La prometida del vampiro

2.2

No exagero. Eso es exactamente lo que hace, y con una mordacidad tal que se me hielan las entrañas. Casi se cubren de hielo.

¡Brrr...!

Al mismo tiempo, surge un pensamiento: «¿No habré soltado eso en voz alta para que haya reaccionado tan rápido?»

Parece que no...

Galia, que camina a mi lado, sigue contando lo suyo sin parar, y Sokalski... Ya deja de taladrarme con la mirada. Ahora solo veo su cabello ondulado.

—Yana, perdóname por esta franqueza tan descarada, pero tienes una pinta terrible, y estás pálida como si no hubieras salido de un sótano en un mes. Deberías tomar vitaminas o al menos comer hematógeno con el café, en lugar de esas barritas fitness —dice ella.

—El hematógeno es un asco —suelto una risita, haciendo una mueca—. Solo de pensar de qué lo hacen, me da repelús.

—Ahí no se nota la sangre —chasquea la lengua, y nos encontramos cerca de Sokalski, a quien saludamos.

Él responde lo mismo y se marcha bruscamente: va hacia las escaleras sin apartar el teléfono de la oreja.

Le miro la espalda, concretamente cómo ondea su gabardina oscura. En un instante el hombre desaparece tras la puerta. Me vuelvo hacia Galia, que ya sigue hablando:

—Hemos empezado a hablar de sangre y se me ha antojado morcilla. Ahora voy a aullar por ella. Tengo la boca llena de saliva... Y si a esa morcilla le añades un borsch bien cargado y espeso, de esos en los que la cuchara se queda de pie... Con crema agria, cebolla, tocino... Yana, ahora tengo hambre.

Pongo los ojos en blanco. La típica Galia. No cambiará. Siempre tiene dos temas: o habla de los hombres con los que se acostaría encantada, o de comida.

El ascensor llega y abre las puertas. Entramos; pulso el décimo piso y respondo:

—Trabajo en el reino del hambre. Tú siempre quieres comer porque no te sacias nunca, e Ilona, que está continuamente a dieta.

—Bueno, yo no tengo la culpa de tener un organismo que gasta tanta energía —se arregla ella su largo cabello castaño claro, cortado a capas—. Además, por mí no dirías que soy un pajarito tan glotón.

—Ajá —examino mi reflejo en el espejo del ascensor.

Galia tiene razón: tengo la piel pálida. Ni el maquillaje ayuda. Y bajo los ojos tengo unas ojeras que parecen bolsas. ¡Y no bolsas, ciruelas!

En casa, en el espejo, me veía mejor...

Ay...

Seguramente tendré que pasar por una tienda de cosméticos después del trabajo y comprar alguna mascarilla de tela con extracto de aloe para mejorar un poco la situación. Aunque probablemente ni la baba del culo de un caracol mágico ni los mocos de un unicornio de colores me ayudarían. Es lo mismo que darle a un muerto una infusión de manzanilla para que resucite.

Me doy la vuelta para no verme y me encuentro con la mirada de Galia, que me desconcierta.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

—¿Has cambiado de perfume? —frunce el ceño.

—No —niego—. ¿Por qué? ¿Huelo mal?

Empiezo a olisquearme nerviosamente, e intento recordar si esta mañana no me olvidé de ponerme desodorante.

—No, mal no —niega ella y se acerca más. Aspira el aire por la nariz—. Es solo que se notan unas notas inusuales...

—¿Cuáles?

—No lo sé, pero antes no las había. Algo entre hierba recién cortada y asfalto mojado.

—Galia, me estás asustando —digo, mientras intento imaginarme ese olor, lo cual es bastante difícil—. Tu nariz... Solo falta que digas a qué huele una piedra o la arena.

—No me dedico a oler piedras —replica y da su versión del extraño olor—. Quizás te sentaste cerca de alguien en el metro y se te pegó el olor.

—Seguramente —asiento con la cabeza, y el ascensor nos lleva al piso deseado.

Salimos y nos encontramos en la oficina.

En recepción ya está trabajando Alina, que habla por teléfono y, poniendo los ojos en blanco con disgusto, escucha algo. La saludamos y seguimos por el pasillo hasta nuestro despacho, que compartimos las tres, lo cual es muy cómodo.

Cuando llegamos a nuestro lugar de trabajo, Ilona ya está allí. Riega las violetas, que ahora florecen abundantemente, alegrando la vista con flores azules y moradas.

—Hola —nos saluda la chica, volviéndose hacia nosotras y cerrando una botella de agua.

—¿Qué dieta te toca esta semana? —le suelta Galia en lugar de saludar.

Ilona aprieta los labios y la botella, que cruje, y sus ojos azules destellan con rabia, mientras que Galia, que se quita su gabardina color oliva y la cuelga, sonríe y le lanza miradas juguetonas con sus ojos de color marrón claro.

Quizás me lo invento y veo lo que no hay, pero entre Galia e Ilona hay una especie de relación: una química extraña. No se las puede llamar enemigas, pero su trato mutuo se puede equiparar al de un perro y un gato que se han criado juntos desde pequeños, pero a los que a veces se les despiertan los instintos.

Galia, que hoy en lugar de decir «hola» empieza a «ladrarle» a Ilona, quien por su parte le «bufa» como una gata.



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En el texto hay: fantasia, vampiros, amor

Editado: 13.02.2026

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