"A veces no estamos muertos, solo infinitamente heridos"
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Ver a William con Deborah en brazos me causó un fuerte dolor en el pecho, mi corazón se rompió en mil pedazos como un cristal que se quiebra al tocar el suelo. Las lágrimas escocieron en mis ojos cuando lo escuché pronunciar su declaración hacia los periodistas.
«Es la mujer que amo», acababa de decir sin temor ninguno.
Yo había creído ganar cuando se separaron, pero ni siquiera la distancia más grande podría llegar a hacerme feliz, no cuando William miraba a Deborah como si fuera única. Siempre había ansiado su mirada, su amor, su corazón, pero se lo había entregado a otra mujer y no podía hacer nada para impedirlo, sus ojos no podían verme y ahora comprendía que jamás lo harían.
—¿Y qué hay de su compromiso con Lady Susan Calet? —inquirió un periodista atacando nuevamente en dirección a William.
Se hizo un silencio de repente y todos quedaron expectantes a la respuesta, pero esta no salió de los labios del rey, sino de los míos.
—Fue roto —Las palabras dolieron en mi garganta, la cual parecía arder—. No era nuestra voluntad. —El dolor desgarraba cada fibra interna de mi ser.
Los periodistas se lanzaron hacia mí, cosa que aprovecharon William y Deborah para escapar mientras yo los miraba, quieta, desde mi posición. Cuando ellos estuvieron en su auto, yo me dirigí al mío con ayuda de Gerald, quien apartó como pudo a los reporteros de mi camino, mientras luchaban por alcanzarme, pero incluso si lo hicieran, no estaba dispuesta a responder. Sabía que lo que acababa de hacer iba a desatar una tormenta, pero no podía seguir anclando a William a mí, lo quería demasiado para hacerlo sufrir.
—¿Susan, estás bien? —inquirió Gerald cuando puso el auto en marcha. Sabía que me estaba mirándome desde el espejo retrovisor, siempre lo hacía.
Pero no respondí, no miré hacia él. No podía hablar cuando mi garganta estaba destrozada por el llanto que contenía mientras mis mejillas estaban llenas de lágrimas.
Mi teléfono comenzó a sonar y al sacarlo del bolso vi que era mi padre, de seguro ya lo sabía.
—Susan, te quiero de vuelta de inmediato —dijo mi padre nada más contesté. Sus palabras estremecieron todo mi cuerpo. Abrí los labios para contestar, pero los volví a cerrar y colgué.
¿Qué podría decir que justificara mis acciones? Nada, no había absolutamente nada que pudiera decir.
—Susan, ¿quieres que te lleve lejos de aquí? —preguntó Gerald con tono de preocupación.
Me encantaría escaparme de Frionia, huir de las responsabilidades con mi familia, de los enfrentamiento, pero no podía.
—No, solo llévame a casa —respondí negando con la cabeza, fue el único momento en que miré a Gerald a través del retrovisor mientras una lágrima recorría mi mejilla.
Él me devolvió la mirada como si comprendiera todo lo que suscitaba en mi interior. Enseguida retiré la mirada hacia la ventana.
Me mantuve el resto del viaje en silencio mientras en mi mente se repetían las escenas de mi declaración y de William sosteniendo a Deborah en brazos.
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Al llegar a casa la señora Luisa me indicó que mi padre me esperaba en su despacho. Subí las escaleras que conducían hasta el despacho, que pronto sería un campo de batalla. Antes de llegar a la estancia me encontré con mi hermana.
Ella me ofreció una sonrisa de medio lado antes de caminar hacia mí como si disfrutaba todo lo que estaba sucediendo.
—Felicidades, hermanita, tu misma cavaste tu tumba —dijo al llegar a mi lado. Su mirada era maliciosa, pero también dejaba en claro que se sentía ganadora.
Nunca comprendería por qué me odiaba tanto, por qué se alegraba tanto de mi desgracia y dolor. Jamás le había hecho nada, ni a ella ni a mis padres, solo había tratado de ser un orgullo para mi familia.
Me zafé del agarre de mi hermana y continué mi camino. No quería gastar mis energías con ella, dentro de pocos segundos las gastaría con mi padre.
Toqué la puerta de su despacho y cuando me dio permiso, entré. En el interior se encontraba mi papá sentado en su puesto y a su lado mi madre. La pareja perfecta, una de las familias más poderosas de Frionia.
—Susan, ¿qué significa que el compromiso está roto? —inquirió papá. No gritaba, pero su voz era como una espada afilada—. ¿Quién rompió el compromiso? Porque yo no he firmado, ni he dado mi palabra.
Abrí los labios para hablar, pero de nuevo silencio. Sabía que aquel momento llegaría, pero no me había preparado para él.
—Papá... —logré articular, después de varios intentos—. Papá, William... Él no me ama... Y yo...
—¿Acaso crees que tus antepasados construyeron este imperio con amor? —intervino mi madre de repente. Su mirada era tan severa como la de mi padre, o tal vez peor—. No, hija mía, lo hicimos a través del poder. Ibas a ser reina de Frionia y lo dejaste ir.
—¿Qué iba a hacer si él mismo habló frente a los reporteros?
—Lo hubieras negado. Hubieras dicho que era una mentira. Lo hubieras amenazado. Cualquier cosa, menos ceder ante él —respondió mi padre poniéndose en pie.
Todos veían a mi papá como un buen hombre, generoso con sus empleados, pero la realidad era que mi padre era un hombre muy ambicioso, capaz de hacer cualquier cosa por lograr sus objetivos.
Miré a mi padre y a mi madre, tan ambiciosos, tan capaces de llegar hasta las últimas consecuencias. Yo no quería ser como ellos, no era una persona malvada, pero sus miradas de decepción me dejaban desoladas, con vacío en el pecho.
—Yo solo quería ser justa —susurré.
—Susan, la justicia no existe. Solo existe la ley del más fuerte —respondió mi madre mirándome como una tonta.
No lo era, conocía las consecuencias de mis actos y las repetiría, porque no quería que la maldad estuviera en mí.
—¡Yo no quiero ser cómo ustedes!
Mi mayor terror era ser ellos. Que no me importara pasar por encima de nadie para lograr mis objetivos.