2. El mundo de los gemelos
Viajaba en un carruaje elegantemente acondicionado, tras haber recibido todos los consejos, útiles y no tanto, para mi futura vida conyugal de parte de mi madre y de mi tía. Mi padre también me había abrazado, me dedicó unas pocas palabras, pero estaba ocupado y solo me ordenó comportarme con decoro y tener siempre presentes los intereses de nuestro estado; luego se marchó a atender sus asuntos. Ah, y no olvidó recordarme lo de los nietos: que los esperaba con impaciencia y todo eso... Apenas pude contenerme para no soltarle una impertinencia. Porque sé clavar púas muy bien...
Conmigo, además del cochero, viajaban dos guardias y dos doncellas. Los guardias eran gemelos de una familia respetable que había servido a la familia real con lealtad inquebrantable durante muchas generaciones, así que el rey estaba tranquilo respecto a mi seguridad. Uno de los guardias era un poderoso mago de fuego, y el segundo, su hermano, un diestro espadachín. A las doncellas las conocía bien, pues eran Karena la Blanca y Karena la Negra, quienes me habían servido en el palacio y ahora venían conmigo a Mixteia por orden de las reinas. En ese momento cuchicheaban sobre algo, asomándose a la ventana del carruaje y devorando con la mirada a los hermanos que cabalgaban a caballo. Me preguntaba a cuál de ellos le habrían echado el ojo. Porque ambos muchachos se parecían como dos gotas de agua. Y la marca que distinguía al negro del blanco no se veía, pues se colocaba en el hombro de cada uno y ahora la llevaban oculta. Para el viaje, los guardias vestían ropas idénticas de color verde oscuro, de modo que resultaba difícil determinar la primacía en la pareja.
Mientras las doncellas intercambiaban miradas cómplices con los guardias, fingí dar una cabezada, aunque en realidad estaba sumida en mis amargos pensamientos sobre mi vida a medias.
En nuestro reino, que lleva el nombre de Ferania, reina el poder y la fuerza de los hombres. Cada habitante del país tiene a su propio gemelo: un hermano o una hermana. Pero no piensen que los hombres hermanos se casan, por ejemplo, conociendo a unas hermanas, y que cada quien tiene un solo esposo o una sola esposa. ¡En absoluto!
De las mujeres sí se puede decir eso: cada una tiene un solo marido. Pero el hombre, por regla general, tiene obligatoriamente dos esposas, pues por ley debe casarse con ambas hermanas. Con la blanca y con la negra.
Al nacer, a los gemelos se les da un solo nombre para los dos, pero los dividen en las mitades blanca y negra: el que nace primero se llama blanco, y a quien le tocó salir del vientre materno en segundo lugar se convertía en negro. A cada uno se le ponía una marca en el hombro: una media luna blanca cuyas puntas miraban hacia la derecha, y una media luna negra cuyos cuernos miraban hacia la izquierda. Era exactamente así como se podía distinguir a la mitad blanca y a la mitad negra en una pareja de hermanos o hermanas. Pero hacia las mujeres, a mi parecer, el trato era injusto, incorrecto, humillante...
En general, se consideraba que dos mujeres gemelas siempre compartían un mismo destino, un mismo amor, un solo esposo... ¡Lo cual no ocurría con los hombres, quienes, aunque formaran una pareja de mitades blanca y negra, eran considerados cada uno autosuficiente e independiente!
¡Oh, cómo me enfurecía aquello! ¡Ni se lo imaginan! Por supuesto, me guardaba todos mis pensamientos y reflexiones para mí misma. Ah, había leído demasiados libros antiguos prohibidos, de cuando el mundo era completamente distinto. Entonces, aunque todos tenían igualmente a sus gemelos, cada quien vivía con independencia, como quería, contraía matrimonio con quien deseaba y vivía a su antojo...
Porque hoy en día, el hombre que se casa con las hermanas gemelas, sin importar si es blanco o negro, debe obligatoriamente establecer su propio hogar separado y tener su propia casa independiente, donde vivían los tres: el marido y sus dos esposas.
Ocurría de formas muy diversas. Aunque por ley y moral del reino estaba prohibido compartir el lecho entre los tres, existían familias así. Si alguien se enteraba de algo semejante, de inmediato lo denunciaba a la guardia. La moral entre nosotros era estricta. Sin embargo, tener dos alas en la casa y visitar por turnos a ambas esposas no les estaba prohibido a los hombres. Bueno, ¿y dónde está la moral aquí, háganme el favor? Simplemente era el mismo libertinaje, un poco encubierto.
Bueno, ¡ya me estoy pasando! No libertinaje, por supuesto, sino una especie de... bueno... ¿injusticia, tal vez? Al fin y al cabo, la esposa a la que él prefiere está bien, es feliz, ¿verdad? ¿Y la otra? ¿Acaso no estará triste, sufriendo, carcomida por los celos? ¿O tal vez ni siquiera ame a ese hombre al que su hermana mayor, la blanca, le echó el ojo, pero debe resignarse porque así lo dicta la ley? Como mi madre, que lo ha soportado toda la vida. No sé si alguna vez amó a mi padre. Que mi tía lo ama, salta a la vista. Pero mi madre resultó ser como un simple añadido al matrimonio. Aunque fue ella quien me dio a luz para el rey, y no Martena la Blanca. ¡Oh, ni siquiera me lo imagino, debe de ser tan duro vivir así toda la vida!
Siempre tuve ante mis ojos a nuestra familia real, donde mi madre sufría constantemente al ver que su hermana pasaba las noches en los aposentos de papá, mientras que a ella el rey rara vez la mandaba llamar. ¡No! ¡Jamás permitiré que me ocurra algo semejante!
Si tuviera una hermana gemela, ¡no toleraría que me trataran como a mi madre! Me marcharía lejos, o mejor aún, ¡simplemente renunciaría al matrimonio! Rara vez, pero ocurría. Entonces una hermana se quedaba con el marido y la otra ingresaba en un convento para vivir allí hasta el fin de sus días. Se convertía en una de aquellas a quienes en nuestro reino llaman grises...
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Editado: 08.09.2026