—Oye, gordo —metió sus manos dentro de la camisa de Arvid, acarició su pecho y mordió el labio mientras lo besaba—. ¿Qué tal si vamos a la habitación del fondo y la pasamos bien?
—Muy tentadora tu propuesta —le retiró la mano—, pero no puedo, tengo mucho trabajo. ¿Qué te parece si lo dejamos para esta noche? —levantó el rostro y ella asintió, cubriendo los labios de él.
Al cerrar sus ojos, Arvid volvió a recordar a la mujer de aquel centro nocturno. Más que recordar sus movimientos y su esplendoroso cuerpo, remembraba el color de esos ojos.
Al cabo de varios minutos, Camila Bruce salió de la oficina de Arvid Mehmet. Este último se concentró en su trabajo. Hace varios meses había terminado la universidad; a sus veinte años ya había culminado su carrera. Cuando volvió de Valleral, salió del país para estudiar doble titulación y lograr obtener un alto nivel en sus estudios, ya que lo aprendido en ese pueblo era casi nada de lo que debía haber aprendido en el año que se encontraba.
Por la noche, Arvid pasó por Camila y cenaron en uno de los restaurantes más prestigiosos de la capital de Estaquía.
—Desearía poderme casar mañana mismo —Arvid levantó la mirada y limpió la comisura de sus labios.
—No se puede. Debes primero terminar el contrato; además, yo no puedo salir del país hasta que se me haga la entrega oficial de la empresa.
—Lo sé, gordo, pero quisiera ya convertirme en tu esposa. Quiero amanecer cada día a tu lado —le hablaba seductoramente. Arvid sonrió—. ¿Puedo quedarme esta noche en tu casa? —preguntó al acariciar bajo la mesa las piernas de su novio.
—Pensé que querías ir a tu departamento.
—Siempre lo hemos hecho ahí. Ahora quiero conocer tu habitación —Arvid dudó porque a su madre nunca le había gustado que metiera mujeres en casa, pero como Camila iba a ser su esposa, no rechazó la propuesta.
—Wow, qué bella es tu casa. De todas las mansiones que conozco, esta es la mejor.
Arvid no dijo nada, solo la guio hasta su habitación. Una vez dentro, Camila Bruce empezó a desnudarlo con rapidez.
—Espera.
—¡¿Qué?! ¿Qué pasa?
—La habitación de mi madre está al lado.
—¿Y? —lo jaló de la corbata y, sonriendo, murmuró—: ¿Crees que he venido a dormir nomás? ¡Me encantas!
Camila lo besó con ardua pasión. Arvid se dejó llevar y terminó enredado en las cobijas nuevamente con Camila Bruce.
Al día siguiente se levantaron algo tarde y bajaron tomados de la mano. Al verla, Marlín continuó comiendo.
Algo en su corazón le decía que esa mujer no era buena. No le había hecho nada, pero un no sé qué dentro de ella le anunciaba que tras esa cara bonita había un demonio escondido.
—Buenos días, suegris.
—¿Suegris? —sonrió—. Aún no eres la esposa de mi hijo. El hecho de que pases una o dos noches con él no quiere decir que seas mi nuera.
—Mamá —rugió Arvid.
Ignorando a su hijo, Marlín continuó.
—Las cosas podrían cambiar de un momento a otro. Mi hijo es muy joven, al igual que tú, y ambos podrían volver a ilusionarse con cualquier persona en un futuro. Por tal razón no te considero mi nuera. Consideraré nuera a la mujer que se case con mi hijo, tenga un hogar estable, me dé nietos y, sobre todo, que me caiga bien.
Camila presionó los dientes y suspiró, forzando una sonrisa.
—Pues nosotros nos vamos a casar muy pronto.
—El «muy pronto» como que se escucha cerca, pero en realidad está lejano, y sabes qué, no me da mucho gusto —Arvid movió la cabeza en negación ante la forma grosera en que su madre se dirigía a su novia.
—¿¡Qué!? Es la verdad. Hasta que no sea tu esposa legal no la consideraré mi nuera. Ahora me tengo que ir, nos vemos más tarde, cariño —Marlín se levantó y le plantó un beso a su hijo.
Una vez que Marlín desapareció del comedor, Arvid acotó.
—¡Discúlpala! Está algo frustrada porque no encuentra a la hija de su vieja amiga.
—No te preocupes, gordo. Ya tendremos tiempo de conocernos más. Yo sé que llegado su momento me adorará —fingió ser comprensiva mientras maldecía a Marlín en sus adentros: «Vieja estirada, aunque no te guste, seré la esposa de tu hijo, y cuando eso suceda veremos quién es quién».
Al ver que Arvid la contemplaba, sonrió, le dio un beso y luego se propuso a degustar del plato exquisito que se encontraba delante de ella.
Por otro lado, Kristhel Randall salió de casa junto a su amiga para dirigirse al colegio. Una vez finalizadas las clases, salió despavorida al trabajo. Esa era su rutina diaria.
Aquel hombre le había dado trabajo de medio tiempo; el sueldo era bueno y no podía darse el lujo de atrasarse. Pasaba trabajando hasta las ocho de la noche. Una vez terminado su turno, volvía a casa y, junto a su amiga, realizaban las tareas.
Mientras más tiempo pasaba ocupada, menos tiempo tenía de pensar en él. Aunque en los segundos o minutos que no hacía nada en el restaurante, más cuando veía a jóvenes enamorados ingresando a aquel local, el recuerdo de él volvía a aparecer.
Varios días después, Diego, el padre de Jared, se dirigió a su trabajo. Solía ir dos veces por semana a realizar el corte del jardín de la mansión Mehmet. Una vez que se encontraba organizando los implementos para empezar su labor, Marlín se acomodó en la redonda mesa que se encontraba en dicho lugar.
—¡Buenos días, señora Mehmet!
—¡Buenos días, Diego! ¿Qué tal tu día?
—Bien, señora.
Mientras Marlín y Diego emprendían una plática, Mauro, el detective amigo de Marlín, acababa de llegar. Marlín levantó la mano para que no ingresara a la casa y se dirigiera a donde se encontraba ella.
—¡Buenos días, Marlín!
—¡Buenos días, Mauro! Espero que estés aquí porque tienes noticias de mi ahijada.
—Claro que sí, por eso estoy aquí. Me dejaste más que claro que no me recibirás si no traía información, y hoy la tengo.
—Entonces habla, desembucha eso que tienes para decirme.
Editado: 26.02.2026