Al escuchar la voz de su novia, y sin desconectar el contacto visual, se fue alejando de Kristhel lentamente.
En cuanto a Camila, ver a Arvid tan cerca de otra mujer le hizo hervir la sangre. Asentando fuerte sus muletas, llegó hasta ellos. Al estar frente a Kris, la miró con desagrado; una especie de asco y repulsión se contrajo en su estómago.
—Tú… ¿tú qué haces aquí? —Kristhel limpió lo humedecido de su mejilla. Apenas logró respirar; un poco más y terminaba desmayada sobre el suelo o en los brazos de él.
—¿La conoces? —inquirió por la forma directa en la que Camila se dirigió a Kris.
—Sí, es la mugrienta del restaurante —Arvid frunció el ceño—. ¿Te acuerdas que te conté de una mesera que lanzó una bebida sobre mí? Pues es esta. ¿Qué hace esta mujer aquí? ¿Y por qué estás abrazado a ella?
—Kris… Kristhel es una vieja amiga.
A Kristhel se le terminó de romper el corazón. Aunque ya sabía que esa mujer era la actual novia y se suponía que jamás aceptaría delante de ella que en el pasado existió un romance entre ellos —el cual no fue tan importante para él—, le dolió escuchar que simplemente la consideró como una amiga.
Las palabras de Arvid fueron como navajas cortando en pedazos su piel. Sus labios temblaron ante el sollozo que retuvo, pues tenía ganas de lanzarse a llorar al suelo, pero cuando sintió las lágrimas invadir sus ojos dio media vuelta y, a pasos acelerados, se adentró en la mansión.
Confirmar que para él solo fue una amiga la terminó por matar.
En cuanto a Arvid, se quedó contemplándola partir. El nudo que se formó en su garganta le cortó la respiración.
—Gordo, explícame cómo es eso de que una mugrienta como esa es tu amiga —la forma grosera en la que Camila se volvió a dirigir a Kristhel molestó a Arvid.
—Camila, no vuelvas a llamarla así. Se llama Kristhel y no es ninguna mugrienta ni tales cosas como las que acabas de decir, ¿entendido? —rugió. Seguido caminó hasta la silla y se sentó, para luego sacar un tabaco y fumar.
—Perdón, no creí que te molestara tanto —caminó hasta él. Mientras lo hacía, Arvid la contemplaba.
—¿Por qué saliste? Tu pie no está nada bien.
—Dijiste que pasarías a visitarme —colocó la cartera sobre la silla y se acomodó en el regazo de él—. Te extrañé. No puedo pasar un día sin verte, gordo —a la espera de que él le dijera lo mismo, recostó su cabeza sobre el hombro; sin embargo, Arvid no pronunció ninguna palabra. Su memoria divagaba recordando el momento en que la tuvo tan cerca, que sus ojos lo hipnotizaron. Suspiró profundo con la mirada centrada en lo alto de la enorme mansión. Aquella luz que se encendió en esa habitación y que al minuto siguiente fue apagada le hizo deducir que era la de ella. Estaba al lado de la suya. Cerró los ojos y volvió a suspirar.
El silencio de Arvid y el vacío que sentía su cuerpo al no sentir las manos de él envolviéndola le hicieron apartarse del pecho de él para mirarlo fijamente. Cuando lo vio indiferente a lo que ella decía y, sobre todo, con la mirada perdida, le giró el rostro obligándolo a centrarla en ella.
—Gordo, ¿qué te pasa?
Regresando del trance, Arvid presionó la colilla del tabaco en el cenicero y refutó.
—Nada —ayudándola a levantarse y, por consiguiente, levantándose él, espetó—: Creo que deberías irte.
—Pero si acabo de llegar…
—Cami, estoy cansado. Mañana hay una reunión importante en la oficina y necesito dormir temprano.
—¿En serio es eso? ¿O es que ya no te gusta estar conmigo? ¿Es porque estoy coja, verdad? ¿O hay algo más que me estás ocultando?
—¡Qué cosas dices! —pasó la mano por su cabello y bajó la mirada—. No hay nada oculto. Ve a tu casa y descansa —aconsejó llevándola a sus brazos.
Qué diferente se sentía abrazar a Camila después de haber abrazado a Kristhel. Teniéndola en su pecho le besó la cabeza, pero su mirada seguía posada en la ventana oscura.
—Entonces, explícame ¿por qué de un tiempo para acá estás extraño? —Camila levantó el rostro y lo volvió a encontrar con la mirada hacia la casa. Arvid sintió la mirada de su novia puesta en él, suspiró y se apartó dejando un beso en los labios de ella.
—Ya te dije, Cami. Solo estoy cansado.
Camila posó sus manos en el pecho de Arvid, las fue subiendo hasta los hombros y las pasó tras el cuello. Seguido acercó sus labios y profundizó un beso, beso el cual Arvid se vio obligado a responder, porque de no hacerlo dejaría más evidencia de que sí pasaba algo dentro de él, y era esa puja que estaba sintiendo.
—Gordo —pronunció al soltar los labios de él—. Puedo quedarme y… —antes de que terminara la frase, fue interrumpida.
—Cami, hoy no —dijo al retirarse y pasarle la otra muleta.
—Está bien, ya veo que no quieres tenerme cerca —agarró la muleta, también su cartera y se propuso a marcharse. Dio dos pasos y se quejó al sentir dolor en el tobillo.
Arvid se acercó.
—Te acompañaré.
Camila entrecerró los ojos, pues ella había ido con las intenciones de quedarse a pasar la noche, pero al no haberlo conseguido usó medios bajos para lograrlo; sin embargo, tampoco había resultado.
Arvid la tomó en sus brazos y la llevó hasta el coche. Una vez que acomodó a Camila, ingresó a la mansión, sacó las llaves del auto. Antes de salir vio a su madre; esta movió la cabeza y, dejando un suspiro salir, pasó hasta la sala.
Arvid salió, subió al auto y se dirigió a casa de la madre de Camila. Al llegar ahí nuevamente la tomó en los brazos y así la llevó hasta la habitación de ella.
—¡Quédate conmigo! —le pidió al sostenerlo de la corbata y jalarlo hacia ella.
—Tu tobillo aún está lastimado —dijo al retirarle la mano y alejarse—. No deberías salir hasta que esté mejor; de lo contrario puede inflamarse y deberás someterte a una operación —Arvid se acercó a darle un beso. Seguido fue retrocediendo—. Nos vemos mañana, descansa —dicho eso salió.
Una vez cerrada la puerta, Camila lanzó una almohada que cayó en la puerta. Tras de eso llevó sus manos a la cabeza y erizó sus cabellos. Al segundo siguiente agarró una almohada y ahogó el grito en ella.
Editado: 26.02.2026