La Proporción De Oblvion

Prólogo: Ministerio de Registro de Datos y Corrección de Desviaciones Estadísticas

La lluvia no deja de golpear los techos del ministerio, una estructura gris que recuerda la exactitud y el deber del régimen de cuadrar cada cifra, cada espacio. La oficina es un cuadrado lleno de escritorios de madera con patas metálicas. La silla es un accesorio más, una concesión del ministerio para que redactemos nuestros reportes con mayor comodidad.

Mi papel aquí es cuadrar las cifras. Toda anomalía debe ser investigada y debidamente documentada; cada cifra debe cuadrar. No hay lugar para el error: el error es la debilidad del ministerio y, por ende, resulta inaceptable. Nunca he tenido que enfrentar a un supervisor molesto, y mucho menos la furia del secretario de estadísticas; mi trabajo aquí es impecable. No quiero averiguar qué sería de mí si fallara y se me abriera un proceso disciplinario ante la junta.

Trato de enfocar el reloj de la pared, pero las manecillas parecen bailar ante mis ojos y sus detalles se desvanecen. Es el cansancio, me digo mientras me froto los ojos con las palmas. No sé cuántos turnos llevo consecutivos, pero seguramente no son pocos. Mis manos comienzan a resentir el agotamiento, y ahora mis ojos. Creo que debería levantarme de la silla. Pero está muy cómoda, y mis párpados bajan poco a poco hasta que me pierdo en la oscuridad de mis memorias.

En la oscuridad, un hombre uniformado retrocede con las manos en alto, como si yo fuera a hacerle daño, y cae. Solo distingo el uniforme, gastado por el uso y la lluvia, y unos zapatos de brillo impecable. Es el uniforme de los inspectores de obras, los que sellan las hojas de reporte de los operadores. El sello rueda por el suelo y la sangre lo alcanza.

Despierto con un sudor frío que me escurre por la frente. No recuerdo si he soñado antes, pero esto, supongo, es lo que se llama un sueño. No recuerdo haber usado la fuerza en un interrogatorio, ni una sola vez; es posible que mi temor al error me lleve a soñar con ese pobre hombre. No sé si dormí o solo cerré los ojos, pero mis manos dejaron de temblar, y eso es bueno. Intento enfocar el reloj de nuevo, sin éxito. Haré que el sector médico me revise en mi próxima evaluación de bienestar.

Miro hacia el pasillo. Las luces aún dejan ver a un grupo de mecanógrafas que avanza hacia la oficina de documentación y registro. Sus risas suenan como una brisa que me recuerda una escena de mi juventud, aunque no logro ubicarla. Vuelvo a mirar mi máquina de escribir. En el carro, la hoja no tiene palabras; seguramente aún no he empezado.

La espera y mi letargo son interrumpidos por un silbido de la red neumática de comunicaciones, esa red de bronce que se ramifica hasta lo más profundo de nuestra ciudad y lleva los mensajes a puntos que cualquiera juzgaría inaccesibles. La red es diligente, un recordatorio de la precisión de la que nos sentimos orgullosos. La cápsula de baquelita, con dos anillos de fieltro, cae en la bandeja de recepción. Giro uno de los extremos, abro la tapa y saco el papel. Es un mensaje de la Dirección General de Fluctuación Poblacional y Eventos Extraordinarios; lo sé por el emblema dentro de la estrella: una familia dibujada, dos padres y dos hijos dentro de una casa, con una balanza detrás de ellos y el libro a los pies de las cuatro figuras. No necesito leer el mensaje para saber lo que dice. Debo ir a la central de la Oficina de Inspección y Revisión: una nueva anomalía ha aparecido en las paredes de la supervisión, y debo ser el primero en llegar para que los agentes del orden no contaminen la escena del hallazgo.

Me visto con el uniforme reglamentario de dos piezas y me echo encima un abrigo del mismo tono. Aprieto mi corbata y ato los cordones de mis zapatos, brillantes, impecables. Arreglo mi cabello con las manos y confirmo que todo esté en su lugar. Yo represento el orden del ministerio y debo lucir como el balance mismo que protegemos.

Tomo mi agenda, ese cuaderno de tapa de cuero negro donde documento cada hallazgo, cada palabra y todo lo relacionado con mis casos resueltos. Esta es nueva; acabo de recibirla, y el bolígrafo también. Paso los dedos por el emblema del ministerio, una balanza con gráficas estadísticas y un libro debajo, siempre dentro de la estrella del régimen. Guardo la agenda dentro de mi chaqueta y me pongo en camino a la estación del tranvía, la forma más rápida de recorrer cada sector de nuestra ciudad y la más eficiente, cabe mencionar.

Este hallazgo no puede esperar. Las cifras deben cuadrar.




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