La Prometida Gris

22. Los polícitas

22. Los polícitas

—¡Aaaah! —chilló de horror Greta la Blanca al contemplar el rostro amoratado del rey—. ¡El rey! ¡El rey ha muerto! ¡¿Qué le ocurre a Su Majestad?!

Jonathan el Blanco se puso en pie de un salto al instante y se precipitó hacia su padre, sorteando mi silla de alto respaldo.

—¡Alto! —gritó de pronto el hombre que estaba sentado a la derecha de Jonathan el Blanco. Tanto él como su hermano gemelo se levantaron también de golpe—. ¡Que todos permanezcan en sus sitios! ¡Nadie se mueva! Ilustrísimo —se dirigió el hombre al príncipe Jonathan el Blanco—, ¡regrese a su asiento, por favor! ¡Se lo pido con toda firmeza!

El hombre recalcó la última frase, y Jonathan el Blanco, ciertamente blanco como una pared, tras una breve vacilación, regresó a regañadientes y se sentó en su silla.

—¡Yo, Arnold el Blanco Brajot, como polícita principal de Mixteia, tomo este caso bajo mi mando! ¡Arnold el Negro, mi hermano, en calidad de mi asistente, prestará ayuda! Su Majestad yace sin vida. Debemos esclarecer si se trata de una muerte natural o... —el hombre guardó silencio y prosiguió con determinación—. En primer lugar, ¡ordeno que nadie dé un solo paso! ¡Especialmente los sirvientes y lacayos! —recalcó el señor Arnold el Blanco, clavando una severa mirada en los sirvientes, quienes se habían apiñado atemorizados junto a la mesa de los manjares y las bebidas. De aquella mesa, precisamente, tomaban y servían las viandas en el banquete real.

—En segundo lugar, ¡señorita Greta la Blanca, contrólese! —le gritó también el polícita a la muchacha, que sollozaba a gritos y fingía estar a punto de desmayarse.

Su hermana le tendió un pañuelo, y ella comenzó a lloriquear ruidosamente y a secarse las lágrimas. No alcancé a divisar lágrimas tan copiosas; de hecho, casi con certeza sus ojos estaban secos, pero la joven, al igual que todos nosotros, por descontado se hallaba conmocionada por lo sucedido al rey.

El hombre que se había presentado como polícita real le hizo un gesto a su hermano, y ambos se aproximaron al monarca; se pusieron a examinar su rostro y su cuerpo, aunque sin tocarlo con las manos. Dado que todo esto sucedía literalmente bajo mis narices, me acometió un temblor nervioso e incluso sentí náuseas. Apartaba la vista con empeño, pero de nada servía. El príncipe Jonathan el Blanco advirtió mi estado y le preguntó al polícita:

—La princesa Edelina la Gris se encuentra indispuesta, ¿sería posible trasladarla a otro sitio, o al menos pasarla al canapé? Comprendo que esto es de suma importancia, pero...

El polícita llamó al mago de túnica roja:

—Vuestra Eminencia Arcana, señor Edward, verifique si la princesa y el príncipe se hallan bajo influjo mágico.

El mago se alzó y se acercó a mi silla; realizó ciertos ademanes a mis espaldas, sin duda haciendo comprobaciones, y luego dictaminó:

—Ni Su Alteza la princesa Edelina la Gris ni Su Alteza el príncipe Jonathan el Blanco han recurrido a la magia en los últimos momentos.

—Bien, pueden acomodarse allí —indicó el polícita.

Me puse en pie y sentí que la cabeza me daba vueltas; di un paso y vacilé. El príncipe corrió hacia mí, me sostuvo por el brazo, me rodeó la cintura y me guio más allá, lejos del difunto rey. Nos sentamos en un pequeño canapé junto al muro, donde apenas cabían dos personas. El príncipe me rodeó los hombros con su brazo, y ni siquiera tuve ánimos para rechazar aquella obligada ternura, pues de veras me sentía mal. Sentía cómo temblaban sus manos y el latir acelerado de su corazón; el hombre también estaba sumamente alterado. Por supuesto, la repentina muerte de su padre lo había conmocionado.

¿Qué sucedería ahora? ¿Llegaría a celebrarse aquel espantoso matrimonio del que habíamos conversado hoy durante la cena? ¿Qué sería del reino? ¿Qué sería de mí?

Entretanto, en la mesa se desató un diálogo de lo más intrigante.

—¿De verdad ha muerto mi padre? —articuló con dificultad Jonathan el Negro, que permanecía sentado, lívido y con el semblante tenso—. ¿Qué le ocurre?

—Presenta indicios de envenenamiento —respondió con hosquedad el polícita Arnold el Blanco.

Se inclinó sobre el rostro del rey y se puso a olfatear algo. Luego olió el vaso que contenía el vino que el monarca había estado bebiendo a sorbos durante toda la velada. Acto seguido recorrió la mesa con la mirada, frunció aún más el ceño y preguntó:

—¿De dónde salió este vaso? Veo que sobre el mantel reposan copas, todas idénticas para cada comensal. Pertenecen a la vajilla real y portan minúsculas marcas antiveneno. En cambio, en este vaso... —volvió a examinarlo desde todos los ángulos, sin tocarlo en ningún momento—. En este vaso no figura marca alguna. Aunque, convendrán conmigo, apenas se distingue del resto de las copas. Salvo que es un poco más grande.

No le faltaba razón. Prácticamente no había diferencia. De pronto intervino el príncipe, que me acariciaba la mano para infundirme calma:

—Estaba situado a la izquierda, junto a los platos de Su Majestad. Cuando ocupé mi asiento, a mí me quedaba a la derecha. Incluso pensé que los criados habían cometido un error al disponer el servicio de mesa*. Y, a decir verdad, creí que me correspondía a mí, hasta que uno de los lacayos escanció vino para el rey, y este asió el vaso y empezó a beber. ¿Acaso... —el príncipe hizo una pausa—, acaso el vino estaba emponzoñado? ¿Y el vaso iba destinado a mí?




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