La Prometida Gris

14. Conversación con el príncipe

14. Conversación con el príncipe

No supe qué responder a semejantes palabras. Pero para no demostrar mi turbación ni prolongar un tema que me resultaba tan incómodo, pasé al ataque:

—¿Qué ocurre aquí con las puertas? ¿Acaso son encantamientos antiguos? ¡Esto no es un palacio, es una prisión!

—Esos encantamientos no los puse yo, ni me corresponde a mí retirarlos —frunció el ceño el príncipe, recordando seguramente que yo había intentado escapar del edificio—. ¡Pero el hecho de que pretendiera marcharse sin pedir autorización no me agrada en lo absoluto! ¡Regrese ahora mismo a sus aposentos!

—¡¿Y a cuenta de qué viene a darme órdenes?! —me indigné, sintiendo que hervía por dentro—. ¡Usted todavía no es mi esposo! ¡Y aun siéndolo, no le permitiría que me hablara de ese modo! Si se nos considera prometidos, ¡eso no significa que yo piense lo mismo! ¡A mí nadie me preguntó si deseaba este matrimonio!

—¡¿Acaso no lo desea?! —se asombró Jonathan el Blanco—. ¡Su padre me aseguró que usted solo soñaba con el matrimonio y con tener un marido! ¡Que nadie quería desposarla! ¡A duras penas lograron convencerme! Al fin y al cabo, ¡usted es gris! ¡Desprovista tanto de destino como del favor de los dioses!

—¿Y por qué desprovista? ¡¿A qué vienen esas palabras tan ofensivas?! —la indignación me cortó la respiración—. ¡Soy tan persona como cualquier otra! Y en cuanto al destino... ¡no es usted quién para juzgarlo! Mi destino está en mis propias manos, ¡y viviré como se me antoje! ¡E incluso es mucho mejor no depender de una hermana gemela, como les ocurre a las demás jóvenes! ¡Ella no se entromete en mi vida! ¡Soy dueña de mí misma! En cambio, ¿usted se lleva muy bien con su hermano? No he notado precisamente afecto ni calidez entre ustedes dos... Al contrario, cuando su hermano me besaba...

—¡Cállese! —me interrumpió Jonathan el Blanco con furia—. No deseo saber de qué hablaron mientras se besaban y cometían otras indecencias...

—¡¿Qué indecencias?! —la vista se me nubló de la rabia ante una acusación tan injusta—. ¡No hubo ninguna indecencia! ¡Al menos no por mi parte! ¡Yo no sabía que no era usted, Jonathan el Blanco! ¡Él se presentó como el príncipe! Y además, estuve a punto de dejarlo lisiado. ¡Su oportuna aparición salvó a ese sinvergüenza! ¡Y si usted hubiera salido a recibirme como correspondía a mi llegada, este malentendido jamás habría ocurrido!

El príncipe pareció desconcertarse un poco. Luego pronunció:

—Es verdad, ¡lo había olvidado por completo! —dio un paso hacia mí—. Edelina la Gris, le ofrezco mis más sinceras disculpas por no haberla recibido como era mi deber. ¡Fue un descuido imperdonable! La cuestión es que hoy estuve absorbido por una infinidad de asuntos y olvidé su llegada. Aunque sabía que debía ser hoy. Pero... mi hermano... —el hombre desvió la mirada—. Tiene usted razón. Jonathan el Negro y yo no mantenemos una relación muy... hum... cálida... Sobornó con antelación al encargado del correo mágico para ser el primero en enterarse de su llegada. Luego envió a su propio criado, quien la condujo a sus aposentos sin informarme de nada. Y bueno, el resto ya lo sabe: se vistió de blanco, se hizo pasar por mí y... De ese modo, mi hermano pretendía fastidiarme. No nos llevamos bien...

—Ya me di cuenta —esbocé una sonrisa cargada de sarcasmo.

—Venga, debe cambiarse de ropa —dijo el príncipe al notar que yo temblaba ligeramente, mientras su mirada no dejaba de deslizarse por mi silueta. ¡Qué desvergonzado!

Pero era verdad: de la puerta abierta entraba una fuerte corriente de aire y ya empezaba a sentir frío. ¡Solo faltaba que me enfermara! Necesitaba ver cómo marcharme de aquí, y si, no lo permita Santa Justinia, caía postrada con fiebre, todo se arruinaría.

Asentí. El príncipe recogió su bastón y echamos a andar despacio hacia las escaleras que conducían a los pisos superiores. El hombre renqueaba a mi lado, marcando el paso con el golpe sordo del bastón contra el suelo. Me moría de ganas de preguntarle por qué cojeaba, pero me contuve: no resultaba muy cortés importunar a alguien con un tema así. ¿Y si era algo doloroso para él? Del mismo modo en que, a decir verdad, mi hermana gemela era un asunto doloroso para mí. Por culpa de su ausencia me consideraban incompleta en todo. Aunque, de haber estado viva, tampoco me habría agradado del todo. Ni yo misma lograba comprenderme por completo en ese aspecto.

¡Y de pronto me acordé! Me detuve en seco en medio de la escalera que subía al segundo piso.

—¡Ah, Alteza, lo había olvidado por completo! Quería contárselo de inmediato, pero no encontraba la ocasión propicia. ¡Tengo que revelarle algo de suma importancia! Y es muy, muy grave. ¡Se trata de un asunto de vida o muerte! ¡De su propia vida y muerte! —puntualicé—. ¡Pero debo contárselo donde nadie pueda oírnos!

El príncipe me miró con desconfianza, pero al notar mi absoluta seriedad, asintió:

—De acuerdo, vayamos entonces a mis aposentos. Cuentan con una protección mágica contra oídos indiscretos. Nadie podrá escuchar nada. Pero antes...

De improviso, se quitó el jubón y, dando un paso hacia mí, me lo echó sobre los hombros. Me quedé atónita ante el gesto, y por eso no me negué al instante. Y después resultaba ya incómodo y demasiado tarde. Jonathan el Blanco se quedó únicamente con una fina camisa blanca, cuyas mangas se ceñían a los marcados músculos de sus antebrazos. A mí me invadió un calor reconfortante, pues la prenda era larga, me llegaba casi hasta las rodillas y aún conservaba la calidez de su cuerpo. Además, la tela desprendía un sutil aroma a loción masculina y a algo sumamente acogedor... Mmm.




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