Sin tener dominio de su propio cuerpo, Arvid fue girándose para verla marcharse. Cuando sus ojos quedaron ciegos de ella, miró a su madre.
—¿Me odia?
—No lo sé. Desde que llegó no he hecho otra cosa más que hacerla sentir cómoda. No hemos hablado de ese tema, pues no soy yo la que debía hablarlo, eres tú.
Arvid suspiró y volvió la mirada a la enorme mansión.
—Al parecer ella no quiere hablarme.
—Tiene razones suficientes para no hablarte, pero dale tiempo. Kristhel ha pasado por muchas cosas desde el día que su madre murió. Ella ha vivido aterrada durante todos estos meses. No te digo esto para que sientas pena o lástima por ella; si te lo digo es para que, al momento de hablar con ella, midas tus palabras y no te atrevas a lastimarla más de lo que ya la has lastimado.
—No he hecho nada…
—Arvid, mejor cállate y por una vez en tu vida razona. Sé que en ese tiempo solo eras un adolescente inmaduro, pero ahora eres un joven de veinte años y ya debes actuar como todo un hombre hecho y derecho. Hazte cargo de tus errores y afróntalos con valor. No digas que no has hecho nada para lastimar a esa niña, porque sí lo hiciste, aunque en tu hueco cerebro no lo creas, así fue.
Dicho eso, Marlín se fue. En cuanto a Arvid, se sentó un momento y, con la mirada clavada en la mesa de cristal, suspiró.
Algo dentro de él se removió y es que ni siquiera sabía por qué se sentía así: culpable y antipático.
Arvid Mehmet se levantó y salió de casa. De camino a la empresa no dejaba de pensar una y otra vez en el momento que estuvo frente a ella. Sin darse cuenta, una sonrisa tenía dibujada en su rostro.
El sonido de su teléfono le sacó del trance en el que se encontraba. Colocó los audífonos y contestó.
—¿Todo bien?
—Gordo, ¿no vienes a visitarme?
—Acabo de dejarte.
—Pero eso ya hace dos horas.
Arvid mordió su labio y espetó.
—Lo siento, pero no puedo ir ahora. Debo hacer unas cosas en la empresa. Al salir del trabajo paso por ti, ¿te parece?
Camila puso los ojos en blanco y, con voz tristona, colgó. Tras cerrar la llamada lanzó el teléfono contra la cama y bufó.
—¡Qué fue de las frutas que pedí! ¡Son unas inútiles! —le gritó a la empleada, la cual se estaba dando prisa, ya que conocía muy bien a la hija de su jefa y sabía que cuando estaba de malas no le importaba humillarla de tal forma.
Apenas habían pasado un minuto desde que les pidió la fruta y ya quería que estuviera lista. Siempre era así: solicitaba las cosas, medio probaba y dejaba ahí.
—¿Por qué ese genio? —preguntó al sentarse frente a ella.
—Arvid no tiene tiempo para mí. No sé si porque estoy coja es que he dejado de importarle, pero ya lleva varias semanas así. A decir verdad, desde que el idiota de Emir lo llevó a ese centro nocturno de putas, donde supongo se tiró alguna zorra.
—No creo que ese muchacho cambie a una mujer tan bella como tú por una ramera como las que se desnudan o bailan para tantos hombres.
—Ya no sé ni qué creer, mamá. Hay veces pienso que se aburrió de mí. Se dice que Arvid no solía tener una relación de meses, y soy la primera mujer con la cual ha durado más. ¿Será que se aburrió de mí?
Su madre sonrió.
—¡Qué cosas dices! ¿Cómo se va a aburrir? Apenas llevan cinco meses saliendo. Lo traes loquito.
Camila hizo una mueca.
—Tienes razón, yo no puedo pensar en eso. Arvid hace todo por mí —suspiró—. ¿Y si encontró a otra? ¿Y si se dio cuenta de que no me ama como pensaba?
Volvió la desconfianza.
—¿Qué es lo que hace o no hace que te tiene así?
—La noche que me quedé en su casa, él no quería intimidad. En su oficina igual, sacó excusas. Lo veo distraído, como si pensara en alguien.
—Recuerda que esa familia es muy conservadora. El abuelo de él obligó a su hija a casarse con ya sabes quién, nomás porque ella salía con un pobre diablo. Quizás esa mujer esté instigando para que él desista de casarse contigo por ser una simple modelo.
—¡No soy simple! —le lanzó el cojín y se quejó del dolor.
—Bueno, pero no estamos a la altura de ellos —suspiró—. Tu padre nos abandonó por alguien más joven.
—Sabes, mamita, la que no está al nivel de los Mehmet eres tú, porque yo sigo siendo la hija de Ricardo Bruce, y eso nadie me lo quita.
Camila se levantó, agarró las muletas y se fue a su habitación.
•••
Por otra parte, Kristhel se encontraba en su habitación con la mirada centrada en el tejado. Aunque ella no quisiera llorar, las lágrimas salían por sí solas. Retenerlas le era imposible. Por más que se esforzaba y se animaba a no llorar, eso era algo que no podía evitar. De por sí solas las lágrimas se desbordaban. Todo era por el dolor que sentía en su corazón: esa sensación horrible de pesadumbre, desconsuelo, aflicción, angustia, suplicio. Todo lo relacionado a un corazón roto.
Kristhel se había preparado mucho para el día que tuviera que enfrentar a Arvid. Se había imaginado corriendo a sus brazos y abordándolo con besos y caricias. Al menos eso era lo que pensaba hacer antes de enterarse de que él amaba a otra. Sin embargo, el día que lo vio en brazos de aquella mujer empezó a imaginar un enfrentamiento donde le lanzaba cachetadas hasta hacerlo recapacitar. Mas sin embargo, ahora que lo tuvo frente a ella no soportó ni cinco minutos cerca de él y terminó huyendo como una cobarde.
Pasó la tarde encerrada. En hora de almuerzo, Marlín le llevó una bandeja. Estuvieron hablando sobre el colegio y otras cosas más, pero no de Arvid.
Cuando la noche llegó, Kristhel se había dado una ducha y se preparaba para ir a la cama cuando tocaron la puerta.
—¿Quién?
—Cariño, ¿puedo pasar?
—Sí, madrina.
Caminó hasta la puerta. Seguido se acomodaron en la cama. Marlín tomó las manos de ella.
—Cariño, vine para que hablemos de Arvid.
—Madrina, no quiero hablar de él —se soltó y empezó a sacar las cobijas para meterse en la cama.
Editado: 26.02.2026