La prometida

Capítulo 2

Los trámites aduanales fueron muy rápidos, pues al ser la prometida del príncipe tenía prioridad. Cuando salimos del aeropuerto, ya había un auto negro esperando fuera con otros cuatro del mismo estilo.

Antes de que pudiera dar mi primer vistazo cercano a Amara, los flashes de las cámaras llenaron todo mientras los guardias, allí presentes, controlaban la situación. Tal vez Jazrera estuviera a miles de kilómetros de Frionia, pero habían cosas que no cambiaban en ningún país.

Mejoré mi postura enseguida y mi expresión serena. Quería que todos supieran que era la futura princesa de Jazrera.

—Lady Calet, suba a este auto —indicó la señora Smith mientras un hombre con un uniforme verde, similar al de la tripulación del jet, me abría la puerta de uno de los autos.

Dirigí una mirada hacia Gerald, quien enseguida tomó mi mano y me ayudó.

—Tú vienes conmigo —indiqué cuando estuve dentro del auto.

Gerald me miró con ojos como platos, antes de asentir y subir junto a mí. La puerta tras él se cerró.

Un chiflido proveniente de Gerald inundó la parte trasera del auto, mientras sus ojos recorrían el interior del auto. Yo también me permití observarlo. El interior era de un color café claro, presentaba un separador entre la parte delantera y trasera y una pequeña tele sobresalía de los asientos de la parte delantera.

—¿Qué fue todo eso de antes, Mimada? —inquirió Gerald fruciendo el ceño de ese modo tan especial que tenía, y le dediqué una mirada confusa—. Lo de ponerte en modo reina o algo así —explicó en tono burlón.

—Quiero que todos sepan quién soy —respondí con seriedad—. Todos los periódicos deben hablar de mi llegada.

—Entonces no era necesario que te pusieras como una tabla. Con el ropaje del siglo XV que llevas, es más que suficiente —respondió bajando la mirada hacia mi vestido.

Yo también lo hice mientras me fijaba en el vestido que llevaba. Era de color azul —odiaba ese color—, presentaba un estampado de flores horribles, con unas mangas de farol cortas de satín. El vestido en sí era espantoso para mi gusto, pero jamás lo admitiría, así que levanté mi mirada hacia Gerald mientras mis ojos lo asesinaban.

—Gerald, debemos dejar de comportarnos como niños —dije finalmente. Ya era el momento de dejar los infantilismos atrás. No era posible que siguieramos siendo así—. Seré la princesa de Jazrera y aunque no te guste, es lo que quiero en mi vida —añadí sin alzar la voz, pero en un tono serio, que hizo que toda burla desapareciera del rostro de Gerald.

—Susan...

—He perdido demasiado y no estoy dispuesta a perder nuevamente —repliqué interrumpiendo sus palabras—. Solo te pido que de ahora en adelante te comportes como mi guardia y dejemos las bromas atrás.

Gerald se quedó quieto mirándome con una expresión indesifrable. Pasaron los segundos y no habían indicios de que fuera a responder, así que me dispuse a decir algo, pero las palabras se atragantaron en mi boca cuando Gerald tomó una de mis manos. Seguidamente la llevó hasta sus labios para dejar un suave beso en el dorso.

A continuación alzó la mirada hacia mí, mientras dejaba con delicadeza mi mano. Sus ojos, eran demasiado parecidos a los que había tenido el día en que mi padre le había pedido que fuese mi guardia, en ellos había una seriedad infinita, pero también había solemnidad y fuerza.

—No se preocupe, Lady Calet, a partir de ahora me comportaré —respondió finalmente y fue un momento demasiado extraño, como si al volver al formalismo, algo se quebrara entre los dos.

Mi mente y mi corazón me gritaron que me retractara de mis palabras, pero me negué. Siempre había querido tenerlo todo, pero no era posible y tenía que renunciar a Gerald si quería conseguir mi objetivo.

No volvimos a hablar durante todo el camino y por un momento me arrepentí de lo que había pedido. Abrí los labios varias veces con la intención de retractarme, pero finalmente, decidí no decir nada. No me arrepentiría, no retrocedería en mis palabras.

Fijé mi vista en la ventana mientras intentaba no pensar en lo que había sucedido, la ciudad presentaba un estilo mayormente antiguo con edificios llenos de ornamentos y detalles.

El palacio nos recibió con una gran reja que al pasarla reveló un jardín inmenso, parecía que era casi un kilómetro de distancia la que ocupaba el jardín de un inmenso colorido. El auto finalmente llegó hasta el palacio, una construcción antigua, construido con piedra y con ventanales de madera y cristal.

Cuando el auto se detuvo, Gerald descendió y antes de que el chófer abriese mi lado del auto, él lo hizo y extendió su mano hacia mí. Lo miré un segundo y finalmente acepté su ayuda para salir del auto. Gerald había sido mi guardia desde hacía mucho tiempo, pero cuando acepté su ayuda en esta ocasión, un peso se ciñó sobre mí.

«Olvidate de eso», me dije mientras salía del auto.

Fuera del palacio me esperaba un hombre de unos cuarenta o cincuenta años, de cabellos cobrizos, ojos almendrados y una estatura estándar. Llevaba un traje de color azul oscuro, junto a él se encontraba una mujer con cabellos rubios, ojos verdes; ella vestía un traje color perlado que llegaba hasta un poco más abajo de la rodilla. El último era un joven de una edad cercana a la mía o así parecía, que tenía el cabello pelirrojo, ojos de un color ambarino y llevaba un traje azul claro. A su lado habían varios guardias vestidos con uniforme de un verde más oscuro que los anteriores.

La señora Smith se acercó a mí mientras caminábamos hacia la familia real.

—Debe hacer una reverencia frente a sus majestades —susurró a mi lado—. Cómo debe intuir, la pareja son el rey Elord y la reina Leyan, y junto a ellos, el príncipe Kerrim.

Ya lo había intuido, pero estaba agradecida de saber los nombres de los reyes.

Cuando estuve finalmente frente a ellos hice una reverencia.

—Majestades, Alteza, es un placer para mí estar en su país —dije cuando me incorporé.




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