La Promesa Que Olvidó

Capítulo 17

Arvid podía sentir la mirada de ella centrada en él. Su pecho subió al momento que la vio de reojo y ella solo evadió la mirada.

En unos minutos se encontraban en la cima. Aquel cerro desde abajo se veía como si no tuviera espacio arriba; sin embargo, estando ahí se podía notar lo espacioso que era.

Quizás había una hectárea de terreno, pero repleto de distintos tipos de locales. Buscó un lugar para estacionar su coche. Al estacionarse apagó el auto y miró a Kris.

—¿Quieres acompañarme a dar una vuelta?

—¿Lo preguntas recién? —reprochó al mirarlo—. Me traes en contra de mi voluntad, como si entre tú y yo existiera una gran amistad, y déjame decirte que no la hay. No hay absolutamente nada —sus ojos ya picaban.

Ella se sacó el cinturón, salió del coche porque no soportaba un segundo más dentro con él, menos soportaba esa mirada penetrante que le lanzaba. Al salir del auto se quedó estupefacta. En serio que el lugar era maravilloso. Ella había visto este cerro cuando llegó, incluso ese enorme ángel que estaba al costado de su derecha, pero nunca pensó que un día estaría ahí, menos con él.

Arvid también salió del auto. Antes de colocar el seguro miró su teléfono, el cual vibraba en su bolsillo. Lo sacó y, al ver quién era, dejó el móvil dentro del coche.

Ni siquiera tenía conciencia de lo que hacía. Él solo se dejaba llevar por sus impulsos. Quería recuperar la confianza de Kristhel, necesitaba hablar con ella. No quería que continuara así, enojada y sin hablarle por el resto de la vida. Vivían en la misma casa; no podría soportar verla todos los días y que ella lo ignorara por completo.

Arvid se acercó a Kristhel, bajó su mirada a la mano de ella y apenas se dio cuenta de la pulsera que usaba. Tomó la mano provocando una descarga eléctrica en ella.

—¡No me toques! —susurró y se apartó—. Por favor, llévame a casa. No quiero estar aquí.

Volvió al auto, intentó abrir la puerta y, al momento de tocarla, empezó a sonar de forma alarmante.

Arvid no hizo por callarlo. Se acercó a Kristhel, tomó la mano de ella y la llevó hasta el mirador. Llegando ahí, ella se soltó de él.

—¿Ves los edificios más altos? —preguntó con una sonrisa—. Uno de ellos es el edificio Kemper, la empresa aeronáutica más grande de todo Estaquía —comentaba animado.

Mientras tanto, ella hacía un recorrido de la mirada por toda la ciudad. Era tan espaciosa y maravillosa que en su vida imaginó tener una vista tan espectacular como la que tenía en ese momento.

—Kris —pronunció y atrajo la mirada de ella—. Siento tanto haberte fallado. Soy consciente de que hice mal, que me equivoqué, que si hubiera ido por ti cuando cumplí los dieciocho, la tía Magda estaría viva.

Escuchar el nombre de su madre le trajo recuerdos del día que escuchó esos disparos. Sus ojos se iluminaron y, para disipar las lágrimas, parpadeó un par de veces.

—No quiero que estés enojada por el resto de la vida. Quiero que recuperemos lo que un día fuimos.

—¿Grandes amigos? —Arvid no supo qué decir. Él no sabía ni siquiera qué era lo que quería; sentía una puja en su interior—. No podemos volver a ser amigos, Arvid. Ya crecimos y cambiamos. De los niños que se divertían cada día y noche en esa humilde cabaña ya no queda nada —centró la mirada en la vista de la ciudad—. Y no es tu culpa que mi madre haya muerto. Fuera allá o aquí, ese hombre la encontraría y la asesinaría.

—No podemos estar enojados por siempre. No puedes pasar por mi costado y hacer de cuenta que nunca me conociste, cuando tú y yo tuvimos la mejor infancia y vivimos un amor muy hermoso —ella volvió la mirada a él.

—No estoy enojada, Arvid —succionó con dificultad—. Solo quiero mantener una distancia.

—¿Por qué? —se acercó más a ella—. Kris —suspiró grueso—. Quisiera explicarte cómo pasaron las cosas, pero ni yo mismo encuentro justificación —unos silenciosos segundos pasaron.

—Cuando llegamos a la ciudad, mi padre nos mantuvo cautivos, al menos a mamá. A mí me llevó al extranjero para que terminara los estudios. Cuando no le obedecía me amedrentaba con ella, pues ella se encontraba aquí, vigilada por los mismos de siempre. Como puedes darte cuenta, en casa no hay una línea telefónica. No podíamos ni comunicarnos. Más cuando volvía en vacaciones —levantó la mirada para ver si ella estaba mirándolo y sí, en él estaban puestos esos azules ojos que le cautivaban día tras día.

—Me fui olvidando de ti, de la tía, de la señora Aleana, incluso me olvidé de mi madre. Mi padre me llevaba a lugares para distraerme, los cuales me fueron gustando. Eran cosas mágicas, Kris, algo que en mi vida había imaginado conocer. No es justificación, lo sé. Fui muy débil y me dejé deslumbrar por Tuntaqui, por lo maravilloso que se vivía aquí y en otros países. Fui un cobarde… lo siento —volvió a decir mirándola a los ojos—. Solo bastaron sías, meses para que el dinero lograra cambiarme. Borró todo recuerdo de mi pasado y los sueños que tenía junto a ti.

Kristhel se quedó sin palabras. Ella no supo qué decir; simplemente pidió que la llevara a casa.

¿Qué podía decir?

No comprendía cómo el dinero podía cambiar y borrar momentos hermosos que vivió una persona.

Quizás ella también se hubiera deslumbrado si su papá hacía lo mismo que el de Arvid. No podía decir que no, pues ellos jamás tuvieron nada en ese pueblo; para de la noche a la mañana tenerlo todo era como un cambio abrupto.

De camino a casa el silencio perduraba.

Arvid no insistió más en quedarse, menos en disculparse. Le parecía que ya había hecho suficiente y que ella parecía no quererlo disculpar por su falta de valor.

Iba concentrado en el volante pensando en lo difícil que le sería la convivencia con ella ahí, porque, aunque él no quisiera asimilarlo, aún estaba ese sentimiento dentro de él.

Le bastó volverla a ver para saber que ella nunca salió de su corazón, pero dentro de su cabeza había un conflicto que lo estaba volviendo loco.




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