorado de mí.

—Los hombres suelen confundirse con facilidad, hija. No pueden ver un trasero más grande que corren hacia él.

—En este país no hay mujer más hermosa que yo, hija. Por eso todos quieren tenerme a su lado. Y uno de ellos es Arvid Mehmet; lo tengo comiendo de mi mano.

Sacudió su cabello y dejó en el aire un aroma a rosas. Luego se levantó, se despidió de su madre y se marchó a su departamento.

Mientras tanto, Arvid retomaba su rutina de trabajo. El detective que había solicitado para buscar a Kristhel aún no le llamaba. A diario, su madre le insistía en que buscara a la joven, y él no podía darle ninguna noticia positiva sobre Kristhel.

•••

Por la tarde, cuando Kristhel llegó a su casa, encontró a su tía Camelia llorando.

—¿Qué pasó?

—Fercho lo detuvieron.

—Pero ¿por qué?

—Debe mucho dinero a un hombre, y este lo metió preso. Creo que será difícil que salga.

—¿Qué podemos hacer? Debemos visitarlo, ayudarlo para que salga.

—Es imposible. Además, no quiere que nos involucremos; él teme que nos hagan daño. Es mejor que nos mantengamos al margen.

—Pero no podemos dejarlo ahí; él no se merece eso.

—Él se lo buscó. Le dije sin número de veces que dejara ese vicio, pero no hizo caso. Ahora que afronte su destino.

Camelia agarró su cartera y suspiró:

—Dejo comida en el refrigerador; caliéntala y cenas. Hoy me toca empezar mi turno más temprano.

Camelia Randall salió de su casa y llegó al bar nocturno donde trabajaba desde hacía ya varios días. Se estaba cambiando cuando dos hombres ingresaron. Al ver esas figuras por el espejo, ella se giró.

—¿Quiénes son? ¿Qué hacen aquí?

—Tú nos pagarás la deuda que tiene tu primo.

—¡Qué!

Camelia pidió ayuda, pero nadie llegó para salvarla. Aquellos hombres la llevaron a su auto y, por consiguiente, a la presencia del hombre al que Fercho le debía dinero.

Desde aquel día, Kristhel no supo de su tía. Fue varias veces a buscarla, pero nadie le dio noticia. Dejó de ir porque una de las camareras le dijo que corría peligro si continuaba yendo a aquel lugar. Un mes pasó y el dinero que Camelia tenía guardado, Kristhel lo ocupó, pensando siempre que cuando su tía volviera y ella trabajara se lo pagaría. Una vez que el dinero se le terminó, abandonó los estudios. No quería, pero se vio obligada a hacerlo, ya que nadie quería contratarla por ser aún menor de edad y, sobre todo, por no tener experiencia. Kris se encontraba entre la espada y la pared, y no le quedó de otra que seguir los pasos de su tía.

—Solo bailaré —afirmó.

El hombre lamió sus labios; la mirada perversa de este iba de los pies a la cabeza de la joven. Sabiendo que aquella pollita le daría buena lana.

—Está bien —apretó la mano de la joven—. Eres mayor de edad, ¿verdad?

—Sí —dijo sin titubeo.

—Bien, abrirás el escenario esta noche.

—¿Ahora?

—Sí, ahora. Y si no quieres, ahí está la puerta.

La joven de diecisiete años cubrió su rostro con una máscara. Con los pies temblorosos, caminó hasta el escenario. Al estar parada frente a cientos de hombres que contemplaban su cuerpo como si quisieran quitarle la poca ropa que llevaba, sintió náuseas.

Pero se armó de valor al recordar que no tenía qué comer, que los servicios básicos habían sido cortados y que, a pesar de que su tío era el dueño de la casa, esta necesitaba mantenimiento y no tenía ni para comprar un detergente. Kristhel usó lo que más sabía hacer: bailar. Se paró al lado del tubo y bailó seductoramente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.