En el preciso instante en que el líquido se derrama, pienso que nada bueno saldrá de esto. Ya visualizo escenas en las que él me arranca la...
No...
Un fuerte siseo llena la cocina al instante. Doy un paso brusco hacia atrás y miro a Sokalski.
El cuadro...
Se le cae el smartphone al suelo. El teléfono se estampa, y una persona o no-persona desconocida dice «¿aló?» desde el altavoz. El hombre se tapa la cara con las manos. Veo cómo el agua le corroe la piel ante mis ojos, mostrando lo que hay debajo...
Un espectáculo no apto para sensibles. Es un horror.
De sus manos quemadas gotea al suelo un líquido negro y espeso, parecido a la sangre.
Sonidos...
Al siseo se le suma la voz de Sokalski, y no tengo ni idea de cómo describir ese sonido...
Sin embargo, me da a entender que le duele. Mucho. Es un dolor que lo retuerce en la silla. Su cuerpo tiembla.
Yo...
Me quedo desconcertada.
Lo veo retorcerse, y me da pena. Ante esa imagen, el corazón me da un vuelco en el pecho y me duele a mí misma.
Me entran ganas de soltar que no quería...
De ayudar de alguna forma... Porque...
¡Yana!
¿Lo dices en serio?
¿Sí?
¿Piensas ayudar a un monstruo? ¡Pues vete a curar cocodrilos o a vendar víboras venenosas!
Aparto de un empujón esa piedad que ha nacido en mí de repente, y tiro el tarro vacío. Se rompe épicamente y con un estruendo. Los fragmentos afilados salen volando por toda la cocina.
Mi jefe se desploma de la silla al suelo. Está de rodillas con la cabeza gacha. Veo que hasta le sale humo del pelo.
Siento unos sentimientos tan contradictorios, pero me doy la vuelta, agarro mi bolso y las llaves del coche, que siempre están en el cajón superior del mueble. Me calzo los zapatos y corro...
Ni siquiera cierro la puerta. No hay tiempo. Ahora dispongo de minutos contados para huir lo más lejos posible...
Vi perfectamente cómo sanaban sus heridas. Por eso estas lesiones también se las curará.
¿Y si no?
¿Y si estira la pata y luego me cuelgan el muerto a mí? Y luego el juicio, la cárcel...
¡Se acabó!
¡Adiós a mi vida!
¡Pero no se va a morir! ¡Toda esta fuerza impura es dura de pelar, como las cucarachas!
Aumento la velocidad. Corro por las escaleras como...
—¡Aquí está la yegua pelirroja que galopa sobre mi cabeza! —me choco con mi vecina de abajo—. ¡Se acabó! ¡Ya has dado tu último salto! La última vez fue una zanahoria en los morros, pero ahora viene la policía, que te va a dar... ¡Oye! ¿Adónde vas? ¡Me oyes! ¿Adónde galopas?
—¡Mejor huya usted también! —bajo las escaleras gritando—. ¡Ahí hay un vampiro!
—¿Qué? ¿Estás fumada o borracha para ver vampiros? —me lanza a la espalda.
No digo nada. ¡Que diga lo que le dé la gana! Mi vida es más importante que las palabras de la vecina de abajo.
Mientras tanto, me topo con la puerta metálica del portal. Pulso el botón y espero a que la puerta se desbloquee, porque aquí hay un sistema que se instaló en el año de la polca, piensa mucho y...
Me llega el chillido de la vecina, tal que seguramente lo oye todo el portal. Y yo intuyo por qué chilla así.
Se ha asomado a mi apartamento, donde no solo está Sokalski.
Por fin la puerta funciona y me deja salir a la calle, que me envuelve con su frescor...
He olvidado mi chaqueta de cuero.
¡A la porra!
Corro hacia el coche que heredé de mi abuela: uno blanco, viejito pero sin una sola mancha de óxido, que está aparcado bajo un albaricoquero en flor.
Abro la puerta rápidamente, me dejo caer en el asiento del conductor, meto la llave en el contacto y la giro. Por suerte, el coche arranca, aunque a veces se pone terco y no quiere.
Por cierto, este coche no me dejaba ir constantemente a esa fábrica sobre la que ha salido el artículo hoy. Apenas arrancaba y conducía como si le pasara algo al motor, pero para lavarlo de la caca de paloma, el motor ronroneaba al instante.
Ahora hace lo mismo: ronronea.
Doy marcha atrás, doy la vuelta rápidamente y abandono mi casa. Pero es tan difícil conducir. El corazón me aporrea la caja torácica, golpeando contra las costillas, las manos se aferran al volante, y ante mis ojos está la figura encogida de Sokalski, cuando de repente...