La Promesa Que Olvidó

Capítulo 7

Con mucha duda y nerviosismo, Kristhel salió junto a su amiga. Ella temía que los padres de su amiga la echaran de aquella casa; de ocurrir eso, no sabría qué pasaría con ella ahí afuera. Salieron juntas de la habitación y encontraron a los padres de Jared desayunando.

La mirada de ambos reparó en la jovencita que caminaba tras de su hija.

—Mamá, papá, ella es mi amiga Kristhel.

—Mucho gusto, Kristhel —se levantó Diego y estiró su mano. Con timidez, Kris la estrechó.

—¿Es tu amiga de la que siempre hablas? —indagó la mamá de Jared, colocando el plato de su hija en la mesa.

—Sí, madre, es ella.

—¿Y cuándo ingresó que no la vimos? —se acercó a ellas.

—Anoche, mamá.

—Gusto en conocerte, Kristhel. Jared no ha dejado de hablar de ti desde que ingresó a aquel instituto —caminó a la cocina y sirvió otro plato.

—Toma asiento —indicó el hombre.

Tímidamente, Kristhel se acomodó en la silla y, con la mirada agachada, agradeció.

Jared se acomodó en su silla y, aclarando la garganta, solicitó.

—¿Creen que Kris se pueda quedar en casa?

Ambos adultos levantaron la mirada y se miraron entre ellos.

—¿Por qué? —inquirió el hombre.

Kristhel bajó la mirada y sintió un dolor en el pecho. Pensó que aquel hombre no la dejaría quedar.

—¿Sucede algo que no nos han dicho?

—Mamá, papá… Kris se quedó sola. Su tío fue a prisión y su tía desapareció. Eran los dos adultos que cuidaban de ella.

—¿Pusiste la denuncia sobre la desaparición de tu tía, Kristhel? —Ella negó—. ¿Por qué?

La joven tragó grueso y empezó a sentirse incómoda. Bajo la mesa, sus piernas heladas y temblorosas se movían con impaciencia.

—Creo que… que ella me abandonó.

—¡Qué horror! ¿Cómo pudo hacer algo así? —suspiró Andrea, madre de Jared.

Sin dar una respuesta sobre la pregunta que su hija les hizo, los padres de Jared se levantaron y hablaron en la cocina. Al rato salieron.

—Puedes quedarte, Kristhel Randall. Yo me encargaré de averiguar sobre tu tía.

Jared abrazó a Kristhel y ella sonrió al tiempo que se abrazaba a su amiga.

•••

En otra parte de la capital, Marlín reprochaba a su amigo el porqué dejó escapar a Kristhel.

—No puedo creerlo, Mauro. ¿Cómo fue que se te escapó?

—Mamá, ¿qué sucede? ¿Por qué gritas?

—Mauro dejó escapar a Kristhel. ¿Puedes creer que la tuvo frente a él y se le escapó así sin más?

—¡Lo siento, Marlín! Pero no pude detenerla. Apenas le dije que la estaban buscando, corrió como correcaminos —reprochó Mauro.

Arvid se sentó al lado de su madre.

—Tal vez no quiera saber de nosotros.

—¿Por qué no querría saber? —Marlín pensó que su hijo tenía razón. Si Kristhel estaba en Tuntaqui, ya lo habría visto en televisión con otra mujer y, quizás por eso, no quería ser encontrada por ellos. Miró a Arvid—. Aunque ella no quiera ser encontrada, lo haré —se levantó y se adentró en la mansión.

—Sigue buscando, Mauro. Cuando la encuentres, no dejes que escape. Tráela en contra de su voluntad; quizás al ver a mi madre cambie de parecer y decida quedarse.

—Continuaré, Arvid, continuaré.

Dicho eso, Mauro salió de casa de los Mehmet y continuó con su labor.

Dos días después, Kristhel salió junto con la madre de Jared. La adolescente había decidido trabajar, pese a que le habían brindado techo y comida sin exigirle que aportara con algo.

Ella necesitaba aportar; no quería ser una carga para los padres de Jared. Ellos no tenían por qué mantenerla.

Pensó que si encontraba un trabajo podría, en un par de meses, rentar su propia pieza. A pesar de que los padres de Jared le dijeron que no era necesario que trabajara hasta que cumpliera la mayoría de edad, Kris se empeñó en hacerlo y, para que la joven no corriera el riesgo de encontrarse con aprovechados, Andrea decidió llevarla a su trabajo.

La mujer trabajaba en uno de los restaurantes más prestigiosos de la capital de Estaquía. Llevaba algunos años ahí y conocía a su jefe; sabía que era un hombre noble que no dudaría en ayudarla.

Cuando Kristhel puso un pie en el restaurante, todas las miradas de los empleados repararon en ella, pues era una joven alta de tez blanca, con unos ojos azules radiantes como el cielo despejado, cabello rubio y ondulado, pestañas largas y cejas bien delineadas que no necesitaban pintura alguna. Su cuerpo delgado, con anchas caderas y una cintura bien curvada, parecía el de la hija de los altos mandos del gobierno. Todos se quedaron admirados de cómo una joven de la alta sociedad ingresaba por la puerta de empleados junto a Andrea.

—¿El señor Bruce está en su oficina? —inquirió Andrea al colocar su cartera en el colgador.

—Sí, acaba de llegar —respondió uno de sus compañeros.

—Hablaré con él, ya vuelvo —el hombre asintió.

Andrea tomó la mano de Kristhel y subieron a la oficina del dueño y, al mismo tiempo, gerente general. Las manos y los pies de Kris temblaban, pues ella temía ser rechazada.

Andrea tocó la puerta.

—Adelante —se escuchó la voz gruesa de un hombre. Con sutileza, Andrea abrió la puerta.

—¡Buenos días, señor Bruce!

—¡Buenos días, Andrea! —Despegó la mirada del computador y la posó en la mujer que acababa de ingresar. Cuando sus ojos repararon en Kristhel, sintió un golpe en su corazón.

Daniel Bruce retiró los lentes y salió de detrás del escritorio.

—Señor Bruce, ella es la joven de la que le hablé.

Los ojos miel de Daniel se conectaron con los azules de Kristhel. Ella no pudo mantener la mirada y la evadió, colocándola en el suelo.

—¿Cómo te llamas?

—Kristhel Randall.

—¡Un gusto conocerte, Kristhel! Soy Daniel Bruce —Daniel estiró su mano y, con algo de nerviosismo, Kristhel la apretó. Al hacer contacto con la suavidad de las manos de aquel hombre, subió la mirada. Kristhel tragó grueso; el hombre era extremadamente hermoso.

—El gusto es mío, señor Bruce —retiró la mano.




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