16. «¡No meta su linda naricilla donde no debe!»
— Bueno —pensé que, dicho el uno, tocaba decir el dos; total, ya se me había escapado—. En primer lugar, en su lugar enviaría a esa taberna a un hombre de confianza en quien crea ciegamente, a ser posible un guardia. Y con buen dinero para pagar por información. A la gente se le desata la lengua de maravilla cuando ve monedas ante sus ojos: ¡funciona mejor que ciertos conjuros! Que pregunte al tabernero y a los sirvientes por los hombres y viajeros que se hospedaron anoche. ¡Quién sabe si alguno recuerda los zapatos con hebillas! Y después...
—Deténgase —echó a reír el príncipe—. De lo que haremos después ya hablaremos más adelante... Solo tengo una pregunta —me miró de pronto con gravedad—. ¿Por qué me ha contado todo esto, Alteza? Según sus propias palabras, no desea este matrimonio. Habría sido muy natural callar... Ocultarme esta amenaza de envenenamiento. Tal vez los criminales habrían tenido éxito y usted habría quedado libre... Incluso si hubiéramos llegado a contraer nupcias. Habría sido una libre... hum... viuda.
Miré al príncipe con indignación:
—¿Se está burlando? ¡¿Cómo puede decir semejante barbaridad?! ¡Se trata de una vida humana! ¡Toda vida es invaluable! ¡Sin importar lo que sienta por usted, jamás habría permitido algo así! ¡Ahora ya se lo he contado todo, está sobre aviso y será más prudente, e incluso tal vez logre desenmascarar y capturar al culpable!
—Mmm —el príncipe guardó silencio durante un largo instante, meditando en algo.
Yo, entretanto, continué con mi razonamiento, pues, a decir verdad, el tema me había entusiasmado bastante:
—Y si en la taberna nadie vio nada o tienen recuerdos difusos, siempre se puede rastrear en el puesto fronterizo a quien lo cruzara anoche o esta mañana... Y también se puede averiguar si algún alquimista en Ferania no ha muerto de forma súbita y repentina, de la nada... Quizá alguien vio a sus visitantes... Se pueden olfatear muchísimas pistas si se pone empeño...
—Olfatear pistas, ¿dice? —el príncipe se puso en pie, se apoyó en su inseparable bastón y caminó hacia la puerta—. Bien, intentaré hacerlo. Le agradezco la advertencia, princesa Edelina la Gris. Pero le ruego que no vuelva a inmiscuirse en este asunto. Es peligroso, ya lo sabe... No meta su linda naricilla donde no debe, no se dedique a... hum... olfatear... ¡Se lo prohíbo!
Me indignó que me prohibiera con tanta firmeza entrometerme en algo en lo que ya estaba metida de lleno; quise discutir, pero luego recapacité: ¿a cuenta de qué? ¡Si pronto escaparía! ¡Que se las arregle él solo con su vida y sus peligros! Aunque por dentro me reconcomía la culpa, pues no parecía correcto dejar al príncipe a solas con sus tribulaciones cuando la amenaza era tan tangible, tan cercana... Pero me consolé pensando que éramos extraños, que el azar me había traído aquí y que aquel hombre simplemente debía tolerarme. Si hasta él mismo había confesado que tenía a una mujer a la que amaba...
El príncipe abrió la puerta y pronunció:
—Vaya a cambiarse de ropa. Pronto se servirá el almuerzo. Seguro que ya han venido a avisarle. Y no lo olvide: hoy debemos estar juntos en la cena. Es la tradición, como ya le he mencionado. Hoy también estará presente el rey, mi padre. Se unirá por un breve instante debido a su delicado estado de salud, pero deseaba conocerla. Así que no intente escapar de nuevo: de todos modos, no lo conseguirá.
Hice una mueca al recordar cómo me debatía en aquel charco del corredor. El modo en que el príncipe me había sujetado entre sus brazos, cómo me había estrechado contra sí... y me sonrojé. Asentí y pasé por su lado rumbo a la salida.
—Edelina —pronunció de pronto el príncipe y posó sus manos sobre mis hombros.
Lo miré con sorpresa. Él, con lentitud y delicadeza, me quitó su jubón: abrió las solapas y lo deslizó fuera de mis hombros. Quedé atrapada en el cerco de sus brazos, que sostenían la prenda tras mi espalda. Y de nuevo con el vestido completamente ceñido a la piel.
—¿Ha entrado en calor? —susurró el príncipe con tono interrogante.
—Sí —respondí, también en un susurro por alguna razón.
—Gracias por advertirme del envenenamiento —dijo Jonathan el Blanco en voz baja, sin apartar los ojos de los míos—. Valoro su sinceridad.
—De nada —musité.
La mirada del príncipe me ponía sumamente nerviosa, al igual que su rostro tan próximo que sentía su aliento en mis labios. Y esos mismos labios, que de pronto comenzaron a inclinarse lentamente hacia mí.
Y yo presa del pánico pensaba. ¿Saben qué pensaba? ¿Nos besamos o no nos besamos? En ese dilema me hallaba. Por supuesto, comprendí que el príncipe quería besarme. Pero todo iba tan deprisa, acababa de llegar... ¡Y aquí un príncipe ya me había besado con descaro, y el otro (aunque fuera mi prometido legítimo) también se lanzaba a besarme! ¡Hombres!
Sin embargo, el bastón del príncipe me sacó de dudas. Se le escurrió de las manos y cayó tras mi espalda contra el suelo. Con un estruendo metálico. Ambos nos sobresaltamos. El príncipe bajó los brazos y yo, despidiéndome a la carrera, salí a toda prisa hacia la salida. ¡Maldita sea! ¡Sentí cómo me ardía todo el cuerpo de golpe!
«¿Y si nos hubiéramos besado? El príncipe es un hombre apuesto. Y atractivo, y parece sincero... Qué contratiempo, ¿acaso debí dejarme llevar y besarlo sin pensarlo tanto? O tal vez estuvo bien que no nos besáramos, no fuera a pensar que soy una muchacha ligera. Por otra parte, ya piensa eso tras las insolencias de su hermano, Jonathan el Negro... Y ya tiene a una mujer a la que ama... ¡Pero es evidente que quería besarme! ¡Ay, no sé qué me pasó, por qué no me zafé de inmediato de sus brazos! ¿Acaso deseaba que me besara? ¡Qué va, ni hablar!... ¿Pero y si sí?...».
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Editado: 08.09.2026