La prometida del vampiro

3.2

No controlo mi reacción, que hace conmigo lo que quiere. Me abre la boca.

Ahora mismo, desde fuera, seguramente parezco un pajarito hambriento que ha visto a sus padres con un gusano en el pico. No doy crédito a lo que acaba de pronunciar.

¿Confesarle que el artículo es mío?

¿Para qué?

Pero ¿cómo se ha enterado?

¿Es que ha aprendido a meterse en la cabeza y leer los pensamientos?

No sé en qué es un experto Sokalski, pero ahora se me clava con sus ojos... Una mirada análoga a la de esta mañana. Pero ahora es más fuerte.

No la aguanto y huyo de ella. Bajo los ojos más abajo: al cuello de su camisa, negra como el carbón. Por fin cierro la boca.

Siento el pánico, que se desploma sobre mí. Hasta me tambaleo. El pulso se acelera.

¡Maldita sea!

¡Pero qué zorro es! ¡Te roba la gallina en tus propias narices!

Adrede empezó el diálogo desde lejos. Preguntó mi opinión y luego soltó la suya.

A propósito expresó solo lo malo, parte de lo cual está sacado de la manga. ¡Y todo para provocarme emociones!

Lo ha conseguido de maravilla.

Y yo he picado el anzuelo sin pensar.

Pero...

La pregunta sigue siendo la misma.

¿Cómo se enteró? Si no hay ninguna conexión...

Levanto la cabeza, encontrándome con sus pupilas de ágata, grandes y ligeramente dilatadas, en las que veo mi reflejo.

Por desgracia, llevo la respuesta escrita en la cara. Grabada en la frente. No hace falta ni preguntar.

—¿Agua? —ofrece él, tendiéndome el vaso con ella.

Desvío la mirada hacia el líquido. Lo ha llenado casi hasta el borde.

—Gracias, pero no —lleno los pulmones de aire—. ¿Y qué...?

—Pues a mí me parece que necesita beber. Usted, Yana, se ha puesto muy nerviosa —Sokalski acerca el vaso.

—No quiero —me vuelvo a sentar en el sofá, porque es la única opción para aumentar la distancia entre nosotros.

Ahora lo miro de abajo arriba, y él... solo baja la cabeza hacia mí. Los mechones que se había colocado tras las orejas se sueltan. De nuevo le tapan el rostro, en el que no hay emoción alguna.

—No la voy a obligar —dice él—. ¿Y en cuanto al artículo? ¿Es suyo, Yana? ¿Verdad?

—No es mío —disparo la negación, cruzándome de brazos y apoyándome en el respaldo del sofá. En el momento en que lo toco, los labios me arden con nueva fuerza.

—Yana, ¿acaso no sabe que mentir está feo? —da él unos pasos alejándose de mí—. Sé perfectamente que lo ha escrito usted.

—Pruébelo —bufo, lamiéndome los labios, porque el ardor invisible que se ha aferrado y asentado en ellos me los seca.

Noto cómo los ojos de Sokalski reaccionan de una manera un tanto depredadora a esta acción. Por una fracción de segundo bajan, y un instante después vuelve a mirarme a las pupilas, bañándome con una ola de pánico que intento ignorar.

—Ahí no hay nada que probar; no hace falta llevar a cabo una investigación real —Sokalski da otros dos pasos atrás—. Hice clic en el nombre del autor y miré todos los trabajos de ese estimado Valeri Tykopysyi, y allí... No se lo va a creer. Estaban todos esos trabajos suyos que yo rechacé en su día.

Mentalmente suelto una palabrota, sucia como la tapa de un baño público.

En eso no había pensado. Ni se me pasó por la cabeza. Y ahora esto me acorrala en un rincón oscuro y con arañas negras y gordas que pican fuerte.

¿Y qué hago?

No. No quiero confesar y no pienso hacerlo. Además, a él le debería importar un pimiento lo que hago en mi tiempo libre.

—Vendí esos materiales —elijo esa mentira, porque al principio pensé en indignarme y acusar a Tykopysyi de robo.

—¿Los vendió? —pregunta de nuevo, y las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba.

—Sí.

—¿Quiere decir que una persona llamada Valeri Tykopysyi existe de verdad y usted lo conoce personalmente?

—Sí —sigo echando balones fuera—. Claro que no con ese nombre... Pero sí, lo conozco. Vio que mis artículos eran maravillosos y dijo que estaba dispuesto a comprármelos y publicarlos. Acepté. Una buena forma de ser escuchada y recibir dinero.

Sokalski se vuelve de espaldas a mí. Suenan unos pasos silenciosos, deja el vaso y, quedándose en esa postura, pronuncia:

—Maravillosos... Pues ya podría haberlos firmado con otro nombre, porque se ha llevado toda la gloria descaradamente...

—A mí lo que me importa es que la gente sepa la pura verdad —le interrumpo.

—Y también se ha apropiado de los errores —sigue el hombre con su cantinela—. Al menos podría haberlos corregido.

En ese punto Sokalski se vuelve hacia mí. En sus labios baila una sonrisa más brillante.

—Le transmitiré sus peticiones sin falta —me tuerce su respuesta—. ¡Pero no las tendrá en cuenta, porque no persigue una gramática estéril, sino el sentido! ¡Mejor una verdad con errores que una mentira pulida hasta el brillo!



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En el texto hay: fantasia, vampiros, amor

Editado: 13.02.2026

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