La Prometida Gris

12. Quiero salir del palacio

12. Quiero salir del palacio

Echó a andar por el corredor sin haber terminado de atar su trenza. Al caminar, la trenza fue sacudiéndose hasta desmoronarse, y al final de nuestro trayecto el bufón volvía a lucir sus mechones claros esparcidos sobre los hombros.

Avanzamos por el pasillo, bajamos a la planta baja y doblamos a la izquierda. Nos detuvimos ante una puerta discreta situada bajo la escalera que conducía al segundo piso del palacio (mis aposentos estaban en el tercero).

Janko entreabrió la puerta, y tras ella divisé un sendero que se internaba en las profundidades del parque.

—Aquí tienes. Esta senda conduce a una salida trasera en la parte posterior del palacio. Cruzas el parque, llegas a la verja y allí encontrarás un portón de hierro forjado. Sin cerrojo. Y serás libre —volvió a reírse.

La sonrisa del bufón era simpática, pero albergaba un poso de tristeza. Y en ese instante lucía torcida por el escepticismo. No creía en absoluto que yo fuera capaz de escapar.

Crucé el umbral.

Es decir, intenté hacerlo. Me golpeé la frente contra un obstáculo invisible. Retrocedí de golpe.

—¿Qué es esto? —palpé el aire en el vano de la puerta. Estaba tan duro como la roca. ¡Pero era puro aire!

—Nadie puede abandonar los confines del palacio sin la autorización del rey, del canciller o de ambos príncipes. Ni salir ni entrar. ¡Así que quédate quieta y no te resistas! —el bufón cerró la puerta.

—Mmm. ¿Acaso nadie sale de aquí para cumplir algún recado? ¿A qué vienen tantas prohibiciones y barreras? —me acerqué a la puerta, la abrí de nuevo y toqué el aire endurecido.

—Todos los suministros y víveres necesarios llegan por vía mágica, mediante tradens*. Y para franquear los límites del palacio se precisa el permiso expreso de las personas que he mencionado. O bien salir junto a ellos —explicó Janko—. O en compañía de quienes posean salvoconducto.

—¿Para qué tantas restricciones? —me asombré—. Además, mis doncellas y yo hemos entrado hoy aquí sin ninguna dificultad.

—Probablemente las hizo pasar alguien que contaba con autorización para el día de hoy —aclaró Janko.

—¿Acaso hay que solicitar un permiso todos los días?

—Así es —asintió el bufón—. Y no se lo conceden a cualquiera. Yo llevo un mes entero sin pisar fuera de este edificio. El canciller dio orden a todos de no dejarme salir. ¡Ay, el destino del artista es tan sufrido! Una broma bien acertada... ¡y caes en desgracia! —Janko sonrió—. Aunque no me arrepiento. ¡Al contrario, me siento orgulloso de aquel chiste! Desde entonces empezaron a llamar al canciller «sapo inflado».

—¡Veo que ese canciller es un personaje de mucho peso por aquí! —exclamé, mientras concentraba febrilmente en mi interior las acumulaciones mágicas en una sola esfera de gran tamaño. ¿Acaso no podría perforar esta barrera arcana con mi propia magia?

—De muchísimo peso —confirmó el bufón—. Pero... ¡¡¡No hagas eso!!!

Seguramente el bufón percibió las manifestaciones de mi magia y quiso advertirme de algo, pues gritó justo en el instante en que lancé un relámpago mágico directo contra el vano de la puerta.

Una onda formidable me despidió con violencia hacia atrás, me retorció los brazos y las piernas, inmovilizándome y atándome de tal modo que apenas podía respirar. Y enseguida sentí cómo una soga mágica invisible comenzaba a cerrarse en torno a mi garganta. El aire escaseaba de forma desesperada. Emití un estertor y perdí el conocimiento...

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*Tradens (del latín tradens: entrega): en el reino de Mixteia son miniportales a través de los cuales se pueden adquirir diversos artículos. Los vendedores reciben el dinero y, mediante los tradens, hacen llegar las mercancías compradas al cliente. Son atendidos por magos especializados.




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