4. Muerte en la taberna
Ya empezaba a atardecer cuando nos instalamos en una taberna al pie del camino, en cuyas plantas superiores se encontraban las habitaciones para pasar la noche. Yo disponía de un aposento privado; las doncellas y los guardias también tenían habitaciones separadas, donde se alojaron de dos en dos. El cochero, por su parte, se quedó a dormir en el establo, pues había un espacio reservado para cocheros y mozos de cuadra junto a los caballos y los carruajes.
Las doncellas se apresuraron a llevarme la cena a la alcoba, ya que no correspondía que una princesa comiera junto a los plebeyos. Aunque, en realidad, yo me sentía dichosa de haber escapado de aquel palacio real donde ya me faltaba el aire de tanta asfixia y pesadumbre. Ansiaba ser libre, independiente, tal como describen a menudo en las novelas sobre mujeres audaces y valientes que desafían a la sociedad en la que viven, afrontan toda clase de aventuras y encuentran a su gran amor. Sí, a mí también me encantaba leer romances. Pero solo hasta la parte donde la hermana de aquella mujer fuerte e independiente se unía a la pareja de enamorados. Esa hermana que parecía ser la protagonista y andaba rondando en un segundo plano durante toda la obra, para que luego, de golpe y porrazo, ¡ambas se casaran con el hombre de sus sueños... o de una de ellas! Aquello resultaba tan antinatural como desagradable. Al menos, así me lo parecía. Siempre pensé: si algún día llego a enamorarme, ¡jamás compartiré a mi hombre con otra mujer! Y si él deseara hacer semejante cosa, significaría que jamás me amó de verdad, si necesita tener a otra a su lado... ¿Acaso no es así?
Tras la cena, las jóvenes marcharon a dormir a sus aposentos, no sin antes insistirme en que atrancara bien la puerta. Los guardias también vinieron a recordarme las precauciones de seguridad. Me aseguraron que a lo largo de la noche vendrían de vez en cuando a comprobar si el cerrojo seguía echado.
Yo asentía y les daba la razón a todo. Pero por dentro me carcomía la impaciencia: ¡ojalá pudiera huir cuanto antes!
Luego aguardé un largo rato a que se apaciguaran las voces en la planta baja de la taberna, pues incluso a través de las paredes se oían con claridad los gritos ebrios de los huéspedes y el bullicio de varios hombres que, al parecer, celebraban algo, ya que tardaron en retirarse a sus aposentos. Al fin reinó el silencio. Yo, ya vestida y disfrazada de sirvienta desde hacía rato, permanecía tras la puerta esperando el instante propicio para escabullirme de la habitación y bajar a la primera planta.
Por mis guardias y doncellas no me preocupaba: en señal de gratitud por acompañarme en este viaje, les había obsequiado a ambas Karenas una caja de deliciosas pastas a las que añadí con un leve conjuro unos polvos soporíferos. Sabía bien que a las muchachas les fascinaban los dulces y que a estas horas estarían profundamente dormidas. Y a los guardias les entregué una botella de vino suave, también con su truco. En resumidas cuentas, había dejado a mis acompañantes fuera de combate y estaba lista para huir.
Bien entrada la noche, me armé de valor y entreabrí la puerta para asomarme al pasillo, cuando de pronto escuché un ruido. A través de la rendija distinguí la silueta de una persona que caminaba por el corredor a deshoras. Mi mirada apuntaba hacia el suelo y me percaté de unos botines marrones de excelente calidad con hebillas cuadradas de plata, pero el hombre pasó tan rápido frente a mi puerta que no alcancé a verle el rostro. Solo aprecié que era alto y vestía una capa negra. ¡Maldición, debía esperar aún más! Seguramente se trataba de algún juerguista rezagado que aún no llegaba a su habitación. Ya me disponía a cerrar la puerta y aguardar a que pasara de largo cuando oí la voz baja de otra persona que se aproximaba, seguramente desde el otro extremo del pasillo.
—¡¿Cuánto más hay que esperar?! ¡Ya creí que te habías echado atrás! ¡Date prisa! —siseó con impaciencia una voz masculina en un susurro, casi pegada a mi puerta.
Por fortuna, la rendija que dejé abierta era tan minúscula que resultaba imperceptible, pues lo que escuché a continuación hizo que se me erizaran los cabellos.
—Mi compañero de cuarto no se dormía por nada del mundo. Tuve que emborracharlo un poco. ¡Ahora ronca como un descosido! Y así pude, al fin, salir sin ser visto —se justificó el segundo hombre con una voz ronca y áspera—. ¡El dinero por delante! ¡Que ya me conozco estas tretas!
—Estimado Saman, ¡un trato es un trato! ¡No tengo intención de engañar a nadie! Mucho menos en un asunto de semejante gravedad —se indignó el interlocutor—. Tome, aquí tiene —algo tintineó; con toda probabilidad, el hombre le entregaba el oro.
—Mmm. Espero que esté todo y no pretenda estafar a un pobre alquimista autodidacta —en la voz del sujeto se percibieron matices burlones, pero enseguida se tornó sombría—: Tome, lléveselo, ¡este veneno actúa al instante! Puede añadir una sola gota a su bebida, o impregnar las páginas del libro que suele leer Jonathan el Blanco; al chuparse los dedos para pasar las hojas... se acabó. O simplemente humedezca su pañuelo y déjelo secar. Se limpiará la cara o la frente, ¡y listo! Lo elaboré y envasé como si fuera un perfume corriente. En la frontera no levantará sospecha alguna. Huele y actúa exactamente como una fragancia para todo el mundo, salvo para Jonathan el Blanco. Es un veneno mágico, sintonizado exclusivamente con el príncipe; lo logré analizando al detalle aquel guante suyo que usted me facilitó. Y algo más: el veneno solo hace efecto en la zona del rostro, que es donde la gente suele tocarse, ya sea la nariz o las mejillas... Y si es perfume, se lo rocían en el cuello... Hace falta que... Pero ¿para qué le doy lecciones? ¡Usted debe de ser todo un experto en estas lides!
#157 en Fantasía
#37 en Magia
#1012 en Novela romántica
horadeamar, intrigas de la corte real, amor celos aventuras pruebas
Editado: 08.09.2026