Le bastó verla para saber que no era Kristhel. Una vez que aquella muchacha se retiró, Marlín cuestionó.
—¿Trabaja aquí una joven llamada Kristhel Randall?
Daniel frunció el ceño.
—¿La conoces?
—Sí, Kris es mi ahijada y desde hace unos meses la estoy buscando. ¿Dónde está? ¿Necesito verla? Cariño… Esa joven es muy importante para mí.
—Tía, no sabía que la conocieras. Mucho menos que la estuvieras buscando. Ella dijo no tener a nadie.
—No tenías cómo saberlo, cariño. Y me da gusto que ella haya llegado a ti y no continuara en eso.
—¿En qué?
—Olvídalo, mejor llámala. Quiero verla.
—Kris acaba de irse.
—¿A dónde? ¡Por favor, Danielito, no te quedes callado! Dime, ¿dónde se fue?
—A su casa. Le di la tarde libre. Si hubiera sabido que existía un lazo entre ella y tú, la habría llevado a tu casa.
—Sé que hubieras hecho eso y mucho más. Ahora dime, ¿dónde vive? Necesito hablar con ella hoy mismo. No puedo seguir sin verla.
—Entiendo, tía.
Daniel llamó a Andrea y le pidió que acompañara a su tía Marlín para que viera a Kristhel.
—Señor…
—¿Qué sucede?
—Es que no puedo llevar a la señora sin antes avisarle a Kris.
—Escucha, yo soy la madrina de Kristhel. Ella me conoce y sé que me quiere como si yo fuera su madre. Al verme se pondrá feliz.
Andrea no sabía qué hacer. Hasta donde ella sabía, Kristhel estaba escapando de su padre, que quería asesinarla. ¿Y si esa mujer era enviada por Jacinto Stephens?
—Andrea, la verdad es que no hay razón para que Kristhel no quiera ver a mi tía. Ella es una buena mujer. Lleva a mi tía con Kristhel.
La mujer asintió, caminó hasta la cocina, se sacó el overol, luego salió y, junto a Marlín, subieron al auto.
Daniel, por su parte, se quedó sugestionado con lo que había sucedido. Volvió a su oficina pensando en por qué esa jovencita le había mentido. Ella le ocultó que conocía a su tía Marlín, aunque tampoco él mencionó que tenía una tía llamada Marlín.
…
Mauro manejaba el auto. De pronto vio a varios coches siguiéndoles, apretó los labios y, por consiguiente, el volante.
—Nos siguen, Marlín.
—Acelera.
Andrea frunció el ceño. Le asustó que esas personas estuvieran siendo perseguidas y, sobre todo, que aquella mujer que decía conocer a Kristhel pidiera que aceleraran. Antes de introducirse en el barrio humilde donde se encontraba Kristhel, el auto del esposo de Marlín les interceptó.
Bajó de ahí y les apuntó con el arma.
—Baja de ahí.
Marlín obedeció. Al estar fuera, Sergio la agarró del cabello y la volteó, poniendo el arma tras su espalda.
—¿Piensas escapar nuevamente?
—No… Sergio, solo voy por alguien.
—¿A quién puedes visitar en este lugar de mala muerte? Déjame adivinar: a ese infeliz pobre diablo del que estabas enamorada antes de casarte conmigo —Sergio Mehmet sonrió—. Ya te dije que no sales de casa sin mis hombres. Mucho menos pienses introducirte en ese barrio de pobretones. La señora de Mehmet no puede hacer tal cosa.
Seguido la giró y abrió la puerta del coche. Marlín miró con desprecio a su esposo; deseaba poder armarse de valor para tener la valentía de presionar el cuello de ese hombre que tanto daño le había hecho.
—Sube al auto —rugió empujándola hacia el interior.
Seguido se acercó a Mauro, quien tenía la mirada fija en el volante.
—Y tú, no quiero que vuelvas a sacar a mi esposa. La próxima vez descargaré todas las balas en esa maldita cabeza.
Sin esperar una respuesta, Sergio Mehmet subió al auto y se dirigió a casa junto a su esposa. Aquella lloraba en silencio al recordar que estuvo a minutos de estar frente a Kristhel y poder llevarla a casa.
—No sé qué tienes en la cabeza para venir a este lugar. Eres una maldita perra, Marlín. Tanto deseo tienes de estar con alguien… Yo te las puedo quitar —acarició las piernas de su esposa. Esta le sacó la mano y escupió.
—¡Me das asco!
Sergio la fulminó con la mirada.
Al llegar a la mansión Mehmet, Marlín bajó a toda prisa y corrió hasta el interior de la casa. Sergio la siguió. Al llegar al pie de las gradas, la detuvo presionándole la mano.
—¡Discúlpate ahora mismo!
—No lo haré. Mátame si quieres, pero nunca me disculparé. Desde el día que te revolcaste con mi hermanastra te perdí la admiración. La Marlín estúpida que hacía todo lo que decías se murió. Ve y dile a tu amante que se incline ante ti porque yo no lo haré. ¡Oh, Sergio! Te abandonó por otro cuando ya no le servías, ¿o es que se dio cuenta la porquería de hombre que eres?
Refutó logrando que la sangre de Sergio hirviera como lava de volcán. Sergio alzó la mano para abofetear a su esposa; sin embargo, cuando estaba por estrellarla, la potente voz de Arvid le detuvo, y por consiguiente el apretón de mano.
—No te atrevas a tocar a mi madre, o juro que olvidaré que eres mi padre.
Sergio bajó la mano y soltó el brazo de Marlín.
—Tu madre hizo algo inapropiado. Se fue junto a un hombre a un barrio de mala muerte.
Arvid miró a Marlín, luego volvió la mirada a su padre.
—Mi madre no es tu prisionera. Ella puede ir donde quiera y con quien quiera. Desde que volvimos no has hecho otra cosa que vigilar sus salidas, y ya estoy harto de que quieras hacer con su vida lo que se te da la gana.
—Es mi esposa y por tal razón debe comportarse como una señora. ¿Qué es eso de irse a meter con otro hombre a ese barrio de mala muerte? Pregúntale qué iba a hacer a ese lugar. Es más que obvio: iba a buscar al amante que tenía antes de casarse conmigo.
Arvid se acercó a su madre, la abrazó y le plantó un beso en la cabeza.
—Mi madre no es esa clase de mujer. Y de ser cierto, ¿quién eres tú, Sergio Mehmet, para hablar de amantes cuando fuiste el primero en fallar? ¿O es que ya se te olvidó por qué mi madre escapó de ti?
Sergio Mehmet presionó la copa que acababa de servirse y, con mucha furia, la posó en la mesa.
Editado: 26.02.2026