La Prometida Gris

11. Conociendo al bufón Janko

11. Conociendo al bufón Janko

En el castillo real de Mixteia casi todo era idéntico a nuestro hogar en Ferania. En los corredores se abrían amplios ventanales, en el suelo descansaban alfombras bordadas... Los muros estaban colmados de retratos de reyes y reinas junto a sus hermanos o hermanas, así como de espejos dobles, diseñados expresamente para gemelos.

Precisamente frente a los espejos dobles, que siempre constaban de dos cuerpos contiguos, me invadía un desasosiego y una soledad punzantes. Imaginaba cómo habría sido todo si mi hermana no hubiera muerto y siguiera con vida. Ahora mismo estaríamos aquí de pie, frente al cristal, mirándonos la una a la otra, cada cual en su mitad. Idénticas, pero sin duda completamente distintas... Como, por ejemplo, los príncipes de Mixteia, tan diferentes en su interior pese a su semejanza física. Y habríamos venido aquí las dos. ¡No cabía duda, habríamos venido juntas! «¿Y a cuál de nosotras habría empezado a manosear primero con sus manos exigentes el príncipe Jonathan el Negro? —se me cruzó por la mente—. ¿A cuál de las dos le habría levantado primero el dobladillo del vestido para acariciarle las piernas?». Me resultó cómico. Y además, ambas habríamos sido las prometidas del príncipe Jonathan el Blanco. Por alguna razón, ese pensamiento me irritó.

Por descontado, es maravilloso tener una hermana, pero en ciertas ocasiones me alegraba de no tenerla. Contemplaba en el espejo a una muchacha joven, atractiva, de curvas agraciadas, cintura esbelta y cabeza erguida con orgullo. Su larga cabellera negra estaba recogida en un peinado sencillo, y sus grandes ojos azules, enmarcados por pestañas tupidas, miraban con un aire límpido e ingenuo. Aquello siempre engañaba a la gente, que a causa de esa mirada similar a la de una muñeca, asumía que yo era tan hueca como una figura de porcelana. En efecto, me parecía a una muñeca: hermosa, estilizada, alta... Pero quien me conocía de cerca olvidaba pronto semejante comparación, pues la princesa Edelina la Gris era impredecible e insólita. Yo misma a veces me sorprendía de mis propias reacciones. Quizá en mi interior aún albergaba una parte de mi difunta hermana, porque mi temperamento, casi siempre sereno y comedido, ¡en ocasiones se transformaba en auténticos torbellinos y estallidos! Ocurría rara vez. Pero ocurría.

Aparté la vista del espejo, desvié la mirada hacia la otra mitad y me estremecí: vi reflejada a una persona que se encontraba a mi lado.

—¿Eres tú la prometida del príncipe Jonathan el Blanco? ¿Edelina la Gris? —preguntó un hombre vestido con un atuendo extravagante. Era a él a quien había divisado en el reflejo.

—Sí —asentí—. ¿Y usted...? —alargué la palabra, intuyendo ya su identidad.

—Sí, soy el bufón —sonrió el hombre—. Pero ahora no estoy de servicio. Es la hora del almuerzo. Así que, ¿me permites no hacer bromas? —y continuó trenzándose el largo cabello.

Los mechones se le escapaban por debajo de un cómico y llamativo gorro rematado en cuatro puntas colgantes. En el extremo de cada una tintineaba un cascabel diminuto. ¿Cómo era posible que no lo hubiera oído acercarse? ¿Acaso los cascabeles no debían sonar a cada paso? ¡Ah, cuando me pierdo en mis pensamientos, no veo ni oigo nada a mi alrededor! Las coloridas ropas del hombre herían la vista: una holgada camisa roja con botones dorados gigantescos le caía un poco más abajo de la cintura, unos anchos bombachos verdes descendían hasta la mitad de la pantorrilla y se sujetaban allí con gemelos de oro. En los pies calzaba unos estrechos zapatos rojos de punta curvada, sujetada a la pierna con un cordón especial.

—Por cada chiste acertado me pagan. Pero tú por ahora no eres nadie aquí, y quién sabe si tienes dinero —sonrió—. Además, te advierto desde ya que tuteo a todo el mundo; es mi privilegio. Ve acostumbrándote.

Dejó de trenzarse el pelo y me repasó con la mirada con aire evaluador.

—Qué bonita. Lástima que seas gris. A los de tu clase los tratan con sumo desprecio por estos lares. Y eso por no decir algo peor. Que yo recuerde, en el palacio solo hay dos grises: yo y el gran canciller Past. Bueno, y ahora has aparecido tú. Bienvenida a nuestra peculiar compañía. A nuestro original trío. El canciller me odia con toda su alma. Mmm. La verdad, no sé cómo te tratará a ti. En teoría eres la prometida del príncipe y la futura reina. Por otra parte... no serás más que una reina nominal. Porque aquí quien maneja los hilos es Past. Supongo que si te mantienes más quieta que el agua y más baja que la hierba, simplemente no reparará en ti.

El torrente de información que aquel hombre descargó sobre mí cayó como granos desparramados de un saco roto. Tras un breve silencio, pregunté:

—¿Cuál es tu nombre?

—Janko.

—Janko, ¿se puede salir del palacio sin ser vista? Me gustaría... admirar vuestros hermosos puentes de cerca. Y no conozco en absoluto el palacio real. ¿Podrías mostrármelo? —el bufón me parecía lo bastante despierto y no del tipo de persona que correría de inmediato a revelar mis intenciones de fuga al príncipe Jonathan el Blanco. Pues era más que evidente.

Soltó una carcajada, habiéndolo adivinado al instante, ya que todo saltaba a la vista.

—¿Quieres huir? ¡Bravo! Yo también me fugaría si pudiera. ¡Pero no lo vas a conseguir!

—¿Y por qué no? —me extrañé.

—¡Ven, inténtalo! —me indicó Janko con un ademán de la mano—. Incluso tengo curiosidad por ver qué resulta de esto...




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