La Prometida Gris

7. El prometido descarado

7. El prometido descarado

Aunque mis guardias habían enviado al palacio real de Mixteia un pájaro mensajero imbuido de magia para anunciar mi llegada de hoy, nadie salió a recibirnos. Los centinelas de la entrada, al enterarse de mi identidad y del propósito de mi visita, intercambiaron miradas extrañas y mandaron llamar a un hombre, no sé si lacayo o simple criado de recados... Aquel sujeto nos guio a mis doncellas y a mí a través de los corredores del palacio hasta las estancias que me habían asignado.

Extraño, un recibimiento por demás inusual. Daba la impresión de que me consideraban una simple invitada y no la prometida del mismísimo príncipe, el futuro rey. Aunque quién sabe, quizá aquí fuera la costumbre. No dejé que nada me asombrara; caminé con la cabeza bien alta, marcando el paso con firmeza. ¡Ni soñarlo que fuera a angustiarme porque los mixteios carezcan de modales y cortesía! ¡Me importaba un comino! ¡Al fin y al cabo, no pensaba quedarme aquí por mucho tiempo!

El criado nos condujo a unos aposentos suntuosos, magníficamente amueblados, e hizo una reverencia de despedida. Eso sí, me advirtió que el príncipe Jonathan el Blanco no tardaría en presentarse para conocerme.

Las muchachas se pusieron a ordenar mis pertenencias en los armarios y estanterías, preparándose luego para retirarse a su propia habitación, asignada en la planta baja junto a la servidumbre.

Me acerqué a la ventana para contemplar el insólito paisaje: ¡había una infinidad de puentes, y todos distintos entre sí!

—¡Fuera de aquí! —escuché de pronto a mis espaldas.

Resultó que, mientras estaba distraída, a mis aposentos había entrado un hombre joven y alto, ataviado con un jubón blanco, pantalones blancos y botas a juego. Era de cabello azabache, con ondas que le caían hasta los hombros, y unos ojos castaños que miraban con agudeza y burla. ¡Era endiabladamente apuesto! Parecía sacado de las ilustraciones de las novelas de amor. Me quedé maravillada ante la armonía de sus facciones: nariz recta, cejas negras y perfiladas, pómulos varoniles y marcados, y una boca de trazos precisos... Su figura tampoco se quedaba atrás: poseía hombros anchos y se adivinaba que bajo el jubón se ocultaba una musculatura nada desdeñable...

El recién llegado les gritó a mis doncellas, y estas salieron disparadas de la alcoba como almas que lleva el diablo.

Yo lo miraba con perplejidad mientras él se acercaba a la puerta y echaba el cerrojo por dentro. Luego acortó la distancia hacia mí y se detuvo a escasos centímetros.

—Conque esta eres tú, Edelina la Gris —arrastró las palabras, recorriéndome con la mirada de cerca—. Qué bonita. El busto justo en su punto —comenzó a escudriñar descaradamente mi escote, que, sin ser muy pronunciado, dejaba entrever la curva entre mis pechos—. Y tienes un cuerpo tentador, suculento...

Se humedeció los labios y tragó saliva, haciendo que su nuez de Adán subiera y bajara.

—¿Quién es usted? —pregunté.

No era solo que estuviera asombrada o indignada por la conducta de aquel hombre, pues intuía que se trataba de mi supuesto prometido, sino que su descaro me resultaba inadmisible. ¡Santo cielo, daba la impresión de que en este reino de Mixteia jamás habían oído hablar de los buenos modales!

—Yo... hum... ¡adivínalo tú misma! —sonrió con suficiencia—. Te daré una pista: soy Su Alteza —y soltó una carcajada, como si acabara de hacer la broma del siglo.

¡Lo sabía, tenía que ser Jonathan el Blanco! Mírenlo, todo de blanco, ¡hasta deslumbraba la vista! Mientras cavilaba sobre la insólita y grosera actitud del príncipe, él se puso repentinamente en cuclillas y... ¡me levantó la falda por encima de las rodillas! Me acarició la rodilla con su mano ardiente. ¡Me quedé tan atónita que no supe cómo reaccionar!

—Y las piernas no están nada mal —ronroneó, mientras me acariciaba la pantorrilla izquierda.

Reaccioné al instante y me aparté de un salto como una liebre asustada, arrebatándole el dobladillo del vestido de sus dedos aferrados y bajándomelo con premura y vergüenza para cubrirme las piernas.

—¡¿Qué está haciendo?! ¡Sinvergüenza! —grité, sin saber cómo actuar ante semejante situación. ¡Era la primera vez que me ocurría algo así! ¡Que alguien me mirara con tanto descaro y, para colmo, se atreviera a acariciarme las piernas!

—Vaya, ¿conque también eres arisca? —el príncipe se puso en pie y me sujetó firmemente por los hombros—. ¡Me gustan así! ¡Ardorosas! ¡Fresquitas! Ya me tienen harto las de siempre... ¡y aquí me traen un bocado tan dulce y tentador!

Y de pronto, estampó sus labios contra los míos, comenzando a besarme mientras me apretaba contra su cuerpo con sus brazos poderosos, sin dejarme siquiera emitir un suspiro...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.