—¿Qué quería Sokalski de ti? —pregunta Galia—. ¿Un ascenso?
—Preguntaba en qué estoy trabajando —miento por ahora a mi amiga, a quien le diré la verdad durante la pausa del almuerzo.
—¿Y ya está? —se levanta y rueda con su silla hasta su escritorio—. ¿Solo por eso?
—Ajá —refunfuño.
—¿Y por qué estás tan cabreada? —se interesa Ilona.
—Porque Víctor me ha tirado el café encima; se me ha metido todo en el sujetador. Está tan mojado que podría escurrirlo.
—Bueno, menos mal que no se te ha colado en las bragas —bromea Ilona, acercándose a la mesa. Enseña sus dientes blancos perfectos.
Pongo los ojos en blanco y me dejo caer en mi silla. Me quito los zapatos, me bajo las medias...
—Eeeh, ¿y tú qué haces aquí un estriptis? —continúa ella—. Yo no he pedido eso.
—Quiero mimarte con algo calentito y exprimirte ese café en tu smoothie; es sin azúcar —ahora lanzo yo la broma—. Y hablando en serio: tengo una carrera en las medias.
—¿Y qué habéis hecho tan interesante para que te aparezca una carrera en las medias? —entrecierra los ojos Ilona y muerde la punta de un lápiz que agarra del organizador.
Lanza insinuaciones lujuriosas...
Suelto una risita.
—Hicieran lo que hicieran, Ilonka, tú ni en sueños verás algo así —interviene Galia.
—Bueno, y tú mucho menos, Galinka —traslada la mirada hacia ella, apoyándose la punta del lápiz en la mejilla.
—Uy, uy... Bueno, yo tengo más posibilidades, porque los hombres necesitan mujeres ligeras como una pluma y alegres, y no a una pata glotona y arrogante —se ríe Galia.
—Por lo de pata vas a cobrar —se enfada Ilona.
—¿Y cómo? —pregunta ella, y yo ya me termino de quitar las medias, que tiro a mi cajón más bajo. En él suelo guardar todo tipo de basura: tazas regaladas, brillo de labios, un rotulador viejo, dos bolsas, un caramelo de frambuesa... Hasta tengo un par de compresas, sin usar, claro.
—Te muerdo —arrastra las palabras Ilona.
—Estás a dieta, no puedes comer cosas duras.
—Pero lo liquidito lo chupo —vuelve a morder el lápiz Ilona, pero más fuerte, hasta que cruje. Después se sumerge en el trabajo.
Galia solo sonríe y también clava los ojos en el monitor, como si esa riña no hubiera existido, pero Ilona vuelve a mi respuesta:
—¿De verdad solo ha preguntado por futuros materiales?
—Sí —no cambio mi declaración.
Solo después de esto ella se calla, y nuestro despacho se ve envuelto en un silencio que solo corta el tecleo suave y rítmico de Galia, porque se compró un teclado mecánico a propósito, ya que disfruta con esos sonidos que, por suerte, ni a Ilona ni a mí nos sacan de quicio.
Antes del almuerzo suceden dos cosas: mi cuerpo evapora el café del sujetador, y la siguiente: han tumbado la web con mi artículo.
Me enteré no solo porque era imposible entrar (daba error), sino también por el dueño: me escribió en la aplicación de mensajería que los programadores están intentando salvar el sitio lanzándole un salvavidas, pero si lograrán recuperar todo el contenido, es una incógnita...
También señaló que mi artículo había conseguido muchísimas visitas durante esas horas que la web funcionó —cinco mil—, y algunos portales de noticias incluso lograron republicarlo, convirtiéndolo en noticia...
Parece agradable, pero al mismo tiempo en mi cabeza surgen las palabras de Sokalski...
Está claro que mandaron a la web a «descansar» los dueños enfurecidos de la empresa, que...
Pues que busquen al valiente y mordaz Valeri Tykopysyi.
Se van a hartar de buscarlo por todos los rincones del mundo. Si Sokalski no me delata, claro. No sé qué le pasa por la cabeza.
Durante el propio almuerzo, la mitad del cual gasto en comprar medias y un sujetador nuevo, porque apestaba a café como si fuera una cafetera, le cuento a Galina la pura verdad. Mi amiga reacciona también con asombro:
—Pero sabes una cosa... El hecho de que él se fijara en ese artículo significa que es realmente bueno... Y que lo haya descubierto... Bueno, tuvo suerte de leer tus artículos, que además se le quedaron grabados en la memoria... Por tanto, le causaron impresión, y no son solo otra escritura de pacotilla que cayó en el abismo.
—Pero no dejó publicarlo...
—Bueno, eso ya es cuestión de valentía... Y lo más importante —ya vamos hacia la cafetería—, es que no te ha despedido, y eso significa que eres una buena trabajadora. Porque podría haberlo hecho...
—Ajá —respondo y digo a continuación lo más importante, lo que me carcome por dentro—. Y esa web ya la han tumbado...
—¡Entonces has dado donde más duele! —casi grita Galia, pero incluso ese tono de voz elevado atrae la atención. Algunas personas se dan la vuelta y nos miran como si nos faltara un tornillo.
—Así que has hecho lo correcto —dice ella ya en un susurro—. Y... Hay que celebrar tal victoria. Propongo ir de discotecas después del trabajo. ¿Eh?