25. Me cuelo para ver a la reina
Algo tenía que hacer. Todavía me quedaba toda la noche por delante. Daba vueltas en mi cabeza de manera febril, buscando qué se me ocurría para escapar del palacio. En primer lugar, el palacio contaba con una protección mágica y, en segundo lugar, se interponía ese fastidioso brazalete que el príncipe Jonathan el Blanco me había colocado.
¡Pero no pensaba darme por vencida! Eso sería lo último que haría en caso de que todo lo demás fallara. Ya se me había ocurrido una idea respecto al brazalete. Al fin y al cabo, si en su día la madre se lo ponía a sus hijos, con toda seguridad sabría cómo quitárselo, ¿no? ¿Pero cómo salir del palacio? En esencia, en ese momento eran tres las personas que otorgaban los permisos de salida: el canciller y los dos Jonathan. El nuevo rey, como era lógico, quedaba descartado de inmediato. ¿El canciller? No lo conocía demasiado bien; ni siquiera nos habían presentado. En cuanto a Jonathan el Negro...
Mi prometido no se expresaba muy bien de él y, para ser sinceros, mi relación con él no había empezado con buen pie ni mucho menos, pero aun así quería probar suerte.
Llegaron las hermanas Karena para ayudarme a cambiarme de ropa para dormir. Las despedí a la carrera y, con presteza, me enfundé en el uniforme de criada que todavía reposaba en mi maleta de viaje. Introduje allí los enseres imprescindibles y me ceñí un cinto en el que llevaba cosidas varias monedas. Salí al pasillo en penumbra.
Todo el palacio dormía ya; era indudablemente tarde. Al principio decidí ir a visitar a la reina. Si bien ignoraba dónde se alojaba, resultaba lógico suponer que residía en la misma planta donde vivía el propio rey.
Las hermanas Mirabela habían comentado algo acerca de que los aposentos de Su Majestad se hallaban justo encima de nosotras, en la cuarta planta. Ascendí despacio por la escalinata, estrechando la maleta contra mi costado. Sin embargo, allí me aguardaba una desilusión inesperada: en el pasillo, junto a unas altas puertas doradas, montaban guardia dos hombres. Con toda probabilidad, se trataban de los aposentos del difunto rey. Los tenues faroles mágicos del corredor iluminaban sus rostros aburridos.
¡Pues bien, tocaba jugársela! Divisé en el alféizar un jarrón de flores grande y macizo, lo así con ambas manos mientras acomodaba el equipaje en la curva de mis codos. A continuación, caminé con paso firme portando el búcaro al frente y ocultando el rostro tras el ramo. Al aproximarme a los guardias, les pedí con seguridad:
—¡Muchachos, por favor, ábranme la puerta de los aposentos de la reina! ¡Como pueden ver, tengo las manos ocupadas!
El jarrón era verdaderamente grande, pesado y adornado con estrafalarias molduras. Uno de los centinelas, un muchacho bajito y risible, me inquirió:
—¿Y a qué se debe que la reina quiera flores a estas horas de la noche?
—¡Vaya uno a saber! ¡Una orden es una orden, ya se imaginarán! —repliqué. Las flores me hacían cosquillas en las mejillas y en la nariz, por lo que incliné la cabeza para evitar que los hombres me reconocieran. Difícilmente sabrían quién era, puesto que no recordaba de nada a aquellos guardias, pero más valía prevenir. —¡Y dense prisa, se los ruego, que apenas puedo sostener este jarrón!
—¿Le echamos una mano? —ofreció el segundo.
—¡No, no, no! —exclamé fingiendo un sobresalto—. ¡Puedo sola! ¡Estoy cumpliendo con mi trabajo!
El centinela avanzó unos pasos por el corredor y me abrió la puerta contigua. No me había equivocado: los aposentos de la reina se encontraban efectivamente junto a los del soberano.
—¡Gracias! —le susurré al muchacho al tiempo que empujaba la puerta con el codo para cerrarla ante sus narices...
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Editado: 08.09.2026