Marlín Brenes bajó rápidamente y salió rumbo al restaurante de Daniel Bruce. Este último contemplaba desde las cámaras, con una sonrisa de medio lado, los movimientos de Kristhel.
No había dejado de observarla desde que ingresó a trabajar. Había notado que aquella jovencita era una inútil: no sabía ni freír un huevo. Cada tarde y fin de semana era regañada por el chef o por cualquiera de los que estuvieran a cargo.
Definitivamente, ella no era la empleada que necesitaba en esa área. Se notaba que jamás se había parado frente a una cocina y que no sabía desenvolverse en lo absoluto. Soltó un profundo suspiro y agarró el teléfono.
—Merf.
—Dígame, señor.
—Puedes decirle a Kristhel Randall que suba a mi oficina.
—Ahora mismo, señor.
—¡Gracias!
La mujer caminó hasta la cocina, se paró en la puerta y desde ahí susurró.
—Kristhel, el señor Daniel quiere verte.
—Ok. Ya subo —dijo al tiempo que miró a Andrea—. Creo que el chef ya se quejó de nuevo. Me correrá.
Andrea acarició el cabello de Kris.
—Tranquila, quizás necesite tus papeles.
—Pero ya le dije que no los tenía, que todo se había quedado en Valleral cuando escapé de allí. Claro que él no sabe que soy una fugitiva de mi padre.
—No te preocupes, que tampoco lo sabrá. Ahora ve, que él puede ser tranquilo, pero detesta la espera.
Kris asintió, sacó el mandil y subió soltando un suspiro. Una vez frente a la oficina de Daniel, tocó suavemente la puerta y la voz agradable del hombre se escuchó.
—Adelante.
Pasando gruesa saliva y con sus manos tras la espalda, traqueteando sus delgados dedos, espetó.
—Señor, necesitaba verme.
—Sí, siéntate.
Kris caminó y se acomodó sobre la silla. Por todo su cuerpo recorría el temor de ser despedida; sus manos heladas eran la evidencia del nerviosismo que la invadía.
Mirándola fijamente sin pestañear un segundo, Daniel expresó.
—Han pasado varios días desde que llegaste a trabajar y, por lo que me he dado cuenta, no logras acoplarte.
—Señor…
Intentó hablar, pero Daniel la interrumpió.
—Puedes dejar de decirme «señor». Me haces sentir viejo. Apenas tengo veinticinco años. ¿Crees que es una edad para recibir ese título? —Kris negó—. Entonces llámame Daniel.
Ella sonrió.
—No podría llamarle de otra forma. Usted es mi jefe.
—Bueno, entonces como tu jefe que soy te ordeno que dejes de decirme «señor» y me llames Daniel.
Kris levantó los párpados y clavó su azulada mirada en los ojos miel de Daniel, logrando que el corazón de este se descontrolara.
—¿Me va a echar? —preguntó para cortar la mirada intensa.
—¿Quién dijo eso? —respondió al suspirar y dejar caer su espalda en el espaldar del asiento.
—Nadie. Solo deduje que lo haría por el desastre que soy al servir y cocinar.
Daniel soltó una sonrisa mostrando sus perfectos dientes.
—No es que seas un desastre, solo que ese trabajo no es para ti —se enderezó y habló serio—. Por ahora es lo que tengo y en lo que puedo trabajar. Apenas estoy terminando el colegio y mi carrera en la universidad está lejos —suspiró y suplicó con la mirada—. Por eso le pido que no me eche. Necesito el trabajo.
—No te voy a botar —Kris sonrió—. Pero te propondré otro trabajo, uno que sea más fácil para ti y, sobre todo, donde puedas ganar más dinero, así no tendrás que trabajar en la cocina que por lo visto es difícil para ti.
La sonrisa de Kristhel se esfumó. Ella solo había conocido un trabajo fácil y donde se ganaba bastante dinero, y eso era bailando o acostándose con hombres.
A su memoria llegó la propuesta de aquel tipo del centro nocturno, ese que le sacó un fajo de dinero para que, a cambio de sexo, se lo pagara.
Al pensar que su actual jefe le estaba proponiendo aquello, se levantó y refutó.
—Señor Bruce, si se va a atrever a proponerme cosas inapropiadas, mejor guárdeselas.
Daniel se quedó gélido al ver la reacción de Kris. No entendía por qué reaccionaba de esa forma si él aún no había dicho el tipo de trabajo que le ofrecería.
—No te vayas —pidió al verla levantarse—. Aún no te he dicho a qué trabajo me refiero.
—Pues no es necesario que lo haga. Ya me imagino a qué se refiere. Todos los hombres como usted siempre proponen lo mismo.
—¿Los hombres como yo? No comprendo a qué te refieres.
Al verla seria, se levantó y caminó hacia ella. Se paró a su lado provocando un nerviosismo incontrolable en Kris.
—Mi propuesta era que trabajes como mi asistente.
—¿Eso? —preguntó con el nudo en la garganta y muriendo de vergüenza.
—Sí —dijo al volver a su lugar—. Si eso es inapropiado, te pido disculpas.
Kristhel tragó grueso y volvió a sentarse. Suspiró y pidió disculpas por pensar que él era otro millonario que le gustaba aprovecharse de jóvenes como ella.
—¡Disculpe, señor! He pasado por unas cuantas cosas que mi mente no deja de reaccionar mal.
—Tranquila. Jamás he sido un hombre que se aprovecha de las necesidades ajenas.
Kris levantó la mirada, pues cada vez que terminaba de hablar clavaba la vista en el suelo o en cualquier parte en la que no estuviera él. Se arrepintió al pensar mal de un hombre que desde el día uno le brindó un trabajo y, sobre todo, de quien la mujer que la acogió en su casa siempre hablaba muy bien.
—Siento tanto haberle dicho eso. No debí…
—Ya olvídalo. Mejor respóndeme la pregunta. ¿Aceptas ser mi asistente?
Movió la cabeza.
—Sí.
—Bien. Ahora ve a tu casa y descansa. El lunes te presentas y empiezas a laborar como mi asistente personal. ¿Te parece bien?
—Señor, ¿seguro? Está lleno ahí abajo, podrían necesitarme.
Daniel sonrió en sus adentros; no pudo evitar que sus labios se curvaran en una sonrisa escondida.
—No lo creo. Hay muchas personas en la cocina. Créeme que ni sentirán que no estés.
—Mmmm, ya entiendo.
Editado: 26.02.2026