—Mi Kris, ¡qué grande y preciosa estás!
—Madrina, usted también está muy linda —tanto era la alegría de Marlín por haber encontrado a Kristhel, que expresaba su emoción en cada abrazo y palabra que salía de su boca.
—Señora Marlín, yo no sabía que Kristhel era su ahijada. De saberlo, la habría traído el mismo día que llegó a mi casa pidiendo asilo.
—Diego, te agradezco mucho por la ayuda que le brindaste a mi niña. Eres un gran hombre. Muchas gracias por todo.
—¿No me vas a presentar ante tu invitada? —Sergio Mehmet pegó la última inhalada al tabaco y botó la colilla al suelo; seguido la pisó y centró la mirada en aquella jovencita.
En cuanto Marlín lo miró, lo hizo con desprecio. Su estómago se hizo una bola al ver al bandido de su esposo observando de forma tan acechadora a Kris. Se despidió de Diego —este se retiró— y ella se dirigió a Kris.
—Ven, vamos adentro, cariño —pasó su brazo por los hombros de Kris y la invitó a que caminara junto a ella.
A pesar de que le pareció mala educación no presentarse, Kristhel continuó junto a su madrina. Mientras ellas pasaban, Sergio Mehmet las miró por encima del hombro. Cuando la adolescente lo miró, Sergio le guiñó un ojo y sonrió. Kris evadió la mirada y la centró en la enorme mansión delante de ella.
Una vez que pasaron por debajo de la enorme puerta y se encontraban en el interior de la casa, se quedó con la boca abierta. Todo ahí brillaba y estaba perfectamente ubicado en su lugar. El espacio era tan grande que cabían tres de su pequeña casa de Valleral solo en lo que era la sala. Ahora comprendía por qué Arvid se vio deslumbrado y no volvió a Valleral: todos los lujos le quemaron el cerebro que tenía, pensó para sí misma.
Mientras subían las gradas pensaba en él, en qué parte de la casa se encontraría, qué pasaría cuando lo tuviera enfrente. Hace meses atrás tenía claro lo que haría y le diría, y eso era lanzarse a sus brazos y gritar a los cuatro vientos cuánto lo amaba. Pero ahora… ahora ella ni siquiera había pensado en qué decir o hacer. Simplemente creía que jamás iba a suceder un reencuentro entre ellos. Fuerzas para buscarlo no tenía, no después que lo vio con otra. Si estaba en aquella mansión, era porque su madrina la había buscado; de lo contrario, ella seguiría viviendo en ese humilde lugar junto a su amiga y los padres de esta.
Marlín abrió la puerta de una habitación cercana a la de ella y a la de Arvid.
—Cariño, esta será tu habitación.
Mientras Marlín cerraba la puerta, Kris recorría la mirada. Sus ojos jamás habían visto una habitación tan grande como esa.
Sus pasos eran lentos y su mirada curiosa no se detenía en un solo lugar. Lentamente se fue girando y, al quedar de frente a su madrina, expresó:
—Madrina, no creo sentirme a gusto aquí. Si me das algo más chico, estaría bien.
—No hay algo más chico aquí, mi niña —la tomó de la mano y la llevó al vestidor. Estaba vacío, pero pronto lo llenaría de ropa para su ahijada—. Aquí puedes colocar tus prendas, zapatos, joyas, perfumes… todo lo que quieras.
—Pero no tengo nada de esas cosas. La poca ropa que cargo me entra en ese cajón.
Marlín sonrió, se acercó a ella, cruzó una parte de cabello de Kris y expresó:
—Por eso no te preocupes. Saldremos hoy mismo de compras.
—Madrina… no es necesario. No quiero que gastes dinero.
—¿Dinero? Por eso no te preocupes, que si no gasto yo, lo gastan las demás.
Kris no entendió lo que su madrina trataba de decir, pero no le dio importancia y continuó conociendo el baño. Este era casi del tamaño de la sala y comedor de su choza. Después de haber conocido el baño, volvieron a la cama y se sentaron sobre ella.
—Cuéntame, ¿cómo sucedieron las cosas?
A Kris le dolía revivir ese pasado. Ella en serio sufría cada noche cuando los gritos de su madre abarcaban su memoria, y esos disparos que la hicieron perder las esperanzas de volverse a reencontrar con su madre.
—Ella le pedía, le suplicaba que no la golpeara, y él la silenció con un disparo. Luego fueron muchos más —un nudo se formó en su garganta—. Con cada bala me perforó el corazón, madrina. Me acribilló y me obligó a vivir una vida desolada. Ese cerdo acabó con la vida de mi madre y al mismo tiempo con la mía.
Kris volvió a llorar, esta vez abrazada a su madrina, la mujer que consideraba como su segunda madre.
Dentro de media hora, Marlín salió junto a su ahijada y recorrieron las tiendas más importantes de Tuntaqui.
—Madrina, ¿no crees que es mucha ropa?
—Para nada, mi amor. Solo llevamos diez mudas, eso es muy poco.
Marlín continuó indicándole más prendas a Kris. Ella solo se alzaba de hombros y Marlín las lanzaba al canasto. Pasaron una noche agradable recorriendo varios almacenes de ropa, calzados y sin número de cosas más.
Al llegar a casa, las empleadas ayudaron a acomodar las cosas en su lugar. Marlín tomó las manos de Kristhel y se sentaron en la cama.
—Mi niña, debes colocar seguro en la puerta todas las noches. Como ves, hay muchas personas en esta casa y, aunque trabajan para nosotros, no las conocemos muy bien. Si tan solo llegas a escuchar algún ruido o cualquier cosa, me llamas. Estoy en la habitación de al lado, ¿sí, cariño?
Kris asintió.
—Algo muy importante: no te detengas jamás a hablar con ese hombre que se acercó apenas llegaste —cerró los ojos y suspiró—. No es de fiar. Sergio Mehmet es el enemigo número uno de tu… de Jacinto Stephens. Si tan solo llega a saber que eres hija de él, hará de todo para sacarte de aquí.
A Kristhel la embargó más el miedo, pues ella no sabía que el padre de Arvid era enemigo de su progenitor. Ahora no solo tenía que cuidarse de que su padre no la encontrara, también de que el padre de su exnovio no descubriera que era la hija de Stephens.
—Tranquila, que esto solo lo sabemos tú y yo. Ni Arvid ni nadie más puede enterarse. Mientras no lo digamos, no podrán saberlo.
Editado: 26.02.2026