—¿Piensas que por cubrir tu rostro dejarás de ser una mujerzuela desvergonzada que se desnuda frente a cientos de hombres cada noche y, de paso, se revuelca con el que más dinero pague? —rechinó los dientes mientras lanzaba veneno en cada palabra que salía de su boca.
Los azules ojos de Kristhel se llenaron de lágrimas; su corazón ardió al escuchar las palabras de aquel desconocido.
—Emir, déjala —dijo Arvid, presionando el hombro de su amigo—. No quiere hablar contigo.
La mirada cristalizada de Kristhel estaba fija en el joven tras el que presionaba su brazo. Aunque sentía dolor por el fuerte apretón, Kristhel no dejó de mirar a los ojos de Arvid. Mientras mantenía la mirada fija en los de este, gruesas lágrimas se desprendieron de sus ojos y se perdieron bajo la oscura máscara.
Arvid conectó su mirada con la de aquella joven y vio los ojos cristalizados de Kristhel; un no sé qué le hizo destellar el pecho. Sintiéndose ya algo incómodo, suspiró.
—Vamos, hermano.
Emir aflojó el brazo de Kristhel, dejando su piel enrojecida.
Más allá del dolor que provocó ese hombre al presionar sus brazos, ella sintió uno más profundo en el pecho, porque Arvid estaba frente a ella y no la reconocía.
Se suponía que sus ojos estarían grabados por siempre en su memoria; esas fueron las palabras que dijo cada mañana al dirigirse al colegio.
—Arvid, sabes que esta clase de mujeres, cuando tienen un cuerpo demasiado hermoso, se hacen las de rogar para así obtener un alza de tarifa, pero sé que con un poco más de dinero cambiará de opinión —dijo Emir.
Sacó la billetera y de ella extrajo un fajo de dinero, el cual colocó frente a Kristhel.
—Quiero pasar la noche contigo. ¿Esto es suficiente? —Le sacudió el dinero en la cara—. ¿O quieres más? Pon el precio. ¿Cuánto cobras… pu—ta? —Hizo entonación en la última palabra, provocando que el corazón de Kristhel terminara desmigajándose.
Kristhel reprimió las ganas de llorar, se sintió sucia y manchada. Suspiró profundo y, con su brazo, apartó de su frente la mano llena de dinero, pasó empujando a los dos hombres y corrió hasta el vestidor. Una vez ahí, agarró sus cosas para luego salir de ese lugar donde la trataron como la peor mujerzuela que pudiera existir.
Al estar lista, corrió sin descanso hasta que la barriga le dolió. Lo que más quería era estar lejos de ese horrible lugar al que no quería volver jamás.
Llegó hasta la playa y se dejó caer; sus rodillas se clavaron en la arena e hizo presión con sus manos sobre esta.
—Mamá, ¿¡por qué me dejaste!? ¿¡Por qué no bajas del cielo y me abrazas!? ¡Vuelve, te lo pido! —sollozó mientras gruesas lágrimas caían de sus ojos como gotas de lluvia.
Soltó un grito que dejó su garganta seca y continuó reprochando entre sollozos lo desdichada que era su vida.
En la orilla de la calle, un auto oscuro se estacionó y un hombre vestido de negro caminó hasta donde se encontraba ella. Al ver la espalda de la joven descubierta, la cubrió con su chaleco.
Al sentir la calidez de un abrigo caer sobre su espalda, Kristhel detuvo el llanto, levantó la mirada y descubrió el rostro del hombre que la había cubierto.
—¿Kristhel Randall?
Con las piernas temblando y llenas de arena, se levantó, pasó las manos por su rostro y limpió la humedad de sus mejillas.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Acompáñame y te diré quién soy y por qué estoy aquí.
Sintió algo de pánico y se alejó un poco.
—No soy una prostituta, si es lo que está pensando —aclaró, limpiando la arena de sus manos en su falda.
Con el fuerte viento que soplaba, las huellas de las lágrimas quedaron enmarcadas en el perfecto rostro de Kristhel.
—Tranquila, no quiero comprar tu cuerpo. Solo soy un intermediario de una persona que quiere verte.
Cuando Kristhel escuchó aquello, abrió los ojos con asombro; al mismo tiempo sintió temor, puesto que la única persona que ella sabía que la estaba buscando era él: Jacinto Stephens.
Sin dar tiempo a que el hombre continuara hablando, Kris dio varios pasos hacia atrás para luego emprender una corrida más veloz que la anterior.
Sabía que su progenitor, el malvado hombre que acabó con la vida de su madre, estaba tras ella para asesinarla de igual forma.
—¡Señorita Randall, deténgase! —Aunque el hombre corrió, no logró alcanzarla; la perdió de vista en medio de la oscuridad, pues Kristhel Randall se adentró en lo más oscuro para no ser atrapada.
Kris llegó a casa de Jared, su amiga del colegio.
Antes de tocar, lo pensó una y otra vez. Cuando vio que no tenía a nadie más a quien acudir, tocó la ventana de su amiga, susurrando por lo bajo.
—Jared, Jhared… Soy Kris, Jared, ¡ayúdame, por favor!
Jared escuchó las súplicas de su amiga; al principio creyó que estaba soñando, pero cuando abrió los ojos y escuchó el sollozo tras la ventana, se levantó.
—¡Jared! —volvió a murmurar entre sollozos.
—¡Kris!, ¿eres tú?
Kristhel se levantó y pegó su rostro a la ventana.
—Sí, soy yo.
La joven de la habitación abrió la ventana.
—¿Qué te sucedió? —Al verla llorando de esa forma, añadió—: Vamos a la puerta.
Jared caminó lentamente hasta la puerta y, de la misma forma, la abrió. Al estar frente a su amiga, Kris se lanzó a sus brazos y se desgarró en llanto.
—No hagas tanta bulla, vas a despertar a mis padres —susurró por lo bajo—. Ven, vamos a mi habitación.
Una vez dentro de la habitación de su amiga, Kristhel soltó todo el dolor que tenía reprimido. El llanto desenfrenado que soltó al contarle a su amiga su vida lo aplacó entre las almohadas.
Jared suspiró grueso y pasó saliva con dificultad; sintió un dolor en el pecho al ver cómo su amiga estaba sufriendo. La abrazó y, lentamente, Kristhel se fue recostando en las piernas de Jared; al poco rato se quedó dormida.
Acariciando el cabello de su amiga, Jared susurró.
Editado: 26.02.2026