La Prometida Gris

8. El falso prometido

8. El falso prometido

Empecé a sacudirme, a forcejear para soltarme. La furia me invadía como una bola de fuego: ¡¿cómo se atrevía?! ¡Ni siquiera estábamos casados!

El príncipe interrumpió su beso brusco y agresivo, y pude exhalar con indignación:

—¡Suélteme ahora mismo! ¡Ni siquiera nos hemos casado y usted ya se comporta de esta manera! ¡Debe haber límites! ¡Exijo el trato correspondiente y una conducta decente!

—¡Vaya! ¡Parece que hasta tienes alguna pizca de inteligencia! ¡Tontita, hoy solo voy a besarte! Pero después de la boda... ¡habrá mucha más locura de mi parte!

Se prendió entonces de mi cuello, comenzó a cubrir de besos apresurados mis clavículas, descendiendo cada vez más hacia mi pecho. Con una mano, aquel canalla me acariciaba el busto, ¡mientras con la otra me agarraba el trasero!

«¡Puaf! ¡Como un animal! ¡Como una bestia salvaje!», pensé.

Debo admitirlo, los besos de un hombre que, a todos los efectos, era un desconocido me alteraron un poco; pero era la primera vez que lo veía. Por más que fuera mi supuesto pretendiente, arrojarse así sobre una mujer al verla por primera vez... ¡Qué clase de pervertido!

—Suéltame ahora mismo —pasé yo también al tuteo—. ¡Gritaré! ¡¿Acaso quieres que los sirvientes se pongan a murmurar habladurías estúpidas?!

—Ah, nada de eso, ricura —el hombre alzó la cabeza, apartándose de mi pecho—. Y para que no grites... ¡toma esto!

Volvió a estampar su boca contra mis labios. Esta vez de manera prolongada. De pronto, me empujó hacia la cama que estaba cerca, y caímos sobre las sábanas blancas: él encima y yo debajo, atrapada bajo el peso de un fornido cuerpo masculino. Y el príncipe no interrumpió el beso en ningún momento.

Iba perdiendo las fuerzas para resistirme, mientras Jonathan el Blanco ya empezaba a levantarme el vestido, acariciándome las piernas, los muslos, metiendo las manos donde no debía.

¡Ah, qué furia sentí, ni se lo imaginan! Concentré mi poder mágico en una esfera ardiente y punzante, con unas ganas tremendas de estamparle un buen golpe al sujeto; solo dudaba sobre dónde asestarlo: ¿en la cabeza, en los ojos, en la boca, o tal vez en otro lugar... en esa parte tan interesante e importante para un hombre?

El príncipe tuvo suerte de que no lo dejara lisiado, pues en ese preciso instante alguien comenzó a llamar a la puerta con golpes secos y autoritarios. Tan fuertes que parecía a punto de derribarla.

—¡Edelina la Gris, abra ahora mismo! ¡¿Qué está sucediendo ahí dentro?! ¡Soy yo, su prometido, el príncipe Jonathan el Blanco! ¡Abra la puerta de inmediato!

¡Santo cielo! ¿Qué significaba esto? ¡¿Quién era entonces el que estaba aquí?! ¿Acaso era...?

El hombre que me aplastaba contra el lecho detuvo de repente sus besos y las exploraciones de sus manos exigentes sobre mi cuerpo; a regañadientes se apartó de mí, que me había quedado petrificada ante tan terrible sospecha. Me recorrió con una mirada lasciva, me acarició la rodilla descubierta y caminó con absoluta calma hacia la puerta. A abrir.

Me puse en pie de un salto, febril, y comencé a arreglarme el atuendo.

El príncipe abrió y le dedicó una amplia sonrisa a su copia exacta, que aguardaba al otro lado del umbral:

—Es un bocado apetitoso, Joe, ¡pero qué arisca es la muy condenada! —soltó una risotada en la cara de su hermano.

Su hermano, el auténtico príncipe Jonathan el Blanco, hirvió de indignación:

—¡Canalla! ¡No te atrevas a acercarte a ella! ¡Lárgate, tengo que hablar con mi prometida!

Jonathan el Negro —porque saltaba a la vista que era él, a pesar de estar vestido completamente de blanco— se rio a carcajadas en la misma cara de su gemelo. Luego se giró y me dijo:

—Recuerda lo que te prometí, muñeca: ¡habrá mucha más locura!

Le propinó a su hermano un empujón fuerte y brusco en el hombro, apartándolo del camino, y se marchó.

El príncipe Jonathan el Blanco entró en la estancia con el semblante sombrío.

Cielos, ¿qué había sido todo aquello? ¿Cómo era posible? ¿Será verdad que los príncipes se comparten a las mujeres? ¿Y significaba esto que no solo sería la esposa del blanco, sino que también tendría que compartir el lecho con el negro?

Miré con indignación al príncipe, mi pretendiente.

—¡Esto es inaudito! ¡Su hermano! ¡Él...! ¡Él...! ¡¿Cómo puede ser posible?! ¡Qué descarado! —me faltaban las palabras de pura rabia.

La magia que aún se arremolinaba concentrada en mi interior estalló hacia afuera e impactó contra la puerta a espaldas del verdadero Jonathan el Blanco, pasando a escasos milímetros de su sien. ¡Un poco más y el príncipe no lo cuenta! Menos mal que desvié el tiro a propósito. Al fin y al cabo, él no me había hecho nada malo. Y en teoría yo quería advertirle sobre el atentado contra su vida, no había venido para matarlo con mis propias manos...




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