La Prometida Gris

17. El almuerzo y nueva información

17. El almuerzo y nueva información

Almorcé sola en el gran salón. Alrededor correteaban bastantes sirvientes, pero ninguno de los nobles anfitriones se dignó a acompañarme. El klin Homer asomaba de vez en cuando por la puerta, lanzaba una mirada severa a la servidumbre y volvía a desaparecer. Me atendían sirviendo la comida en mi plato dos lacayos silenciosos, hombres de unos cincuenta años vestidos con llamativas libreas rojas... Y de entre mis criadas personales se encontraban presentes en el salón las jóvenes Mirabela: sobre el fondo de las paredes blancas junto a las cuales permanecieron inmóviles todo el tiempo que duró mi almuerzo, sus cabellos cobrizos resplandecían como flores exóticas.

Por cierto, me percaté de que en aquel palacio todos compartían una extraña fascinación por las prendas de color rojo. Tanto Janko vestía una camisa escarlata, como el klin Homer y la inmensa mayoría de los criados. ¿Acaso se trataba de una vestimenta especial? ¿Significaba algo? No había leído nada al respecto.

Me ponía un poco nerviosa e irritaba la atención desmedida de los criados, quienes intentaban adelantarse a cada uno de mis pasos —o mejor dicho, a cada movimiento de mano—: adondequiera que se estirara mi palma, de inmediato me servían en el plato aquello que apeteciera. Sin embargo, opté por no prestarles atención. En su lugar, examiné con detención la vajilla de la mesa. Parecía de lo más común, de la misma clase que abundaba en nuestro hogar. ¿Acaso estaba toda encantada? Giré el tenedor entre mis dedos, lo observé con detalle y lo volví a dejar sobre la mesa.

Me puse a pensar en el príncipe Jonathan el Blanco. Me prohibí a mí misma pensar en él. Aunque en el príncipe Jonathan el Negro tampoco me apetecía pensar. Ya casi al concluir el banquete, mandé llamar a una de las criadas, Mirabela la Blanca, que aguardaba junto a la pared a la espera de mis órdenes. Tanto ella como su hermana se habían quedado allí plantadas durante todo el almuerzo, pues yo no había manifestado ningún deseo adicional.

—Se dice que las entradas y salidas del palacio están encantadas y que se requiere autorización para cruzarlas. ¿Dónde consiguen ustedes el permiso para salir al exterior? —le pregunté a la muchacha.

Ella se mostró extrañada por la pregunta, pero respondió:

—Por la mañana, el klin Homer otorga el salvoconducto a aquellos de los sirvientes que necesitan salir del palacio por motivos de trabajo. Nosotras, en cambio, permanecemos aquí todo el tiempo. Disponemos de habitaciones para la servidumbre y allí residimos. No obstante, una vez a la semana tenemos un día libre; en esa ocasión también podemos recibir un permiso para salir a la ciudad, visitar a nuestros familiares, pasear...

Mis deducciones eran correctas: Mirabela la Blanca resultó ser una muchacha sumamente locuaz. Como seguramente lo era su hermana, a la que le brillaban los ojos con el claro deseo de complementar el relato de Mirabela con información adicional. No obstante, como nadie le había pedido su opinión ni le había concedido la palabra, guardaba silencio. Era evidente que allí contaban con un personal magníficamente disciplinado.

Comprendí que en mi habitación podríamos conversar con mayor tranquilidad y libertad. Les hice un gesto a las hermanas Mirabela, las llamé tras de mí y regresamos a mis aposentos. Una vez allí, volví a indagar sobre lo que tanto me intrigaba.

Y cuando a Mirabela la Negra también se le concedió el permiso de hablar, descubrí un sinfín de novedades. Poco a poco fue cobrando forma un nuevo plan de fuga del palacio real.

La autorización a los sirvientes la concedía el klin Homer por suprema voluntad del gran canciller, quien se encargaba de todos los asuntos administrativos y financieros no solo del palacio, sino de todo el reino. Por supuesto, el canciller era una persona sumamente ocupada, y habría resultado absurdo que cada mañana acudiera en persona a otorgar o denegar el permiso a cada uno de los criados para salir del recinto. Por tal motivo, el klin Homer disponía de un sello mágico especial que estampaba a aquellos criados a los que se les permitía abandonar el palacio durante un tiempo determinado. Por regla general, desde el alba hasta el anochecer podían transitar sin contratiempos a través de las puertas encantadas del edificio. Al caer la tarde, la marca de autorización se desvanecía, y quien no lograba regresar a su puesto a la hora estipulada recibía un castigo severo por infringir las normas o era despedido de inmediato. Los sueldos en el palacio eran magníficos y el puesto gozaba de gran prestigio, de modo que todos los criados acataban las exigencias del salvoconducto de manera impecable. Ningún sirviente podía sacar a nadie consigo, pues su nivel de autorización no se lo permitía. Existía, en efecto, otro tipo de sello: el general. De ese privilegio gozaban únicamente los príncipes, el canciller y el rey... Eran los únicos facultados para introducir o sacar a alguien del palacio.

«¡Conque así estaban las cosas!», pensé para mis adentros. ¡De algún modo tenía que hacerme con aquel sello, estamparme la marca y escapar! Tendría que ingeniármelas para sonsacar al klin Homer con astucia. Tal vez infiltrarme en el lugar donde guardaba su sello mágico. Era obvio que escapar con la ayuda de alguien quedaba descartado: el rey y Jonathan el Blanco se tachaban al instante, pues me necesitaban para celebrar el enlace. En cuanto al canciller y a Jonathan el Negro... Tendría que entablar conocimiento con el canciller si no lograba hurtarle el sello al klin Homer. Jonathan el Negro sería, por supuesto, la última persona a la que acudiría con semejante ruego. Eso se reservaba para un caso extremo... Pero para empezar, debía explorar el terreno. A eso me propuse dedicar la tarde.




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