La prometida

Capítulo 3

El sonido de un dulce cantar hizo que abriera los ojos. Mi mirada se entró con la puerta de cristal que daba hacia a mi balcón. Fuera el sol ya había salido y un olor a salitre se colaba junto a la brisa del mar. En el balcón un ave cantaba una dulce melodía. Me reincorporé lentamente mientras me estiraba, parecía que hubiese dormido torcida por toda la noche.

Me levanté de la cama para dirigirme al balcón y ver el paise. Con los primeros rayos del día era más hermoso que la tarde anterior. A pesar del pijama tan abrigadora que llevaba, el frío se coló un poco a través de mis manos. Ya quedaba poco para que la primavera llegara, sin embargo, el frío aún dominaba la mañana.

Oí la puerta de la habitación abrirse, lo que me puso alerta. Al darme la vuelta me encontré con una de las criadas que habían destinado para mí.

—Buenos días, Lady Calet —dijo la mujer haciendo una reverencia cuando entré en la habitación—. Vine ayudarla a arreglarse para el desayuno.

¿Ayudarme? No estaba acostumbrada a que alguien me ayudase. Solo pedía ayuda cuando había eventos especiales.

—Gracias, pero no es necesario —respondí negando con la cabeza.

—Pero...

—Iré a asearme. Puedes marcharte —interrumpí dedicándole una mirada que era una orden directa.

Finalmente, la criada se dió por vencida. Hizo una reverencia y se marchó de la habitación.

Comprendía que en Jazrera estuviera acostumbrado a que las doncellas hicieran todo por ellas, pero yo no lo necesitaba. Siempre había sido independiente y pretendía seguir siendolo.

Después de darme un baño rápido, me puse una pantaloneta morado y un abrigo negro con algunos vuelos. A continuación, peiné mi cabello para organizarlo. Mi pelo era casi lacio, no obstante, de vez en cuando, aquello parecía olvidarlo y se levantaba en rebeldía.

La puerta de la había sonó con dos toques quedos.

—Adelante —concedí.

—Lady Calet —apareció Gérard haciendo una reverencia.

Verlo así me pelliscaba el corazón, aunque era lo que quería, era lo que le había pedido que hiciera. Cerré los ojos tratando de controlarme, aún faltaba un largo camino para lograr ser quién me había prometido.

—¿Dormiste bien? —inquirí tratando que mi voz fuera indiferente.

—Sí, milady —respondió él con el mismo tono distante.

«No pienses»

—Bien, bajemos a desayunar —dije tomando mi teléfono.

Gérard se hizo a un lado mientras abría la puerta para dejarme pasar.

Caminé por los pasillos del palacio mientras miraba todo a mi alrededor para asegurarme que iba en el camino correcto hacia la segunda planta. Finalmente llegué al recibidor de la segunda planta.

—El comedor está hacia el ala este —indicó Gérard señalándome un pasillo.

—¿Cómo lo sabes? —inquirí girandome hacia él sorprendida.

—Lo investigué ayer —respondí con una sonrisa de medio lado—. Si quiere más información puedo facilitarsela —añadió con un tono un tanto arrogante.

—Por ahora no, listillo —respondí antes de seguir el camino que él me había indicado. Odiaba cuando se ponía en su fase: "Me las sé todas"

Finalmente llegué al comedor. Un salón bastante amplio que contenía algunos cuadros con pinturas de paisajes. Algunos eran más parecidos a los de Frionia, mientras que otros era totalmente desconocidos. Una mesa de madera adornaba el centro del salón con unas doce sillas. El rey ya se encontraba a la cabecera de la mesa mientras que la reina y el príncipe estaban cada uno a sus lados.

—Majestades —saludé haciendo una reverencia.

—Buenos días, Susan —saludó el rey con una sonrisa— ¿Durmió bien?

—Sí, muy bien, majestad —respondí con un sonrisa.

La verdad me había costado un poco quedarme dormida. En momentos miraba el techo de la habitación y todo lo ocurrido en los últimos días venía a mi mente. Pensaba en mi familia y en no decepcionarlos. Pero finalmente todas las preocupaciones se habían marchado y el sueño me había invadido.

El rey, complacido con mi respuesta, me indicó que tomara asiento junto al príncipe Kerrim. Quien me ofreció una sonrisa cuando me senté.

Los criados comenzaron a servir el desayuno, algunos platillos los conocía y otros para nada.

—Deberías probar la Terranova —sugirió el príncipe alcanzandome lo que parecía una tostada.

—Gracias —respondí antes de tomarla y probarla. Tenía un sabor extraño, pero estaba delicioso— Está muy bueno —comenté pues el príncipe me miraba una respuesta y pareció satisfecho con mis palabras.

Continuamos desayunando, aunque para nada fue incómodo. La reina de vez en cuando me preguntaba por Frionia y yo le contestaba acerca de mi país que parecía no tener nada que ver con Jazrera.

—¿Le gustaría dar una vuelta por el palacio? —inquirió el príncipe Kerrim cuando el desayuno terminaba.

—Sí, me encantaría —respondí con un asentimiento.

Todo parecía tan antiguo que llamaba la atención. Era imposible no sentir la necesidad de recorrer aquel lugar. ¿Habría pasadisos o algún secreto escondido?

—Pasaré por usted a su habitación en una hora —añadió el príncipe antes de ponerse en pie.

A continuación, rodeó la mesa para darle un beso a su madre en la mejilla y una palmadita en el hombro de su padre. Aquello me recordó a mi familia. Nunca habíamos tenido tanta expontaneidad como los monarcas de Jazrera. Todo era tan cálido con ellos, que al recordar mis desayunos familiares, solo podía ver una capa fría de hielo entre todos.

—Con permiso, majestades —dije poniéndome en pie para hacer una reverencia—. Me retiro a mi habitación.

—Claro, querida —respondió la reina—. Por cierto, no tienes que informarnos de lo que haces en el palacio. Incluso puedes visitar la ciudad siempre que seas precavida.

—Muy bien, majestad —respondí antes de marcharme.

Era tan extraño tener la libertad de ir a cualquier lugar estando en un palacio. Incluso cuando estaba en casa, debía informar a mi padre a dónde y con quién iba a cada lugar.




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