1. «¡Te casarás con él y bien rápido!»
—¡Irás con él, quieras o no! ¡Y bien rápido! ¡Miren a la señorita, que ahora no quiere! ¡Agradece que al menos este aceptó tomarte por esposa! ¡A ti, una defectuosa! ¡Una gris! —me reprendía con furia la reina Martena la Blanca.
—¡Exacto! —le dio la razón la reina Martena la Negra, mi madre—. Si te esfuerzas y le gustas en la cama, tal vez te convierta en blanca —miró de reojo a su copia blanca y añadió—: Aunque eso da igual. ¡Lo importante es darle hijos! ¡Entonces nadie se atreverá a ofenderte jamás ni te dejará cerca de los vishaps!
Su Majestad Martena la Blanca palideció un poco al oír aquellas palabras, pero seguramente no quería desatar otra vez su eterna discusión delante de mí. Las reinas habían estado en pie de guerra desde que tengo memoria. Martena la Blanca no podía tener hijos; no se sabía si era una especie de maldición o simplemente algún problema en su cuerpo, pero ese era su eterno tormento. Por esa misma razón, había perfeccionado su arte de seductora y tentadora hasta alturas increíbles. Y mi padre, Herbish el Blanco, comprensiblemente la prefería a ella antes que a mi madre, convirtiéndola en la parte blanca de su vida y en la primera reina del reino.
Tal vez fuera lo mejor. Mi madre siempre había sido un poco ingenua; probablemente no habría podido cumplir con las funciones reales en su totalidad, pero conocía firmemente su lugar: se ocupaba del palacio real, del hogar y se enfrascaba en los pequeños asuntos del reino que Martena la Blanca le permitía gestionar. ¡Sin embargo, jamás se dejaba pisotear! Siempre respondía al golpe, tenía una lengua afilada y se sabía un sinfín de dichos mordaces con los que importunaba a su hermana en cada oportunidad propicia.
—Dicen que tiene un carácter difícil, ¡así que tú allí más mansa que el agua y más baja que la hierba! ¡Complace al príncipe Jonathan el Blanco, adúlalo y vigila que ninguna lagarta se le cuelgue del cuello! —aleccionaba mi madre; en el fondo debía de estar preocupada por mí, aunque hacía mucho que no se interesaba por mi vida.
—Y además, Edelina, vístete más hermosa, más llamativa, ¡hazte un escote más pronunciado y muérdete los labios a menudo para que se vean más rojos y carnosos! ¡Los hombres aman con los ojos! —recomendaba por su parte Martena la Blanca, sin duda compartiendo consejos de su propia lista de secretos femeninos.
—¿Y por qué habría de hacerlo? —se indignó mi madre—. ¡Los hombres aman a las mujeres modestas y sumisas!
—¡Sí, claro! ¡Cómo no! —le saltó al cuello su rival—. ¡Los hombres aman a las mujeres apasionadas y seductoras! ¡No necesitan un leño en la cama!
¡Y comenzó la batalla! Como ya había presenciado discusiones semejantes entre ambas reinas incontables veces, me aparté en silencio hacia la ventana y me puse a contemplar cómo cargaban el equipaje en el carruaje que hoy me llevaría al lejano reino de Mixteia, una tierra salvaje y olvidada por todos los dioses.
De allí era el hombre —o más bien el príncipe— que a regañadientes, y tras largas negociaciones diplomáticas entre los reyes de nuestras naciones, había aceptado desposarme. ¡Estaba furiosa como una fiera en la hoguera! ¡No quería casarme en absoluto! ¡Con nadie! Para colmo, decían que era malvado, cruel, un bárbaro en toda regla. ¡Que golpeaba a las mujeres, las maltrataba y tenía un sinfín de concubinas! ¡Y su hermano, Jonathan el Negro, era exactamente igual! Karena la Blanca, mi doncella, me había contado entre susurros que Karena la Negra conocía a un mercader que guiaba caravanas a Mixteia, quien a su vez era amigo de un sirviente del castillo real de aquel reino vecino. ¡Y ese sirviente juraba y perjuraba que Jonathan el Blanco y su hermano incluso compartían a las mujeres entre ellos! ¡Quizás hasta organizaban orgías!
Oh, seguro no eran más que chismes, pero resultaba desagradable marchar hacia un hombre desconocido en un país extraño, y más aún con semejantes rumores rondando a esa familia real. ¡Ojalá me hubieran dejado vivir mi vida como yo quería! ¡Pero no! Mi padre se había obstinado: el tratado para nuestro futuro matrimonio y la alianza con el rey mixteio ya estaban firmados. El rey de Mixteia estaba a punto de morir, decían que agonizaba, y su hermano gemelo llevaba tiempo en la tumba. El trono quedaría vacante y entonces los príncipes se convertirían en soberanos de pleno derecho de todo el reino. Y tener a una reina emparentada en un reino estratégicamente ventajoso como Mixteia le resultaría sumamente provechoso a nuestra corona. ¡Y nadie me preguntó qué quería yo! Mmm, comprendo que ese es el destino de cualquier miembro de la realeza: los matrimonios concertados son el pan de cada día, ¡pero me niego a que esa regla se aplique a mí!
¡Pero no importaba, lo tenía todo planeado! En el camino haríamos una parada, momento que pensaba aprovechar para escapar. El dinero ya estaba oculto en mi cinto, cosido a lo largo de toda la tela. Con suerte todo saldría bien y no caería en las garras de ese malvado, cruel y pervertido príncipe Jonathan el Blanco...
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Editado: 18.08.2026