La Prometida Gris

9. El príncipe Jonathan el Blanco

9. El príncipe Jonathan el Blanco

El príncipe ni siquiera se inmutó. Me contemplaba con aire sombrío y sosegado, apoyado en una especie de bastón. Cuando la furia y la rabia se disiparon junto con la descarga mágica, pude pensar con mayor claridad, y me percaté de que Jonathan el Blanco, aunque gemelo de aquel indeseable que acababa de besarme, no se le parecía en absoluto.

En primer lugar, Jonathan el Blanco era cojo. Bueno, no exactamente así: llevaba un bastón en el que se apoyaba al andar, renqueando, por lo que era evidente que tenía algún problema en la pierna. En segundo lugar, llevaba el cabello recogido en una coleta en la nuca; y aunque era tan negro como el de su hermano, aquel peinado cambiaba por completo su apariencia.

—¿Qué hizo él? —preguntó el príncipe con voz grave—. ¿Se hizo pasar por mí? Acostúmbrese. Será así constantemente.

Jonathan el Blanco dio unos pasos hacia adelante e inclinó la cabeza.

—La saludo. Mi nombre es Jonathan el Blanco, soy el primer príncipe del reino de Mixteia. Y, por desgracia, su prometido. Por desgracia para mí, pues las circunstancias y la exigencia de mi padre me obligan a casarme con usted.

—¡Maravilloso! —exclamé—. ¡Al igual que usted, yo tampoco me muero de ganas de desposarlo! ¿No podríamos simplemente anular el contrato y separarnos en santa paz?

—Es una lástima, pero no podemos hacer eso —el hombre negó con la cabeza—. Mi padre agoniza, y me hizo jurar que me casaría con la princesa de Ferania; es decir, con usted. Eso en primer lugar. Y en segundo lugar, no la necesito como mujer. Me sobran voluntarias dispuestas a saltar a mi lecho. Así que no tema por su pureza. Si es que aún la conserva, por supuesto. No tomo a las mujeres por la fuerza. Yo... yo amo a otra mujer con la que, por desgracia, no puedo contraer nupcias. Salvo mi hermano... A él le fascina todo lo nuevo. Ya veo que han hecho buenas migas... —el hombre torció el gesto con amargura.

Casi me ahogo de la indignación.

—¡¿Pero cómo se atreve a decirme semejante cosa?! ¡Es inadmisible! Había oído que aquí en la corte ocurrían atrocidades, ¡pero jamás imaginé que llegaran a este extremo!

—Alteza, pongo todas mis cartas sobre la mesa desde el principio y soy honesto con usted —el príncipe avanzó con pesadumbre hacia un sillón, se sentó con dificultad, dejó su bastón a un lado y prosiguió—: El matrimonio se celebrará mañana; no habrá festejo nupcial, tan solo una cena solemne. Usted residirá aquí, en estos aposentos. Tengo entendido que ha llegado con sus propias doncellas... Puede conservarlas o escoger a varias más; el mayordomo le presentará a las candidatas del servicio real. Dado que oficialmente será considerada mi esposa... le pediré que, al menos en público, respete las normas de conducta y el protocolo. Yo haré lo propio. Por tradición, los esposos cenan siempre juntos; es decir, las cenas son nuestras. El resto del tiempo... es usted libre. Dentro de los límites del palacio.

—¿Libre dentro de los límites del palacio? ¡Pero si esto es una auténtica prisión! ¿Acaso no puedo salir al exterior? ¿Si quisiera, por ejemplo, dar un paseo por la ciudad? —la cólera se apoderó de mí; por supuesto, no estaba dispuesta a tolerar semejante encierro: no pensaba quedarme aquí como en una jaula.

—Únicamente bajo mi compañía —me miró el príncipe—. Y yo rara vez salgo.

—¡Esto no me agrada en lo más mínimo! ¡No bastó con que nadie saliera a recibir mi carruaje, ni con que su hermano se abalanzara sobre mí como un vulgar depravado, para que encima reciba el dudoso estatus de esclava o prisionera! —la vista se me nubló del coraje.

—El tratado está firmado, no puedo ofrecerle otra cosa —Jonathan el Blanco esbozó una sonrisa cargada de sarcasmo—. Bien pudo haber avisado de su llegada. Yo mismo habría salido a recibirla. El mayordomo me lo comunicó por pura casualidad hace apenas diez minutos. Yo también estoy perplejo y sumamente insatisfecho con su proceder...

—¡¿Qué-é-é?! —las palabras se me atascaban ante semejante descaro—. ¡Desde esta misma mañana mi guardia envió un pájaro mágico con la advertencia de que yo había cruzado la frontera de Mixteia! ¡¿Acaso no recibió el mensaje?!

—No —articuló el príncipe con lentitud—. ¿De verdad fue así?

Me observó con gesto pensativo, mientras por su mente debían de cruzar sospechas nada gratas. Dejó escapar un suspiro y, poniéndose en pie, sentenció:

—Iré a esclarecer este asunto ahora mismo. Si en verdad ocurrió así, le presentaré mis disculpas.

El hombre tomó el bastón y, apoyándose en él, se encaminó hacia la salida.

—Aun así, a partir de ahora reside en nuestro palacio real, mañana será una ciudadana mixteia y, por ende, le exijo que se comporte con decoro. Y... —hizo una pausa— procure no montar un romance con mi hermano a la vista de todos los cortesanos y sirvientes. Ordenaré que cambien la puerta.

Cruzó el umbral y se marchó. Quise replicarle con aspereza, asegurarle que ni por asomo pensaba hacer tal cosa y que su hermano me causaba un profundo asco con sus intenciones lascivas, pero para cuando conseguí ordenar mis pensamientos, el príncipe ya se encontraba lejos.

Y solo entonces recordé que jamás le advertí a Jonathan el Blanco sobre el atentado que se tramaba contra su vida...




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