18. El matrimonio mortal
En el banquete solemne, celebrado en el mismo salón espléndido donde había almorzado, se hallaban presentes tanto rostros conocidos como desconocidos. Los príncipes, por supuesto: Jonathan el Blanco y Jonathan el Negro. El primero vestía de blanco, el atuendo tradicional de la mitad blanca de los gemelos; y el segundo, en consecuencia, de negro. Ambos con la cabellera suelta sobre los hombros, lo que los hacía prácticamente idénticos. Si Jonathan el Blanco no hubiera llevado el bastón en las manos y Jonathan el Negro no hubiera torcido los labios con sarcasmo ante cada comentario de los invitados, ni su propia madre habría sabido distinguirlos.
A propósito, su madre biológica también ocupaba un lugar en la mesa, junto a sus hijos. Y era la única: Gracina la Blanca. Pues su hermana gemela había fallecido mucho tiempo atrás, cuando aún eran jóvenes. De aquello me había enterado en pocas palabras antes de la cena gracias a Mirabela la Blanca, puesto que a veces le prestaba auxilio cuando se requería mayor cantidad de personal, por ejemplo, en la antesala de alguna festividad o recepción. Por alguna razón, la reina solo admitía a sus criadas de confianza, y si precisaba de asistentes adicionales, exigía que fueran exclusivamente las muchachas blancas.
Pues bien, Mirabela la Blanca contaba que la reina era una reclusa, que jamás abandonaba sus aposentos a menos que fuera estrictamente necesario, aborrecía las recepciones ruidosas y se mostraba por lo general silenciosa y parca en palabras. Así de callada se encontraba también en ese momento y, adelantándome a los acontecimientos, diré que a lo largo de toda la velada apenas pronunció dos o tres palabras como mucho. Tan taciturna era. Vestía un traje de tono escarlata y lucía unas magníficas joyas de rubíes a juego... Cualquiera habría pensado que semejante atuendo la rejuvenecería, pero en su lugar parecía sumarle años. De no haber sabido que se trataba de la reina, la habría tomado por una parienta pobre a la que todo el mundo tolera sin prestar la menor atención a su presencia. De ese modo la trataban. A decir verdad, Jonathan el Blanco (¡él y nadie más!) se dirigió en un par de ocasiones a su madre con exquisita educación, y ella se limitó a responderle en voz baja y con monosílabos.
En el centro de la mesa se encontraba, como era de esperar, el mismísimo rey Frederik el Blanco. Alto, de tez pálida, enjuto, hasta podría decirse que consumido... Saltaba a la vista que se hallaba enfermo, pues al hablar se detenía con frecuencia para dominar la fatiga, frunciendo el ceño y exasperándose por ello. Mas, al mismo tiempo, aquel hombre desprendía una autoridad implacable, acaso cruel e intolerante. En ciertos momentos de la conversación alzaba la voz a sus hijos, cortándolos a media frase.
Al reparar en mí, comenzó a examinarme con fijeza. Asintió en reconocimiento a mi reverencia y saludo, para luego recorrer con la mirada a los asistentes. Todos ya habían tomado asiento; yo ocupaba casi el último lugar, puesto que tras de mí habían entrado otras dos hermosas jóvenes que se encaminaron presurosas hacia las sillas vacías junto al rey.
Los hijos de Su Majestad se hallaban sentados a la izquierda del monarca, uno al lado del otro. Más allá se encontraba la reina, y a su vera otro varón desconocido. A la derecha del soberano quedaban dos puestos libres; a continuación se sentaba una pareja de jóvenes gemelos que me resultaban extraños, y a su lado, un mago ataviado con túnica roja. Los lacayos me condujeron precisamente junto a aquel hechicero, lo que significaba que me correspondería sentarme en el extremo más alejado de la mesa, tan lejos del rey como fuera posible. Aquello no hizo más que indignarme, dejándome claro el trato que se me dispensaba: el de una simple arrimada que no tardaría en marcharse, o el de una presencia incómoda y molesta. No me hizo ninguna gracia, mas resolvió no darle importancia: ¡al fin y al cabo, no pensaba quedarme allí por mucho tiempo; lograría fugarme!
En el instante en que comenzaba a acomodarme en la silla junto al mago, el rey ordenó de improviso:
—¡Jonathan el Blanco, usted y su prometida, siéntense aquí! —señaló dos sitiales que, con toda probabilidad, habían sido dispuestos con antelación a su derecha. Pese a que las dos jóvenes ya se encaminaban hacia allí, como mencioné antes, se detuvieron en seco, desconcertadas e indecisas, intercambiaron una mirada de reojo y después observaron a Jonathan el Blanco. Este se encogió de hombros y comenzó a levantarse para ocupar la silla designada por su padre.
No me quedó más remedio que trasladarme también. Vine a quedar atrapada entre el rey y Jonathan el Blanco. Las muchachas, por su parte, se resignaron a tomar asiento junto al mago; aunque descontentas y furiosas, guardaron silencio sin manifestar protesta alguna. Sospechaba que el rey Frederik el Blanco era un soberano tiránico y de lengua afilada a quien todos temían en esos dominios.
—Con que te llamas Edelina la Gris —interpeló el rey cuando los comensales rompieron el silencio para cenar.
Los sirvientes me sirvieron también alguna clase de ensalada, pero se me hizo un nudo en la garganta; la zozobra me embargaba. Me sentía cohibida, y aquello me repugnaba por completo.
—Sí, Majestad —respondí con cortesía.
—Jonathan el Blanco, ¿a qué hora ha quedado fijada la ceremonia nupcial para el día de mañana? —inquirió de inmediato dirigiéndose al príncipe.
—Mañana a las tres de la tarde —replicó este.
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Editado: 08.09.2026