5. «¿Qué debo hacer ahora?»
¡Cielos! ¿Acaso acababa de presenciar un asesinato? Empecé a temblar de pies a cabeza. Mis manos se movieron por instinto para cerrar la puerta a toda prisa y echar todos los cerrojos, pero me contuve a tiempo. ¿Y si las bisagras chirriaban y el asesino lo oía? Quizá aún no se había alejado lo suficiente...
No sé cuánto tiempo permanecí allí parada, pegada a la madera y atenta a cualquier murmullo del corredor. Me pareció una eternidad... Con todo, reinaba la calma... El criminal ya debía de haber desaparecido junto a su víctima hacía un buen rato. Al fin me atreví a cerrar la puerta con sigilo y, muy despacio, corrí el pesado pestillo desde el interior; me encerré bajo llave...
Solo entonces pude respirar aliviada y recuperar un poco la serenidad. La lucidez volvió a mi mente. Me senté en el lecho, me sujeté la cabeza entre las manos y me puse a reflexionar...
A ver, ¿cuál era mi situación? Había sido testigo de un asesinato. Y por aquel desdichado alquimista, que solo pretendía lucrarse con un negocio vil y deshonesto, ya nada se podía hacer... Estaba muerto. Un hombre que pretendía envenenar a Jonathan el Blanco (¡a mi futuro prometido, para colmo!) seguramente había encargado el tósigo aquí, en Ferania, a un alquimista cualquiera. La taberna donde nos encontrábamos se alzaba justo en la frontera entre ambos reinos: en media hora cruzabas a Mixteia, y la capital quedaba a unas cinco horas de camino, a tiro de piedra.
¿Qué debo hacer ahora? Por un lado, podía limitarme a olvidar el incidente y fingir que no había visto ni oído absolutamente nada. Escapar tranquilamente de la posada y llevar a cabo el plan que había urdido... En una hora llegaría a pie al pueblo más cercano por el que pasamos de camino, aguardaría al amanecer y allí abordaría una diligencia rumbo al rincón más apartado del mapa...
Además, la muerte de Jonathan el Blanco hasta me convenía, ¿o no? Así me libraría de todo compromiso. ¡Sin novio, no hay boda! ¡Que se las arreglen entre ellos en su Mixteia, a mí no me incumbe!
Ay, desde luego que podía huir y ardía en deseos de hacerlo, pero presentía que ya no sería capaz. Esta vez no, Edelina. ¡Tengo la oportunidad de salvar la vida de un ser humano! Debo advertir al príncipe sobre el atentado contra su vida; uno que, a decir verdad, ignoro quién prepara y cuándo se ejecutará, pero eso carece de importancia. Él estará al tanto y se mantendrá alerta.
Pero ¿por qué tenía que ser tan intachable, tan honesta y de firmes principios? Mandaría todo y a todos al demonio para escapar...
Por supuesto, sabía bien que ya no me fugaría; tenía que ayudar... Bueno, pues tendré que escapar una vez esté en Mixteia... Sí, esfumarme de un palacio real que jamás he visto con mis propios ojos será más difícil que salir de esta taberna, ¡pero soy ingeniosa y algo se me ocurrirá! Lo primordial es poner sobre aviso a Jonathan el Blanco, revelarle todo cuanto he escuchado y visto esta noche.
Con estos pensamientos en mente, me despojé del atuendo de doncella, lo guardé de nuevo en mi maleta, me metí en la cama y estuve dando vueltas durante largo rato antes de conciliar el sueño: pensando en aquel asesino de los botines con hebillas de plata. Era cruel e implacable: liquidar al alquimista con semejante frialdad... Quedaba claro que no se detendría ante nada con tal de utilizar el veneno contra el príncipe. ¿Y si solo era un intermediario? ¿Y si alguien más le había encargado aquel «perfume»?...
Por la mañana, al subir al carruaje que hoy debía partir hacia la frontera, me dediqué a examinar con disimulo el calzado de todos los hombres que se cruzaban ante mis ojos. Sin embargo, no divisé hebilla de plata alguna. Quizá el asesino abandonó la taberna aquella misma noche...
Media hora más tarde cruzamos sin contratiempos la frontera con Mixteia y, tras medio día de marcha, entramos en la capital del reino vecino, la cual ostentaba un pomposo nombre: Puentes Heroicos...
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Editado: 08.09.2026