La Prometida Gris

15. Le hablo del peligro

15. Le hablo del peligro

Al formular la pregunta, señaló el canapé; me senté, arropándome con el jubón, y comencé a relatar:

—La cuestión es que anoche fui testigo de un crimen...

El príncipe escuchaba con atención, sin interrumpir mi relato, acomodado enfrente en un sillón y sin apartar los ojos de mí. Cuando terminé, preguntó de pronto:

—¿Y por qué no les contó todo esto a sus guardias? Ellos habrían podido avisar a la guardia, esclarecer todos los matices de esta desagradable historia y, tal vez, capturar al culpable...

—¿Y cómo se imagina usted eso? —inquirí con irritación, pues esa misma duda también me carcomía por dentro—. Doy la voz de alarma en toda la taberna, despierto a todos los viajeros que duermen a pierna suelta y les cuento que vi a un hombre con zapatos de hebillas plateadas que supuestamente asesinó a otro. Cuando no vi el rostro de ninguno de los dos, no podría reconocerlos... Ah, sí, después vi la cara del desdichado alquimista, ¡ya muerto! Y entonces todos se lanzan a buscar al criminal, ponen la taberna patas arriba, registran a todos y todo, y... no encuentran a nada ni a nadie... Porque el asesino puso pies en polvorosa hace mucho. ¡No me cabe duda de que huyó de inmediato! ¡Y se deshizo del cadáver de la víctima! Pero no era eso lo que me detenía, Alteza, sino que él con la misma facilidad se habría deshecho de mí al descubrir que, hipotéticamente, podría identificarlo... ¿Acaso no es así? Y los zapatos... Es una prueba tan endeble... Siempre se pueden cambiar de calzado...

Guardé silencio. Luego, al recordarlo, añadí:

—Además, ¿quién le habría advertido a usted sobre un posible atentado futuro? Mi primer pensamiento al llegar a su palacio fue: ¡encontrar y advertir de inmediato a Jonathan el Blanco sobre el peligro!

—Mmm. Gracias —pronunció el príncipe sumido en sus reflexiones—. Supongo que tiene razón. Semejante alboroto en la taberna no habría servido de nada. Solo habría puesto sobre aviso al asesino.

—¿Quién podría haber sido? —pregunté—. Es evidente que se trata del ejecutor de un encargo proveniente de este palacio. ¿Nadie le ha obsequiado hoy ningún frasco de perfume?

—Me parece que no —sonrió Jonathan el Blanco—. Y en la biblioteca todavía no he humedecido con saliva las páginas de ningún libro —esbozó una sonrisa—. Y el pañuelo que llevo es aún el de ayer, en el bolsillo del jubón.

—Pueden verter el veneno sencillamente en cualquier bebida —sacudí la cabeza.

—Ah, eso es imposible que suceda —rebatió el príncipe—; en nuestro palacio toda la vajilla está encantada. Con magia «antiveneno», por así decirlo. Tiene un conjuro que detecta sustancias nocivas para la salud.

—¿Qué? —parpadeé asombrada—. ¿Toda, todita la vajilla? ¿Todas las copas, tazas, cuencos, jarras y frascos? ¡No puede ser!

—Un mago especializado se encarga de supervisarlo.

—Vaya, ¿de verdad es usted tan ingenuo? —sonreí con cierta altivez—. ¡A ese mago especializado se le puede sobornar con facilidad! Al igual que a cualquier otro... ¡Hay que buscar al autor intelectual!

El príncipe carraspeó, cruzó una pierna sobre la otra, entrelazó los brazos sobre el pecho y me dirigió una mirada valorativa:

—Habla de todo esto con tanta seguridad y desenvoltura, como si supiera cómo se perpetran los crímenes y cómo investigarlos...

—Por supuesto —lo miré con convicción—. ¡Me leí todos los libros de misterio de nuestra biblioteca real en Ferania! ¡Conozco los principios fundamentales para conducir investigaciones y los métodos de deducción e inducción!

Solté aquello y al instante me mordí la lengua. ¿En qué me estaba metiendo? Quién me mandaría a abrir la boca para desvelar mis secretos, de los que jamás les había hablado ni a mis propios familiares. En realidad, nadie me había preguntado por ellos... A todos les daba igual lo que leyera en aquella biblioteca olvidada de la mano de dioses y hombres, donde la limpieza se hacía una vez al mes y no a diario como en las demás estancias... Pues hacía mucho que había comprendido que a la mujer en nuestra sociedad se la percibe como una criatura simple y frívola, destinada ciegamente a complacer los caprichos y la voluntad del marido, casarse y parir la mayor cantidad posible de hijos... Se consideraba que la lectura y el criterio propio eran coto exclusivo de los hombres. Yo fingía con éxito leer solo novelas románticas, mientras devoraba con avidez libros de historia, geografía, ciencias arcanas y otras disciplinas.

El príncipe me miró con otros ojos.

—¿Y cómo buscaría usted a ese autor intelectual?..




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