Me quedo de pie tras la puerta. Resoplo. Seguramente me he pasado de la raya. Las emociones han tomado el control sobre mí.
Sin embargo...
Él encendió una hoguera bajo mis pies. Me «hizo cosquillas» en el fondo con lenguas de rubí, ¡y he entrado en ebullición! ¡Ahora mismo me sale humo por las orejas!
Sokalski es un miedica que teme a cada palabra. ¡Incluso a las comas y a los puntos suspensivos!
¡Bu!
Pues si es así, ¿para qué demonios se metió en este ámbito? ¡Que hubiera abierto una panadería o una cafetería! ¡O un dos en uno! ¡A vender capuchinos con cruasanes!
Doy dos pasos sonoros hacia delante, y la puerta, que acabo de cerrar de un portazo, se abre. Me doy la vuelta.
Sokalski está frente a mí, aferrado al pomo, y me mira.
¿Quiere decir algo?
¿Despedirme?
¡Pues que lo haga! Encontraré trabajo en otro sitio donde el director no sea un imbécil.
Aunque...
Frunzo el ceño. Aquí el sueldo es bueno. Siempre me llega para todos mis caprichos y compras impulsivas. Del tipo: pedir a las tres de la mañana un montón de cosméticos que luego usaré una vez y ya está.
—¿Algo más, Yulián Vladímirovich? —le pregunto.
—Sí, Yana —asiente él.
Seguro que ahora suelta lo del despido.
—Tiene un problema en la pierna derecha, por detrás —interrumpe mis pensamientos, en los que ya estoy recogiendo mis cosas del despacho mientras Galia e Ilona me despiden con cara de vinagre.
Bajo la mirada y veo el problema: una carrera que se extiende desde el mismo zapato y, probablemente, termina muy lejos bajo el vestido.
¡Genial!
¡Maldita sea!
Espero no haber venido corriendo con esta carrera desde la puerta de mi casa, sino que ella, esa vil y maldita contagiosa, haya trepado hace poco por mi pierna, estropeando mi aspecto y riéndose con malicia.
—Gracias por avisar —respondo en voz baja, sin mirarlo.
Su reacción: se esconde en el despacho y cierra la puerta tras de sí. Yo bufo.
Ahora tendré que ir a comprar medias nuevas durante la pausa del almuerzo.
Suspiro y sigo adelante, pero sin brío. Apenas me arrastro por el pasillo. Giro y...
No en vano dicen las malas lenguas que la desgracia nunca vaga sola, sino siempre en compañía de otra que obligatoriamente se manifestará; solo hay que esperar.
Mi pecho, cubierto por el vestido, siente cómo algo lo quema... No es agua hirviendo como para que me salgan ampollas, pero escuece un poco.
La nariz capta el olor a café, y los oídos atrapan la voz de Víctor. Trabaja con nosotras de operador de vídeo y siempre es... torpe. Su nombre y esa palabra son simplemente sinónimos. Cuántos equipos se habrá cargado...
—¡Ay, perdona, Yana! ¡No te había visto! —balbucea él, mientras tanto el café se cuela en mi sujetador y el vaso de papel cae casi inaudiblemente al suelo.
Me contengo con mis últimas fuerzas, apretando los puños para no agarrar ese maldito vaso del suelo, darle con él en la frente y luego metérselo en la boca y obligarle a comérselo.
Me quedo muda como un pez, y él sigue lamentándose de que tiene manos de mantequilla, y no solo eso. Los ojos también los tiene ahí. Saca del bolsillo un pañuelo y con él me limpia el tórax, bajando hacia...
—¡Ya lo hago yo! —freno con palabras esa acción suya, que se está volviendo demasiado erótica.
Le arranco con rabia el pañuelo de las manos a Víctor, que por su diseño recuerda a esa legendaria bolsa de cuadros de los mercadillos.
Este frotamiento no tiene ningún sentido. El sujetador de espuma ha absorbido todo el café.
No solo tengo que aguantar hasta el almuerzo con una carrera en la media, sino también con la ropa interior mojada. Mascarilla de café para los pechos. Mejor hubiera sido de repollo. A lo mejor crecían.
—Perdona —repite él y levanta el vaso vacío, tirándolo a la papelera.
Le lanzo una mirada fulminante, le devuelvo el pañuelo y pregunto lo siguiente:
—¿Al menos es sin azúcar?
—Sin azúcar —él agarra su pañuelo, parpadea con culpa con sus ojos azules, y yo paso de largo pensando que al menos el sujetador no se me pegará a la piel.
Por suerte, llego sin más aventuras a mi despacho, en el que Galia e Ilona están sentadas a la mesa de esta última y cuchichean sobre algo muy bajito, con las cabezas juntas.
Dejan de hacerlo cuando oyen mis pasos sonoros. Galia gira la cabeza hacia mí, e Ilona se aparta hacia atrás con la silla. Casi choca contra la ventana, que está medio cerrada con las persianas.