24. ¡Odio!
Todavía me sentía mal. Notaba que las náuseas me subían a la garganta, pero al escuchar las palabras de Jonathan el Blanco, lo olvidé todo al instante. Sí, aquel hombre se había convertido en rey, y yo había abrigado la esperanza de que, a diferencia de su cruel padre, cancelaría el ritual mortal. Pero no lo había olvidado. Qué maravilloso habría sido que el príncipe —bueno, ahora rey— me hubiera dejado marchar a casa. ¡Pues yo no deseaba convertirse en su prometida! ¡Ni aspiro a ser su esposa! ¡Ahí tienen, sentadas a las dos jóvenes que se mueren de ganas por casarse con el rey!
Tras escuchar los comentarios y las disputas en la mesa, comprendí que allí, al igual que en cualquier corte real, abundaban las intrigas, el odio y la perfidia... El hecho de que Janko fuera hijo ilegítimo del rey me dejó estupefacta. El bufón no se parecía en absoluto ni a Su Majestad ni a sus hermanastro. Tampoco lo recibían allí como a un hijo del monarca; todos lo consideraban simplemente un bastardo y punto. Además, era imperfecto, gris, al igual que mí.
Siguiendo las normas de etiqueta, me puse en pie y reverencié también al nuevo rey. Hablaría con Jonathan más tarde, ¿y si de verdad me dejaba marchar? Aunque aquel asesinato no me hacía ninguna gracia. Tan solo hacía un momento habíamos conversado con el príncipe sobre el complot para envenenarlo, y de repente —zas—, semejante catástrofe, una desgracia para todos: para el reino y para la familia. Por inercia bajé la vista al recordar el crimen de la taberna y eché un vistazo al calzado de los polícitas que se hallaban cerca.
¡Cuál no sería mi sorpresa al reparar de pronto en las hebillas de plata que calzaban ambos hermanos! ¡Pero es que acto seguido salió de la mesa el canciller Teófilo, quien también llevaba zapatos con hebillas similares!
¿Acaso se había vuelto aquella la moda del lugar? Ya no entendía nada. Acusar a alguien de un crimen basándome únicamente en que llevaba un calzado idéntico al que había visto en los pies del asesino era, por supuesto, una frivolidad.
El mago de rojo, el señor Edward, realizó una serie de manipulaciones sobre cada uno de los presentes: se puso de manifiesto que nadie había empleado conjuros mágicos en presencia del rey durante la velada. Pero eso ya se intuía de antemano: el veneno había sido la causa de su muerte.
Los polícitas hicieron llamar a los hombres encargados de retirar el cadáver del monarca. Todos se apresuraron a regresar a sus aposentos. Y fue entonces cuando, por fin, mantuve una conversación con Jonathan el Blanco.
Me acompañó en persona hasta mis habitaciones, me sostuvo del brazo, pero durante todo el trayecto guardó un silencio concentrado, devorado por sus pensamientos. ¿Estaría acaso rumiando aquel plan espantoso? ¿El ritual mortal al que me hallaba abocada a menos que lograra fugarme de allí? Sin embargo, lo que escuché fue algo completamente distinto.
—Princesa Edelina la Gris —comenzó diciendo el rey al cruzar el umbral de la estancia—. Le ruego me disculpe por no haberle contado de inmediato lo del ritual con los vishaps. Mi padre ordenó guardar silencio. Al fin y al cabo, ninguno de los reyes cuyas hijas acudían a nuestro palacio para la ceremonia nupcial las habría dejado marchar de conocer la verdad. Pesa sobre todos en el palacio un solemne voto de silencio mágico acerca de la amenaza de los espíritus vishápicos. Es nuestra maldición. No pude oponerme a la coacción. Ni se imagina lo insoportable que resulta saber que las jóvenes contraerán matrimonio hoy y no solo recibirán un esposo, sino que quedarán sentenciadas a muerte.
—Podría haberse negado —lo fulminé con una mirada airada. Me parecía de una tremenda hipocresía por parte del príncipe saber que había condenado a alguien a la muerte, lamentarse y aun así seguir adelante con ello.
—Yo también estoy encadenado por la magia —suspiró él con los ojos clavados en el suelo—. De no haberlo hecho por propia voluntad, me habrían obligado por la fuerza. A lo sumo, habría podido renunciar al título y al trono futuro. ¡Pero en ese caso mi puesto lo habría ocupado mi hermano Jonathan el Negro! ¡Y él es un hombre temible! ¡De ningún modo se le puede entregar el gobierno del reino! ¡Las víctimas se multiplicarían por mil!
—Conque usted y su padre ¿pretenden enmendar un mal mayor mediante un mal menor? —entrecerré los ojos con desdén—. Eso no me consuela en absoluto. El rey era un hombre despiadado, según he oído. Este asesinato es horrible... —el cuerpo volvió a temblarme.
—Mi padre estaba muy, verdaderamente muy enfermo —masculló pensativo Jonathan el Blanco—. Y envenenarlo carecía de sentido: habría muerto de muerte natural en cuestión de semanas. Me inclino a pensar que el veneno iba destinado a mí.
—Yo opino lo mismo —asentí con la cabeza.
—Pero sea como fuere, debemos dar con el culpable. Los polícitas harán su trabajo, y usted y yo haremos el nuestro —afirmó el rey con gesto resuelto—. Pienso desposarme con usted, y cumpliremos el ritual durante todo este mes. La capital corre un grave peligro.
—Tiene usted una seguridad pasmosa en que la boda se celebrará —repliqué con nerviosismo mientras me acercaba a la ventana—. Yo, en cambio, venía a suplicarle que me dejara marchar. Que me concediera el permiso para huir de aquí. Aunque usted mismo me dijo en nuestro primer encuentro que... que amaba a otra mujer. Sin duda se trata de Greta la Blanca. Ahora ya es rey y puede contraer nupcias con ella. La capital de verdad puede trasladarse a otra ciudad, en eso la muchacha tiene razón —pronuncié aquellas palabras sintiendo cómo se me encogía amargamente el corazón.
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Editado: 08.09.2026