Esa noche, Kristhel se quedó a dormir en la habitación de su madrina. Cuando la alarma sonó, se dio un baño en la misma habitación.
Mientras ella se duchaba, Marlín fue por el uniforme que ayer le había comprado. Al ir de vuelta a la habitación se encontró con Arvid saliendo.
—¿Dónde vas tan temprano?
—¿Qué haces saliendo de la habitación de Kris a esta hora? —respondió con otra pregunta mientras miraba hacia el interior de la habitación—. ¿Kris… está enferma?
—No, ella está bien. Mejor dime, ¿dónde vas a esta hora?
—Tengo una reunión con uno de los abogados —Arvid escuchó la voz de Kris en la habitación de Marlín—. ¿Durmió contigo? —asintió, pero no dijo del porqué. Lo que menos quería era que su hijo buscara problemas; aún tenía las de perder.
—Estaba afligida. Creo que hablar contigo la dejó mal —Arvid suspiró—. Iré a dejarle el uniforme. Ella debe ir al colegio.
—¿Con quién se va?
—Con uno de los muchachos.
Arvid miró el reloj.
—Tengo tiempo para pasarla dejando. La espero abajo.
Marlín asintió, se adentró en la habitación y le entregó el uniforme a Kris. Una vez que ella estuvo lista, bajó. Encontró a Arvid parado en la puerta. Al hacer contacto con su mirada retuvo el aire.
—Estoy lista —Arvid frunció el ceño al momento que vio los ojos de Kris hinchados.
—¿Estuviste llorando toda la noche? —preguntó ya estando en el auto.
Ella movió la cabeza en negación.
—Te conozco, Kris. Cuando tus ojos amanecen así de chinos es porque lloraste toda la noche. Fueron muchas las veces que lo hiciste en Valleral —ella seguía en silencio; no quería hablar de ese tema. Solo de recordar ese momento le daban ganas de llorar—. Dime, ¿por qué llorabas?
—Por mamá —dijo con la voz quebrada—. La extraño —ya no pudo retener las lágrimas.
Los ojos de Arvid también se iluminaron. Hay veces le daban ganas de retroceder el tiempo y evitarle todo ese dolor a Kris.
Arvid aparcó unos metros más adelante, sacó su cinturón y la abrazó. Ella quiso rechazarlo, pero fuerza no le salió. Al sentir la calidez de los brazos de él rodeándola se hundió en su pecho.
—Kris —le plantó un beso en la cabeza—. Desearía poder calmar tu dolor —suspiró—. ¿Qué quieres que haga? Pídeme cualquier cosa y si está en mí realizarla, lo hago.
Ella se aferró más a él, sollozó sobre los brazos de él.
—Quisiera… —se apartó un poco para mirarlo—. Quisiera saber si ella fue enterrada, si tiene una tumba donde pueda visitarla —apretó los labios—. Puedes ayudarme con eso.
—Sí tiene una tumba —limpió con la yema del pulgar la humedad de las mejillas.
—¿Ya lo averiguaste? —asintió; estaban muy cerca—. Entonces llévame. Arvid, quiero ponerle una vela, sentarme a hablar con ella, quiero… —volvió a quebrarse, se aferró con fuerzas al cuerpo de él.
—No puedes ir —volvió a mirarlo—. Cuando fui a Valleral, la señora Aleana me dijo que tu papá había dejado varios hombres vigilando el pueblo.
—¡No es mi padre! ¿Fuiste a Valleral? —asintió.
—¿A qué?
Con la mirada clavada en las manos de Kris, dijo la verdad. No podía mentirle.
—Mi madre me obligó a que te diera la cara, que te dijera de frente que ya no te quería, para que olvidaras esa promesa porque eso jamás iba a suceder, ya que… —levantó la mirada— yo estaba saliendo con alguien más. Incluso tenía planes de boda. Cuando llegué encontré la cabaña cerrada. Fui donde la señora Aleana y ella me contó todo.
—¿Ella enterró a mamá? —Arvid negó.
—Fue él. La gente del pueblo exigió que se le entregara el cuerpo de tu madre, pero no lo hizo. Él se encargó de sepultarla —Kristhel apretó los puños; sus cortas uñas se clavaron en la palma de sus manos. Sentía tanto odio por ese hombre que lo único que quería era estudiar, graduarse, tener una profesión y un día cobrarle todas a Jacinto Stephens.
Horas más tarde, Jacinto se encontraba en el despacho con la mirada centrada en la fotografía de Kristhel, una de las tantas que encontró en aquella cabaña y terminó quedándose con todas. Pero de todas eligió una para tener en su escritorio y así deleitarse observando el rostro de la hermosa hija que Magdalena Randall le había dado, esa que no se cansaría de buscar hasta encontrar.
Cuando Jacinto Stephens soltó un suspiro, la puerta se abrió.
—¿En qué piensas, amor? —preguntó Clementina Russell.
«Cuando Clementina conoció a Stephens, se enamoró perdidamente de él. Sin embargo, el padre de este no le permitió vivir ese amor puesto que ella era una mujer mayor para su hijo y, sobre todo, ya era madre soltera, pues había enviudado muy joven.
El padre de Jacinto quería una mujer diferente para su hijo: alguien de su misma edad y, sobre todo, de su mismo círculo. No quería una mujer que ya era vivida.
Como su empresa se encontraba al borde de la quiebra, se le hizo oportuno casar a su hijo con Magdalena Randall, la hija de su mejor amigo. Con ello destrozó los planes de Jacinto y lo orilló a convertirse en el esposo de una mujer que no amaba.
Pocos días después de la boda, el padre de Jacinto murió de un infarto cuando su hijo querido le gritó en la cara cuánto lo odiaba y despreciaba. Lo culpaba de toda la desdicha que estaba pasando porque su Clemen —como él solía decirle— se había refugiado en los brazos de otro hombre porque él se casó con otra.
Muerto su padre, Jacinto tomó posesión de las empresas y empezó su plan. Hizo de la vida de Magdalena Randall un infierno; no se cansó de repetirle en su cara cuánto la aborrecía. Pero una noche, cuando Clementina no aceptó ser su amante como lo era de Sergio Mehmet, llegó a casa y tomó a Magda, la hizo su mujer y desde ese día la tomaba cuando quería.
Decía odiar a esa mujer, señalaba a su padre y a ella como los culpables de haber perdido a la mujer que amaba: a Magdalena por aceptar casarse sabiendo que amaba a otra, y a su padre por no permitirle vivir su amor con Clementina Russell.
Editado: 26.02.2026