La Promesa Que Olvidó

Capítulo 20

Soltando un suspiro, bramó.

—Arvid Mehmet, que sea la última vez que me tomas de esa forma.

Se oponía a subir. Él la tomó en sus brazos y la llevó al coche, encendió este y salió del estacionamiento del restaurante Bruce.

—¿Puedo saber qué hice para que estés así? ¿No quedamos en que retomaríamos…?

—¡No quedamos en nada! —replicó molesta—. Dije que lo intentaría, más nada. Pero después de lo que sucedió hoy no tengo ánimos de intentar mantener una plática contigo, menos amistad. Así que evita acercarte a mí, llevarme al instituto o venirme a buscar del trabajo, porque no lo necesito. Mejor preocúpate por tu novia, dedícale tiempo a ella.

Arvid suspiró.

—¿Y qué fue lo que pasó?

—No te lo diré —se giró dándole la espalda y centró la mirada en la vista exterior. La noche empezaba a caer.

—No es necesario que lo digas. Ya sé que tuviste una discusión con Camila.

—¿¡Discusión!? —lo miró y sonrió irónica. Estaba muy molesta y no se ocultó nada; le contó lo sucedido solo para que amarrara a esa loca y le pidiera que la dejara en paz—. Se lanzó contra mí. Ni siquiera la vi venir; cuando acordé estaba prendida de mis cabellos. No hubo tal discusión porque ni siquiera me permitió emitir una sola palabra —aún estando enojada se giró quedando frente a él—. Ella dice que soy una buscona, que te busco y que quiero apartarte de su lado. Y todo es porque has pasado estos días llevándome de un lado a otro y no le has dedicado tiempo a ella. No quiero tener problemas con tu novia, así que por favor evita continuar acercándote a mí. Mientras te mantengas lejos, ella no me atacará.

—No haré tal cosa —iba concentrado en el volante—. No me alejaré de ti.

No comprendía la obstinación de ese hombre.

—Pero yo sí. Hoy será la última vez que suba a un coche contigo y te dirija la palabra.

—No podemos romper nuestra amistad porque Camila lo quiere así —ella volvió a sonreír y, aunque no quería hablar, lo hizo; debía aclararle que la novia no estaba rompiendo nada, porque entre ellos no había ni siquiera una amistad.

—¿De qué amistad me hablas? Entre tú y yo no hay ninguna. Si un día la hubo, se acabó el mismo día que me declaraste tus “sentimientos” y le dimos paso al amor, el cual se te acabó apenas llegaste a esta ciudad. Ya no hay nada, Arvid: ni amistad, ni nada.

Detuvo el auto, sacó su cinturón de seguridad y salió. Ella se quedó estupefacta viendo cómo rodeaba el coche y abría la puerta de su lado.

—¿Qué vas a hacer? —sentía pánico de que la abandonara en medio de la oscuridad. Aún no llegaban a la ciudad; el restaurante ya había quedado atrás. Estaban a medio camino y si él la abandonaba ahí, ella no podría soportar caminar en la oscuridad.

Arvid le tomó de la mano y la sacó, la recostó al auto y afirmando su frente en ella espetó:

—Sí hay, sí hay un sentimiento aquí —ella tragó gruesa saliva—. Uno que no había muerto y lo despertaste cuando volviste a mí —le agarró la mano y la subió a su pecho—. Siente, escucha cómo late, y es por ti —le hablaba rozando los labios y expulsando grandes ráfagas de aliento—. Te quiero, Kris. Te quiero y no como amiga.

Se apartó y volvió a su asiento, asentó la cabeza en el volante y esperó hasta que ella ingresara.

Kris se había quedado gélida. Su corazón latía de forma rápida, sonaba como un tambor. Cerró los ojos y lentamente subió la mano a sus labios, pues aquel roce trajo consigo mil sensaciones.

En la mansión Mehmet, Camila se encontraba sentada en la sala a la espera de que Arvid llegara. Había pasado casi cuatro horas aburridas y sintiéndose como un bicho raro ante la mirada de Marlín. Cuando escuchó pasos acercándose se emocionó; sin embargo, cuando vio quién era, la decepción se reflejó en su rostro.

—Pero miren nada más a quién tenemos aquí: a mi querida nuera —sacó su esmoquin y lo acomodó sobre la cabecera del mueble.

Ella puso los ojos en blanco y forzó una sonrisa; al mismo tiempo habló con los dientes apretados.

—Señor Mehmet —Sergio se sentó al lado de ella y cuestionó al mismo tiempo que deslizaba la mano por los cabellos de Camila.

—Dime, Camilita, ¿qué te trae por aquí? ¿Viniste a visitar a tu papi querido? —al sentir las manos de Sergio rodar por su brazo y llegar a su muslo, Camila intentó pararse, pero él la detuvo del brazo y la forzó a sentarse—. ¿Qué pasa? ¿Ya no te gusta mi cercanía?

—Nunca me gustó su cercanía, señor Mehmet —Sergio soltó una carcajada; aquello le causó mucha gracia. Cuando paró de reír, musitó:

—Eso no decías hace años atrás —volvió a colocar la mano en los gruesos muslos de la joven y apretó la carne.

—¡No me toque! —rugió y sacó las manos de su futuro suegro que se encaminaban donde no debían.

Eso solo hizo molestar a Sergio Mehmet.

—¡Te toco cuando quiera! —resopló con los dientes ajustados. Sonriendo de medio lado volvió a deslizar la mano por las mejillas de Camila—. No te hagas la maria justa, mi Cami, porque recuerdo muy bien cómo solías pedirme más.

—Ya no soy esa niña y usted abusó cada vez que se le dio la gana. Si me sigue molestando me veré obligada a decirle a Arvid —Sergio volvió a soltar una carcajada. En serio que le causaba gracia lo que aquella mocosa estaba diciendo.

—¿Que abusé de ti? No seas estúpida. Jamás tocaría a ninguna mujer si no quisiera, al menos que me encante demasiado y se resista a ser mía. Pero tú… tú eras una mocosa que deseaba experimentar lo que escuchaba tras la puerta de la habitación de tu madre. Así que yo solo te di lo que buscabas, y bien que lo disfrutaste. Ahora no vengas a fingir que no te gustaba, porque eso ni tú misma te lo crees. Si no hubieras querido te habría soltado; tampoco es que me gustara cogerme a niñas inexpertas. Pero te paseabas delante de mí con prendas muy provocativas, y esas miradas, esos roces cuando me entregabas el café que tu madre preparaba… Todo eso eran señales de que querías que te cogiera. Y cuando me decidí a hacerlo, ni siquiera pusiste resistencia. Por mí puedes ir ahora mismo a decirle al idiota de mi hijo que primero pasaste por mis manos. Incluso podría señalarle cada parte de la debilidad de tu cuerpo —le apretó el rostro entre sus manos—. ¿Crees que después de saber que estuviste conmigo se casará contigo? —la soltó—. Yo lo dudo mucho. No pude criarlo, pero en estos años he aprendido a conocerlo muy bien. Arvid es igual a su abuelo: odia los secretos, las traiciones y carece de paciencia. Así que, mi adorada nuera, yo de ti pensaría dos veces antes de confesarle tan grande secreto… sexual que tuvimos tú y yo.




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